martes, 2 de febrero de 2021

M. María Asunción Carrera

 1 Febrero 1917: «Se nos fue al cielo la Madre Mª Asunción Carrera (q.e.p.d.)»

            Diez palabras y unas siglas, en una sóla línea, le bastaron a la cronista de Barcelona para dejar constancia de la muerte «de una de las predilectas Hijas» de la Madre Fundadora, una de las que más de correspondía y más la amaba», según el sentir de M. María Teresa Orti y aquella –añadimos nosotros- a la que seguramente más debemos el haber podido conocer y conservar los escritos y otros objetos de Santa Vicenta María López y Vicuña.

María del Patrocinio
(M. María Asunción) Carrera y Romero

María del Patrocinio Carrera y Romero, natural de Medina Sidonia, provincia de Cádiz seguramente fue el mayor regalo que nos hizo la primera fundación de una casa nuestra en Jerez de la Frontera. Había nacido el 12 de mayo de 1842 y, admitida ya al Instituto viajó a Madrid el 31 de mayo de 1878. A su llegada, Santa Vicenta María le impuso la toquilla de postulante el 1 de junio de 1878. Dos meses y medio duró su postulantado. El 15 de agosto vistió el hábito del Instituto con el nombre de María de la Asunción, en una ceremonia especial porque vestía el hábito una de las señoras que más había trabajado en la Casa de Sirvientas, antes de la fundación del Instituto, doña Celedonia Paloma a quien impusieron el nombre de María Dolores y pronunciaban sus primeros votos María Teresa Orti y María del Carmen López. Su primera destino, siendo aún novicia fue Zaragoza y desde allí acompañó a Santa Vicenta María a Cascante en agosto de 1879. Ese viaje fue el inicio de una relación especial, casi paterno filial de M. María Asunción con los padres de la Madre Fundadora, y fue también la oportunidad de poder acompañar los últimos momentos de H. María de la Visitación Sanz, que convalecía en casa de sus padres. Santa Vicenta María recibió los votos «in articulo mortis» de H. Visitación y M. María Asunción la amortajó con el hábito del Instituto.

Desde mitad de septiembre hasta mitad de octubre de aquel mismo año de 18798, M. María Asunción acompañó a Santa Vicenta María en Torre del Campillo, Daroca, donde la Madre se repuso notablemente.

El día 12 de septiembre de 1880, cuando su compañera de hábito había abandonado ya el Instituo, pronunció M. María Asunción Carrera sus primeros votos en Madrid y se convirtió en uno de los principales apoyos de la Madre Fundadora.

El 23 noviembre de 1883, con motivo de la muerte de doña María Nicolasa Vicuña, M. María Asunción viajó de nuevo con Santa Vicenta María a Cascante y con ella permaneció hasta que el 20 de diciembre que regresaron a Madrid acompañadas por D. José María y sus dos doncellas. En los casi cinco años que pasará D. José María en Madrid, hasta su muerte, será M. María Asunción quien estará más pendiente de él.

En enero de 1887, la salud de Santa Vicenta María volvió a quebrarse y M. María Asunción, sin dudarlo, llamó a Madrid a las superiora de Sevilla y Zaragoza, M. María Teresa Orti y M. María de la Paz Carrera, hermana carnal de M. María Asunción. Al año siguiente, en agosto de 1888, M. María Asunción acompañó a la Madre Fundadora a Panticosa y Cascante; sería su última visita a la casa paterna, la tercera como religiosa y en las tres con la misma compañera: M. María Asunción Carrera. Fue en este viaje en el que, no sabemos bien cómo, pero M. María Asunción salvó de la hoguera los escritos y cartas de familia. Pudo ser a partir de entonces cuanto extremó el cuidado en que se conservara todo lo que tenía relación con Santa Vicenta María y, sin bien es verdad que mucho se perdió con la ocupación de nuestras casas durante la Guerra Civil de 1936 a 1939, no es menos cierto que los Museos de Cascante, en la casa natal, y de Madrid, en la casa madre del Instituto dan buena prueba del cuidado, el cariño y el empeño que las primeras religiosas tuvieron en conservar ese rico patrimonio, como prueba y testigo de otro inmensamente mayor: el legado de santidad cristiana que la Madre Fundadora dejaba en manos de sus hijas.

Después de la muerte de D. José María, M. María Asunción fue destinada como superiora a la casa de Sevilla y como tal participó en los dos primeros capítulos generales. En el segundo, el año 1893, fue elegida Superiora General, M. María Teresa Orti y M. María Asunción como su segunda consejera. La escasez de personal impuso que M. María Asunción asumiera también el gobierno de la casa de Burgos en 1898, de tal manera que participó en el tercer Capítulo General, 1899, como segunda consejera y superiora de Burgos.

De regreso a Andalucía, ya sin responsabilidades de gobierno, partició en el IV Capítulo General como Delegada por las casa de Málaga y Sevilla.

Zaragoza y Barcelona parece que fueron las casas donde M. María Asunción vivió a partir de 1905.

En febrero de 1910, residiendo en Zaragoza, una fuerte pulmonía puso en peligro su vida. El día 23 le administraron el Viático y el 25 la Unción de enfermos porque el final parecía inminente pero no eran esos los planes de Dios y el día 28 ya estaba fuera de peligro.

En julio de 1916 viajó por última vez a Madrid para prestar declaración en el Proceso para la canonización de la Madre Fundadora y desde allí se fue destinada a Barcelona donde pasaría algo más de seis meses que le restaban a vida.

M. María Asunción murió en la misma humildad en la que había vivido. La cronista de Barcelona resultó ser muy sobria en palabras y le bastaron tres líneas para darnos noticia de su estado de gravedad, de la administración de los últimos sacramentos y de su fallecimiento.

De ella había escrito Santa Vicenta María, cuando la admitió al Instituto: «es una persona fina, circunspecta, un carácter angelical que se trae las simpatías de todos; es hija de un propietario atrasado por peripecias del campo, tiene otras siete hermanas, de manera que ha sido recibida sin dote, y no será poco si completa lo necesario para alimentos durante el Noviciado. Sin embargo, sus dotes me llenan más que si fuera muy rica; escribe bien, con mucha facilidad y también es muy casera.»

            A M. María Asunción no la habían admitido ni las Recoletas Descalzas Agustinas, ni las Capuchinas, por falta de salud o más bien porque Dios la reservaba para nuestra Congregación a donde llegó por consejo de un jesuita y donde se quedó para ser joya de humilde santidad en la corona de Santa Vicenta María.

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