viernes, 24 de noviembre de 2023

24 de noviembre, hace 200 años...

 





El 24 de noviembre señala en el calendario del Instituto fechas entrañables, como el viaje de Santa Vicenta María a Madrid con el fin de completar su formación y un viaje triste de regreso a Cascante con motivo de la muerte de su madre[1].

Un 24 de noviembre, en Granada, la sierva de Dios María Stella Iglesias Fidalgo recibió la última llamada del Señor que la había escogido para sí[2].

 Antes de esos acontecimientos, un 24 de noviembre, hace hoy 200 años nació una niña que entrará a formar parte de esta historia de salvación a la que el Señor quiso incoporarla.


M. María Josefa Orti y Lara


Doña Juana de la Cruz Orti y Lara, nació en Marmolejo (Jaén) el 24 de noviembre de 1823. Era hermana del filósofo Juan Manuel Orti y Lara, a través del cual conoció a la familia Riega-Vicuña en Madrid. En junio de 1871 entró a formar parte del grupo de señoras residentes en el Asilo de Sirvientas. Al año siguiente hubo de abandonar temporalmente Madrid por motivos familiares, de regreso a la Corte  ingresó en la Congregación el 15 de abril de 1880 y dos meses más tarde, el 11 de junio, cuarto aniversario de la fundación del Instituto recibió el hábito religioso con el nombre de María Josefa. Hizo los primeros votos en Madrid el 24 de septiembre de 1882. En la que fuera primera ceremonia de profesión perpetua en la Congregación y única en vida de Santa Vicenta María, pronunció M. María Josefa Orti sus votos perpetuos junto con la Madre Fundadora y otras ocho compañeras, entre ellas su sobrina carnal M. María Teresa Orti y Muñoz, el 31 de julio de 1890. Murió en la Casa Madre, casi a punto de alcanzar los 80 años de edad el 21 de noviembre de 1903[3].

M. María Josefa Orti, admitida cuando había cumplido ya 56 años, fue la única ‘anciana’ que Santa Vicenta María conoció en el Instituto.

La persecución religiosa conocida en la tercera década del siglo XX en España hizo desaparecer la mayor parte del archivo histórico de la Congregación de las Religiosas de María Inmaculada. Fue así como desaparecieron las biografías de las primeras generaciones de los miembros del Instituto. Terminada la Guerra, M. María de San Luis de Caso quiso que se recogieran testimonios de las que habían convivido con las más antiguas. Entre esos papeles han llegado hasta nosotras unas notas biográficas que nos permiten conocer algo de la vida de M. María Josefa Orti y que reproducimos en homenaje de gratitud en el segundo centenario de su nacimiento.

Jesucristo en sus divinas predicaciones hizo brotar de sus dulcísimos labios una parábola tierna y consoladora como todas las suyas: la parábola del Padre de familias que escoge obreros para su Viña[4].

Consoladora es sobre todo para aquellas almas que se ven retratadas en los últimos obreros escogidos, que acuden a la viña a última hora, trabajan poco y reciben el mismo galardón que los que soportan el peso del día y del calor.

Ciertamente que tratándose de la Viña del Padre Celestial han de sentirse orgullosos los primeros en trabajar a su lado y por su gloria desde las primeras horas del día, es decir, desde los primeros años de su vida que les debe parecer corta para emplearla en servicio de tan digno Dueño; por eso es encantadora la misericordia del Señor que sabe hacerse cargo de nuestra humana miseria y reserva un consuelo para cada circunstancia de la vida.

Juana de la Cruz[5] va a ser el obrero llamado a la hora undécima para recibir un inmenso galardón de su Divino Dueño. Vamos a verla trabajar con denuedo su santificación en los últimos años de su vida, ejercitándose en las virtudes más heroicas, ocultas y abnegadas. Pero antes, permítasenos detallar brevemente sus primeros pasos en la vida.

Era D. Vicente Orti, médico director del Balneario de Marmolejo, en donde residía con su dignísima y cristiana esposa, Dª Marina Lara, de la que obtuvo del Señor 7 hijos que fueron, como sus padres, modelos de virtud cristiana.


Pero si todos emularon las virtudes de sus cristianos antecesores, entre ellos descollaba por su piedad y caridad, la niña Juana.

Había nacido en Marmolejo y allí paso sus primeros años en compañía de sus padres; pero muertos estos, la reclamó a su lado su hermano Juan Manuel que residía entonces en Madrid; así pasó con él largas temporadas sin abandonar del todo el suelo natal donde quedaba parte de su familia.

Entre la selecta sociedad madrileña que frecuentaba la casa del erudito escritor Orti y Lara de gloriosa memoria, eran de los más asiduos los Sres. de Vicuña, tíos de nuestra Madre Fundadora.

Juana era algo más joven que Dª María Eulalia[6], pero sus almas gemelas simpatizaban hondamente, tanto que al cabo de algún tiempo que siguieron tratándose, Juana atraída por la caridad y celo de la heróica iniciadora de las Sirvientas, resolvió secundarla en su difícil tarea ayudándola cuanto le fuere posible.

Para mejor entregarse a obra de celo tan grande y trascendental, resolvió despedirse de los suyos a quienes quería entrañablemente y de quienes era muy bien correspondida, pues Juana se hacía amar de todos por su bondadosa caridad y amable trato.

