domingo, 22 de febrero de