Duro fue el golpe para unos y otros y ya creyendo sus deudos no volver a disfrutar más de las caricias y ternuras de tan piadosa hermana, prima y tía.

También Dª María Eulalia se congratulaba con tenerla a su lado, según sus planes, para siempre, siéndole su compañía utilísima y agradable. Pero otros era, sin embargo, los designios del Señor.

Pasado algún tiempo en que Juana con santa alegría se entregaba a la Obra de las sirvientas, enviudó su hermano Alfonso, quedando siete niños en triste orfandad, la mayor de 15 años y la más pequeña contando sólo algunos días.

Desolado el pobre viudo en tan angustiosa situación, acordóse de su buena hermana, y reconociendo las altas dotes de su espíritu elevado y los nobles sentimiento de su piadoso corazón, resolvió rogarle hiciera las veces de madre para con sus hijos huérfanos animándola a dejar la santa vida de caridad y celo que tenía emprendida en favor de los pobres, por otra no menos abnegada y caritativa de cuidar a sus sobrinitos huérfanos.

Tomó consejo de personas discretas y prudentes, sobre todo de su hermano Juan a quien amaba y estimaba como a un santo y a un sabio y decidido que hubieron entre todos que Juana se quedase al cargo de los pequeños, tomó aquel cuidado que la Providencia le deparaba con todo el ardor de su corazón, entregándose por entero con alma y vida a las educación y amparo de sus amados sobrinos.

No quedaron frustradas las esperanzas de tan buen padre y cristiano caballero, pues la piadosa y esmerada educación que recibieron los niños al lado de su virtuosa y ejemplar tía Juana dio los resultados que eran de esperar. Dos de los varones fueron escogidos por el Señor para pertenecer a la ínclita Compañía de Jesús, llamándose los Padre José María y Luis Orti; la más pequeña de las hermanas entró religiosa en las Esclavas del Sagrado Corazón y los demás fueron cristianos, padres y madres de familia que dieron al Señor varios de sus hijos.

Así pasaron unos nueve o diez años; transcurrido el cual tiempo, el viudo contrajo segundas nupcias con una señora muy virtuosa que pertenecía también a la familia; entonces Juana, reconociendo que no era necesaria su presencia en casa de su hermano, resolvió dedicarse toda a Dios y entrar como Religiosa en el ya fundador Instituto de María Inmaculada.

Aunque poseía Juana cuantiosas rentas, mientras vivió en el mundo, en casa de su hermano Alfonso vistió pobrísimamente, empleando todos sus haberes en obras de caridad y celo. Los pobres la amaban con delirio y la llamada su madre ¡cuánto sintieron su marcha! aunque si bien se mira nada perdieron, pues Juana entraba en una Instituto dedicado todo él en beneficio de los pobres.

Tomó la toquilla el 15 de Abril de 1880, y bien sea por su avanzada edad, 52 años, o por sus relevantes virtudes o por ya haber trabajado en la Obra de las sirvientas anteriormente, le concedió nuestra santa Madre el Hábito a los dos meses, haciendo su profesión temporal a los dos años y sus votos perpetuos el 31 de Julio de 1890, el mismo día que los hizo nuestra Madre Fundadora.

Mucho la quería y estimaba tan sana Madre y en sus cartas tiene para ella párrafos de mucho elogio y cariño, aparte de las que le dirigía particularmente con todo el amor de una Madre como lo era suya según Dios, y toda la ternura filial de una hija como por su edad podía considerarse. Por amor a Madre María Josefa (que este fue el nombre que recibió Juana en su toma de hábito) había conocido y amado también a su sobrina Marina Orti que tanto había de trabajar por el Instituto, siendo su segunda Superiora General; y siguiendo la estela luminosa de estas dos almas santas, iban a seguir iluminando el firmamento del Instituto otras y otras Religiosas de la familia Orti que siempre conservó su sello de piedad y de virtud[7].

Por aquellos años perdía el Instituto con gran dolor de nuestra Madre Fundadora casi todos sus haberes pecuniarios, quedando reducido a la indigencia. No fue de poco alivio al corazón de nuestra Madre Fundadora la generosidad de su Hija María Juana que al hacer su profesión dejaba por casi exclusivo heredero de sus cuantiosos bienes al naciente Instituto.

No necesitaban ciertamente de este lazo aquellos corazones que tan unidos habían vivido siempre; no obstante, jamás la Madre Santa pudo olvidar el desinterés y afecto demostrado por su abnegada hija. Unidísimas vivieron las dos hasta la muerte de nuestra venerada Fundadora.

Según testimonio de M. María Josefa[8], era nuestra biografiada «Un alma de Dios». No pensaba más que en Él y en nuestra santa Madre, ni tenía otros afectos vivos ni otras conversaciones. Fue Superiora de Burgos[9] y murió de un ataque cerebral.

Fue siempre un modelo de piedad y de laboriosidad. Cuando ya con los años había perdido casi por completo la vista, pedía que le comprasen lana gorda y con ella hacía refajos a toda la comunidad. También un catarro crónico invadió sus bronquios los últimos años de su vida. Las superioras procuraban no faltara fuego en su habitación durante el invierno, pero para que el cambio de temperatura no le perjudicara no la dejaban salir de ella y allí le llevaban todas las mañanas la Sagrada Comunión. Gran sacrificio para su fervor tener que omitir las visitas a Jesús Sacramentado, y así con frecuencia solicitaba a su enfermera a que pidiera a la Madre Superiora la gracia de hacer alguna de estas visitas. La Madre accedía alguna vez diciéndole «sólo dos minutos». La llevaba del brazo la enfermera a hacer la deseada visita. Ya en la puerta de la capilla empezaba a hacer sus coloquios y al poco rato decía: «Jesús mío te tengo que dejar por no desobedecer pero Tú sabes cuando me cuesta» y seguían os coloquios acompañados del don de lágrimas.

Cuando ya no pudo ni hacer refajos, pedía que le subieran guisantes para desgranar o judías verdes o cualquiera de estas cosas en que pudiera ayudar. Su conversación siempre de cosas santas o de nuestra venerable M. Fundadora.

 



[3] Cf. María Digna Díaz Pérez, Historia de la Congregación de Religiosas de María Inmaculada, t. I.1, Madrid 2000, p. 207.

[4] Cf. Mt 20, 1-16.

[5] El manuscrito la menciona unas veces por su nombre de pila: “Juana de la Cruz”, incluso anteponiendo ‘María’ y otras por el religioso: “María Josefa”.  Con el fin de evitar confusión unificamos, llamándola por su nombre de bautizo hasta la toma de hábito y por el religioso a continuación.

[6] Doña María Eulalia Vicuña nació el 10 de diciembre de 1805, la diferencia de edad era, por tanto, de dieciocho años.

[7] Además de M. María Teresa Orti y Muñoz, entraron en la Congregación su primera M. María de la Cruz Alcalá y Orti; sus dos hermanas M. María de los Dolores y M. María del Inmaculado Corazón Orti y Muñoz; y sus dos sobrinas M. María Angelina y M. María de la Luz Orti y Belmonte.

[8] M. Josefa María Sálegui Illarzamendi entró en la Congregación el 15 de diciembre de 1887 y falleció en Pamplona el 23 de junio de 1946.

[9] El 31 de junio de 1893 fue nombrada M. María Josefa Orti superiora para la casa de Burgos; el 29 de agosto de 1894 fue elegida cuarta consejera general para sustituir en el equipo de gobierno, a la recién fallecida M. María Javiera Elgorriaga; en junio de 1895 fue por enviada como superiora interina en Sevilla y regresó a Madrid en marzo de 1897.

martes, 21 de noviembre de 2023

21 de noviembre

 Quiso ser pero no fue…

Publicar noticias antes de que los hechos acontezcan lleva implícito el riesgo de que no ocurran tal y como se contaron. Algo de eso pasó en nuestra Congregación hace cien años…

Ateniéndonos a la crónica escrita en la revista «Anales de mi Colegio» en las páginas 16-17 de su número 18 en el año V de su publicación, 1 de octubre de 1923, debería estar hoy celebrando el primer centenario de la primera fundación de una casa del Instituto en Roma.

Roma, vía Palestro
En el número anterior al que nos referimos, la mencionada revista dio noticias de la fundación de un Colegio en la Ciudad Eterna por voluntad expresa del Papa Pío XI y prometió dar en el siguiente número ampliación de la noticia de la fundación y la dirección del nuevo Colegio. La Directora de la Revista, no faltó a su palabra  y, bajo el mismo titular, Futura fundación en Roma, ofreció a sus lectoras esta información:


Según anunciamos en nuestro último número, hoy, con grandísimo consuelo de nuestras almas, podemos comunicar a nuestras lectoras, que en Roma, Vía Palestro, 25, tienen ya una nueva Casa, la cual será inaugurada (D.m.) el día de la Presentación de la Santísima Virgen, 21 de Noviembre.

Las tres Religiosas, Madre María del Socorro, María de Javier y Vicenta María, que durante unos cuatro meses han trabajado sin descanso, buscando casa amplia y conveniente, han tenido la satisfacción de ver coronados sus esfuerzos y bendecidos y aprobados por nuestro amatísimo Padre Santo, quien, conocedor de la casa adquirida, celebró el buen acierto de las Madre.

En la última audiencia que se dignó concederles el Soberano Pontífice, les dio una emplísima Bendición para todas las religiosas y sus familias, sus colegialas y bienhechores, despidiéndolas con estas palabras: «Buen viaje y pronta vuelta».

Quiera Dios Nuestro Señor y su Inmaculada Madre, que esta Bendición de su Vicario sea como riego benéfico que fertilice este campo de María Inmaculada y le haga producir frutos dignos de nuestra Celestial Patrona.[1]

La primicia informativa falló en sus fechas porque el día 21 de noviembre de 1923, las primeras religiosas que fueron destinadas a poner en marcha la fundación en Roma, celebraron la fiesta de la Presentación de María con la comunidad de Barcelona a donde llegaron ese día procedentes de Madrid y donde permanecieron hasta el 23 que continuaron su viaje hasta la Ciudad Eterna.

Roma. Estación Termini
Muy probablemente fue el 27 de noviembre cuando M. María de Javier Roura, M. María de San Luis de Caso y las Hermanas María Vicenta Bienvenida Hurtado, María de la Clemencia Ferrer y María de la Santísima Trinidad López llegaron a la estación de Termini donde no las esperaba nadie. Un mozo de estación se avino a llevarles el equipaje hasta la pensión de las Religiosas Hospitalarias en la cercana vía de Castelfirardo donde se hospedaron los primeros días.

La primera Misa en el Oratorio de la casa, la celebró el día 1º de enero de 1924, D. Carmelo Blay, Rector de Colegio Español en Roma y solo cuatro meses más tarde, el 4 de mayo, Domingo del Buen Pastor, el Cardenal Antonio Vico bendijo e inauguró la Capilla del Colegio de María Inmaculada para la acogida, protección y formación de jóvenes sirvientas en Roma[2].

El 21 de noviembre se señala en el calendario del Instituto como día de renovación de votos[3] y nos trae a la memoria del corazón efemérides entrañables como fuertes reclamos a la gratitud y a la fidelidad, porque un 21 de noviembre de

1867: En Cascante se estableció la “Vela continua al Santísimo Sacramento” por iniciativa de Santa Vicenta María[4].

1902: «La “Congregación de Religiosas de María Inmaculada en su Residencia de Zaragoza” quedó inscrita en calidad de Honoraria a la Corte de Honor de María Santísima del Pilar, por lo cual adquiere el compromiso de rezar 3 Ave María cada día por los fines de la Corte de Honor. Ofrecer la Comunidad 3 Comuniones y 3 Misas al año por los fines de la Corte y las inscritas vivas y difuntas»[5].

Logroño
1905: Inauguración, de una casa de la Congregación en Vitoria[6].


1916: El Obispo de Calahorra, Dr. Juan Plaza García inauguró el nuevo Noviciado en Logroño[7].


Estella
1924: Primera Misa en Estella. Celebró el Obispo dimisionario de Oviedo D. Francisco Javier Baztán y Urniza, en quien delegó el Obispo de Pamplona, Dr. Mateo Múgica Urrestarazu[8].


1929: S.S. Pío XI recibió en audiencia especial a M. María de la Concepción Marqués, tercera Superiora General del Instituto[9].



[1] AnMC V/18 (1.10.1923) 16-17.

[2]. Libro de crónicas de Religiosas de María Inmaculada en Roma-vía Palestro.

[4] Cf. AnMC VI/19 (1.01.1924) 4

[5] Patente de agregación.

[6] M.D. Díaz Pérez RMI, Las Religiosas de María Inmaculada en Vitoria, Vitoria 2005.

[7] Carta de M. María Teresa Orti al Cardenal Antonio Vico en Roma. Madrid  21 de diciembre de 1916, AGRMI..

[8] Libro de crónicas de Religiosas de María Inmaculada en Estella

[9] AnMC XII/83 (enero 1930) 19.


lunes, 16 de octubre de 2023

16 de octubre 1923

 Se cumplen hoy 100 años de una particular jornada en la historia del Instituto… El 16 de octubre de 1923 se celebró en la Casa Madre el VII Capítulo General marcado por dos hechos que no dejan de ser singulares y significativos.

M. María Teresa Orti y Muñoz


El primero de ellos es la decisión de M. María Teresa Orti, secundada por el Consejo General de evitar que viajaran desde América dos religiosas de cada una de las siete casas abiertas para participar en el Capítulo General, “en consideración a los gastos” que ellos ocasionaba. La Santa Sede propuso que se celebrara un “capítulo de América” con delegadas de todas las casas, pero reunir a las de Buenos Aires, Santiago de Chile, Río Janeiro, con las de La Habana, México, Puebla de los Ángeles y Guadalajara redundaba en un gasto que hacerlas venir a España, dado que de ese “capítulo” debían salir dos delegadas que representaran a las casas de América en el Capítulo General. M. María Teresa encontró una solución que pareció más viable: dos religiosas representarían a las casas de América del Sur y otras dos a las de Cuba y Méjico. Hechas las votaciones viajaron a España, M. María Magdalena de Pazzis Álvarez y Montesino y M. María de la Saleta Zubeldia en representación de Cuba y México; y M. María el Consuelo Maciá y M. Maria Susana Cárdenas para representar a Buenos Aires, Santiago de Chile y Río Janeiro.

El martes 16 de octubre de 1923, a las 10 de la mañana, las 39 religiosas de María Inmaculada que formaban la Asamblea del VII Capítulo General y IV desde las aprobación de las Constituciones, se reunieron en la Sala Capitular de la Casa Madre, bajo la presidencia de D. Francisco Morán, Provisor y Teniente Vicario General del Obispado de Madrid Alcalá y delegado del Sr. Obispo, D. Leopoldo Eijo Garay, para proceder a la elección de la Superiora General. Todas sabían que las Constituciones ya no permitían una reelección de la Madre General que llevaba ya casi treinta y tres años gobernando el Instituto, pero todas sabían que había otra fórmula: postular a M. María Teresa Orti para que la Santa Sede la confirmara en su cargo aunque ello supusiera una interrupción del Capítulo hasta recibir la confirmación de Roma.

La M. General también lo sabía y trató en vano de evitarlo. Es una pena que la Madre tal vez no quisiera conservar el borrador de la carta que dirigió en agosto de 1923 al Cardenal Vico, Protector del Instituto. Para conocer su contenido nos basta la respuesta del Cardenal, fechada en Frascati el 6 de septiembre:

Rma. M. Teresa Orti

Muy estimada y respetada Madre. Llegó a mi poder su apreciable carta en el momento de salir para el Congreso Eucarístico de Aquila; y de vuelta ya a este solitario sitio voy a contestarle la parte de su carta que tan de cerca le atañe. Pero ¿qué es lo que puedo decirle? ¿Está V. segura de lo que afirma? Si no fuera más que una suposición, mal haríamos en rechazar lo que no tenemos. Eso mismo se dijo en un Cónclave a un Sr. Cardenal el cual rechazó la tiara ¡antes de que los demás Cardenales se la ofrecieran!

Pero pongamos que V. acierta en adivinar los sentimientos de las Capitulares y que salga V. reelegida. ¿Qué puedo hacer yo para impedir que así no sea? ¿Decir a la S. Sede que no haga caso de la reelección? Pero como va V. a pedir que yo tome sobre mí la responsabilidad de que la S. Sede no haga caso de un voto del Cabildo? Vd. misma si llegara el caso, no vería en su reelección sino una disposición de la Providencia y tendría que someterse. Es verdad que tiene V. sus años, es verdad que tiene V. necesidad del apoyo de la M. Vicaria, pero todo eso lo saben las Capitulares. Yo creo que solo la Providencia Divina podría secundar los deseos de V.; pero cualquier cosa que hiciesen los hombres, podría decirse que obran por interés. Deje pues la cosa en manos de Dios y llame como medianera a María Inmaculada y a su M. Fundadora; y si se le pide un nuevo sacrificio, bien venido sea y adelante. Por lo demás con mucho gusto pediré a Dios y a M. I. que no permitan una elección que sea perjudicial al Instituto tan floreciente y lleno de tan buen espíritu.

 

Unos meses antes, durante su estancia en Roma, M. María del Socorro Peñalver se había entrevistado en Roma con el Cardenal Vico y le había asegurado «que estaba en la conciencia no sólo del Consejo sino de todas las Superioras y del Instituto entero desde la primera a la última, que la Rma. Madre, no ya por merecerlo, que es lo menos, sino por sus dotes de carácter, inteligencia, corazón de madre, virtud, conocimiento y espíritu del Instituto que bebió en su fuente por ser la primera e inseparable compañera de nuestra santa Madre Fundadora; era la única que poseía en tan alto grado condiciones excepcionales para el cargo de Superiora Gral.; por lo que, tenía una autoridad con todas y le profesábamos un amor y veneración tan grande, que estaba segura con todo el Consejo en cuya representación le hablaba, que obtendría de nuevo los votos por unanimidad de todo el Capítulo, y si fuera posible que votaran las demás Madres y H.H. coadjutoras, los obtendría del Instituto entero.» El Cardenal, que conocía personalmente a M. María Teresa Orti desde su época de secretario de la Nunciatura en España (1877-1880), se limitó a preguntar a M. María del Socorro si esta segura de lo que afirmaba y a explicarla cuál era el procedimiento para presentar la postulación.

M. María Teresa Orti y M. María de la
Concepción con el Sr. Obispo

Lo cierto es que aquel martes 16 de octubre de 1923, la votación dio como resultado 38 votos a favor. M. María Teresa trató de mantener un hilo de esperanza en que dada su avanzada edad (tenía ¡68 años cumplidos!) y su quebrantada salud, Roma no aceptaría la propuesta, hasta que el 31 de octubre, recibida ya la respuesta afirmativa de la Santa Sede, D. Francisco Morán, la proclamó Superiora General y el Capítulo procedió al nombramiento del nuevo equipo de gobierno en el que figuraron, como Consejeras de la M. General, sus dos inmediatas sucesoras en el Gobierno del Instituto: M. María de la Concepción Marqués y M. María de San Luis de Caso.
M. María de San Luis de Caso


El Capítulo de 1923 hizo “vitalicia” en el gobierno del Instituto a M. María Teresa Orti y Muñoz.

viernes, 16 de junio de 2023

16 de junio...


 No todos los días son iguales… o sí… vete a saber. Lo cierto es que cada día es una nueva oportunidad para agradecer, para crecer, para enmendar, para vivir y dar un paso más hacia la Vida… Cada día es una gracia, un don un regalo… Pero a mí… vete a saber por qué… el día 16 se me antoja especial… tengo motivos personales, familiares y de amistad para agradecer cada 16 del calendario y los tengo muy particulares como Religiosa de María Inmaculada.

Hoy. Este 16 de junio me invita particularmente a la gratitud… a dejarme conducir por Quien cada día me invita a seguirle más de cerca… 

Un domingo 16 de junio de 1844, el hogar de los López-Vicuña en la ciudad de Cascante se inundaba de vida, de alegría y de gratitud por el nacimiento de su primera hija… fallecida antes de cumplir los tres años, el 8 de marzo de 1847.

Otro 16 de junio, no domingo sino martes, la segunda hija del matrimonio, Santa Vicenta María López y Vicuña, escribía no sé si más con el corazón que con la pluma, una carta que a ella la liberaba de ese raro peso que oprime el corazón cuando no sabemos cómo dejar volar nuestros “secretos mejor guardados” … Corría el año de 1868 y aún a sabiendas de que sus palabras iban a provocar sufrimiento, Santa Vicenta María defiende con el mayor ardor, su vocación ante la desazón de su padre que considera descabellado el proyecto al que su hija quiere dedicarse. 

Convencer a D. José María López, no resultó fácil, pero a los diez años exactos de aquella carta, el mismo día en que su primera hija hubiera cumplido 34 años, el 16 de junio de 1878, domingo y Solemnidad de la Santísima Trinidad, Santa Vicenta María pronunció sus primeros votos públicos en la congregación religiosa fundada por ella misma dos años antes. Tal vez ese sea el motivo por el que la M. Fundadora en el ejercicio piadoso para el mes de junio en honor al Sagrado Corazón de Jesús, nos pide renovar los votos en la Misa del día 16.

En este año del Señor de 2023, el 16 de junio señala la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y la Madre General, manteniendo viva una tradición que se remonta a la Madre Fundadora ha renovado la consagración del Instituto al Sagrado Corazón de Jesús. 

Yo no sé si en el año de 1939 se renovó esa consagración con la misma fórmula que siempre se hace… porque aquel año, la Solemnidad del Sagrado Corazón también cayó el 16 de junio y en este mismo día, el X Capítulo General, reunido en Salamanca, eligió a M. María de San Luis de Caso, superiora general, para suceder a M. María de la Concepción Marqués fallecida el 13 de enero anterior en San Sebastián.

domingo, 4 de junio de 2023

Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

 

Capilla del Instituto de las Religiosas de María Inmaculada

En muchas de nuestras capillas podemos descubrir referencias al misterio de la Santísima Trinidad, pero tal vez, en ninguna es tan explícito como en la de "Villa Santa María". La Solemnidad de la Santísima Trinidad ha marcado hitos importantes en la historia de la Obra apostólica confiada al Instituto y en la Congregación desde su mismo nacimiento.
En la solemnidad de la Santísima Trinidad:
* el 7 de junio de 1868 fue inaugurado el primer Oratorio en el Asilo de Sirvientas, en Madrid, calle Cañizares 16. A partir de entonces, en esta solemnidad se celebraba 'Misa de comunión general' para las chicas (el 26 de mayo de 1872 comulgaron162).
* el 11 de junio de 1876, a las 4 y media de la tarde, el beato Ciriaco María Sancha y Hervás impuso el hábito religioso a Santa Vicenta María y sus dos primeras compañeras.
* el 22 de mayo de 1921, el Santo Padre, Benedicto XV recibió en audiencia a M. María Teresa Orti, el primer encuentro de la Congregación con el Vicario de Cristo.
* el 25 de mayo de 1975, San Pablo VI, proclamó la santidad de la Madre Fundadora.
La Solemnidad de la Santísima Trinidad marcó la renovación canónica de los votos a las primeras generaciones de Hermanas y quedó señalada como un día para la renovación devocional de los votos para todos los miembros del Instituto.
Desde 1966, la capilla de "Villa Santa María" en vía Cassia, ha sido testigo de la renovación de votos de muchos miembros del Instituto, escenario de la profesión perpetua de casi seiscentas Religiosas de María Inmaculada, de la apertura y clausura de ocho capítulos generales, de un Te Deum en acción de gracias por la elección de seis de nuestras superioras generales; ante su altar, dieciocho de nuestras Hermanas sellaron su fidelidad al Señor y dieron el paso definitivo del tiempo a la eternidad donde su vida es ya alabanza, gloria y honor a la Santísima Trinidad.


Tanto las vidrieras, de Romeo Guarnieri, como el mosaico de Hajnal nos ofrecen, de forma magistral, un claro mensaje de fe cristiana: el triunfo de la gracia santificante sobre el pecado y sobre la muerte. En las vidrieras, los colores más claros emanados de la mano creadora del Padre, del aliento de vida nueva del Espíritu Santo y de la pureza de María permiten el paso de una luz clara y diáfana que resulta más opaca en la zona de las vidrieras que se mantienen al margen de ese influjo de gracia. Así entendemos bien por qué es negro el mármol que sirve de marco al Sagrario de plata, para llamar nuestra atención sobre la presencia de Cristo en las especies eucarísticas contenidas en el Sagrario.

 


En nuestro mosaico, de las figuras centrales de la escena: la Santísima Virgen y Santa Vicenta María, emana una luz capaz de vencer a las tinieblas circundantes.



 

Las vidrieras

 


Desde la entrada a la capilla destacan las vidrieras del presbiterio que flanquean el Crucifijo, completando una singular representación de la Santísima Trinidad, misterio al que se vinculan momentos especialmente significativos en la realización de la labor apostólica encomendada a la Congregación.

No es casualidad que la orientación de la capilla sea la elegida por la Iglesia desde la antigüedad para ubicar el Sagrario y el altar mayor en la pared este del edificio con el fin de que los fieles miren hacia el punto donde amanece para adorar y alabar a Dios, el sol naciente que viene de lo alto.



En el muro norte a la derecha del presbiterio, dos vidrieras nos remontan a María Inmaculada (azucena), reina del universo (corona) que, asumida y glorificada, reina junto al Hijo a la diestra de Dios el Padre y como tal es invocada y venerada.






En el muro sur de la capilla, otra vidriera muestra el carácter y la identidad de la congregación religiosa. Por encima de la compleja realidad del mundo representada por colores más cálidos, si no oscuros, se encuentra la Virgen María, representada aquí por los símbolos del anagrama dominado por la corona de la reina y la corona de doce estrellas en un campo de luz capaz de iluminar toda la realidad subyacente, que en este caso se produce a partir de un canal de luz que desciende a lo más bajo y se identifica con el emblema de nuestro Instituto, no como algo diferente sino como prolongación de la misma y única misión de salvación que le ha sido encomendada a la Iglesia.


En el muro oeste o entrada a la capilla, otras dos vidrieras flanquean la puerta principal. De estas, aunque no tienen un simbolismo particular y sus colores son más suaves porque su propósito principal es dejar pasar la luz al interior de la capilla, no podemos pasar por alto sus matices y diseños sencillos como para invitar a los fieles, creyentes o no, a atravesar la puerta que les introducirá en un ambiente de serenidad, paz y silencio propicio a la meditación personal, a la alabanza y adoración de Dios presente en el Santísimo Sacramento y representado en el magnífico Crucifijo que preside la Capilla.

 


El mosaico: Santa Vicenta María López y Vicuña

Sobre una superficie de 16 m2 representa Hajnal en este mosaico una síntesis magistral de la historia de la salvación a través de cinco personajes. Cuatro de ellos iluminan el tenebroso y oscuro mundo del mal. Dos ángeles: uno, el arcángel San Gabriel, para anunciarnos la Buena Nueva y el otro para exhortarnos a dar gloria a Dios. En el centro dominando toda la escena aparece la Santísima Virgen que conduce, guía y protege a Santa Vicenta y ambas, aplastan bajo sus pies al quinto personaje de la escena: la serpiente, como personificación de Satanás. Toda la representación aparece a nuestros ojos como un dibujo realizado sobre un fondo negro que se ilumina en torno a las figuras centrales, casi como queriendo traer a nuestra memoria aquellas palabras del libro del Génesis al comienzo del relato de la creación: “La tierra era casos y confusión y oscuridad por encima del abismo y el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gén 1,2).

 

La vida y el carisma de Santa Vicenta María en la historia de la salvación

 

“Dijo Dios: “Haya luz”… y apartó Dios la luz de la oscuridad.” (Gen. 1, 3)

En el primer día de la creación, según el relato del Génesis, Dios creó la luz, pero no "eliminó" la oscuridad, solamente la apartó de la luz. El bien y el mal, como la luz y la oscuridad, son dos realidades que se excluyen, y que nosotros reconocemos por referencia uno del otro. La salud es más fácilmente reconocible cuando se hace presente la enfermedad. La luz adquiere mayor valor en medio de la oscuridad. De manera semejante la gracia santificante cobra su mayor significado cuando reconocemos la presencia y la amenaza del pecado en nosotros mismos, en nuestro entorno y en el mundo.

La religión es algo connatural al ser humano. Cuando una persona reconoce su propio límite surge en ella la certeza de la existencia de un “ser” superior: desconocido, ignorado, rechazado o aceptado. Pero “alguien” que está ahí y que es infinitamente mayor y más poderoso que la propia indigencia. Ese reconocimiento provoca que la necesidad de orar se convierta en el más fuerte imperativo del ser humano.

El reconocimiento de la propia esclavitud y de la propia oscuridad nos abre a la esperanza de la luz y de la libertad.

Los seres humanos caminamos a oscuras cuando lo único que buscamos es la realización de nuestros vanos proyectos, cuando nuestra mirada se dirige únicamente hacia nosotros mismos y nuestros limitados intereses…

Pero cuando alzamos la mirada descubrimos que la luz es más poderosa que nuestra oscuridad; que el gozo de la renuncia es infinitamente mayor que nuestra avidez por una falsa libertad; que la presencia de los otros y sobre todo de Dios en nuestra vida es manantial de alegría y de una riqueza interior que necesitamos compartir… la apertura del alma a Dios provoca la necesidad de poner y ponerse al servicio de los más desfavorecidos.

En el Madrid decimonónico Santa Vicenta María conoció un mundo de caos, oscuridad y confusión; un mundo destrozado por el pecado de los hombres y su lejanía de Dios. Un mundo de esclavitud, humillación y sometimiento para un elevadísimo número de mujeres jóvenes, adolescentes y niñas que perseguían el sueño de una vida digna.

La adolescente y joven Vicenta María, se dejó inundar por la gracia y supo contemplar esa realidad desde la luz que brillaba en su propio corazón. Una luz que no nacía de ella, pero vivía y brillaba en ella y le permitía ver la realidad sin deformaciones

Su fe y la conciencia de haber sido salvada por Jesucristo le permitió a Santa Vicenta María entender que las pequeñas luces del bienestar, de la posición social, del consumismo… son luces que, al fin y al cabo, hablan de crepúsculo más que de aurora. El ser humano, si vive de espaldas a Dios está abocado a la oscuridad, al placer pasajero, a la felicidad efímera, a experiencias que conducen más a la muerte que a la vida y nos hacen renunciar a lo que es más propio del ser humano: su ser criatura y su filiación divina (nadie se engendra ni se nace a sí mismo)

La persona alejada de Dios, centrada sobre sí misma y sobre sus propios intereses, acaba siendo un ser para la destrucción, porque el pecado no construye, sino que destruye; y el egoísmo, el individualismo, el narcisismo, el orgullo, la vanidad, el ansia de poder, tener y placer nos alejan, cuando no nos enfrentan a Dios y eso tiene un solo nombre: pecado.

Santa Vicenta María, que vivió anclada en un don de la gracia que la mantuvo apartada del pecado, diluyó su voluntad en la voluntad de Dios, y por eso su vida no se perdió en el anonimato de un mundo en tinieblas.

Desde su reconocimiento de mujer salvada y liberada en Jesucristo, no crea distancias de egoísmo, temor o recelo con el mundo en el que vive… no ignora el dolor, el sufrimiento, la pobreza, la humillación de muchas personas, particularmente de jóvenes, coetáneas suyas sin más culpa que la de haber nacido pobres, por eso

Su vida actualiza la realización de la profecía de Isaías.

“El pueblo que andaba en tinieblas vio una luz grande.

Una luz brilló sobre los que vivían en tierra de sombras.”


El nacimiento de Santa Vicenta María ocurre en vísperas de la Encarnación (22 de marzo) y su muerte al día siguiente de la Navidad (26 de diciembre). Ese es el significado de los ángeles de la Anunciación y de la Natividad con rasgos típicamente hajnalianos.  El saludo del arcángel Gabriel: “Ave Maria, gratia plena” en este caso parece dirigido no solamente a la Virgen María sino también a Santa Vicenta María, casi como un anuncio de la misión que el cielo le confía. 

El ángel de la Natividad exhortando a la alabanza en el anuncio a los pastores “Gloria in excelsis Deo” es una invitación a la alegría por el favor que Dios concede a los que Él ama.


Jesús nació en Belén… Lo supieron María, José y un grupito de pastores…

Vicenta María en Cascante… Lo supieron sus familiares y vecinos más cercanos…

La mayor parte de los años que Jesús vivió en esta tierra los denominamos ‘vida oculta’ porque no fue un niño prodigio, ni un adolescente tuitero, ni un joven youtubero… Más allá de sus parientes cercanos y sus vecinos nadie supo de la existencia de quien era el Hijo de Dios.

La hagiografía se encarga de engrandecer vidas que generalmente han transcurrido en la más sencilla cotidianeidad, en un círculo de familiares y conocidos que no va más allá del estrecho ambiente en el que se mueve y así fue la vida de Santa Vicenta María.

La grandeza de la vida de Santa Vicenta María fue su fe inquebrantable, la solidez de su esperanza, la generosidad inconmensurable con que vivió, enseño y practicó el mandato del amor, la entrega sin reservas de toda su vida a la misión que el Señor le confió y que hoy reconocemos como una prolongación de la Encarnación, como una gestación de Jesús hasta hacerlo nacer en las vidas de quienes lo ignoraban o le volvían la espalda. Pero una misión tan alta es inconcebible con las solas fuerzas o capacidades personales. Una realidad que Hajnal pone de manifiesto a nuestros ojos en las dos figuras centrales del mosaico. La Santísima Virgen y Santa Vicenta María forman casi una unidad sin que se oculte aquello que las distingue.


La Virgen, detrás de Santa Vicenta María no desaparece, pero le cede el protagonismo de la escena; guía y conduce a la Santa con la suavidad de quien no abandona, tampoco fuerza ni condiciona la respuesta a la llamada de Dios y la opción de dar cumplimiento a la misión recibida. Santa Vicenta María se sabe y se siente protegida y acompañada pero solamente cuando tome su propia decisión, cuando al anuncio del ángel pronuncia su propio FIAT a la voluntad de Dios entonces sí, podrá pisar también ella, junto a la Virgen, la cabeza de la serpiente para poner de manifiesto el triunfo de la gracia sobre el pecado, de la Vida en Cristo sobre la muerte.


El fruto fecundo de la vida terrena de Santa Vicenta María se traduce en un nuevo alumbramiento de Jesús que nace en los corazones e ilumina la vida de cada una de las jóvenes que el Señor ha confiado a sus cuidados y le sigue confiando en las personas de sus hijas.

La vida terrena de Santa Vicenta María no necesitó ser más larga: cuando Jesús ya ha nacido y ella ha abierto una senda reconocible para llegar hasta Él en cada uno de los Sagrarios de las casas del Instituto, puede dar por concluida su misión y morir gozosa. Mientras los ángeles invitan al canto de alabanza por el nacimiento del Hijo de Dios, Santa Vicenta María se despide de sus hijas, recomendándoles que no se supriman las fiestas para las chicas.

El autor remata el mosaico en sus laterales con una cita de San Agustín que define la identidad de Santa Vicenta María:

“Unas veces blanda y otras severa; para nadie enemiga; madre para todos” San Agustín.

Y una sentencia de la Santa en la que pone de manifiesto que ningún amor puede haber por encima del amor de Dios, que genera un incondicional ‘amor de madre’ hacia todos aquellas que le han sido confiadas:

 

“Deseo que améis a las jóvenes a quienes, después de Dios, he mamado con el amor de la más tierna madre” Santa Vicenta María

 

A.M.D.G. et M.I.

 María Digna Díaz Pérez RMI

Roma, 4 de junio de 2023

Solemnidad de la Santísimas Trinidad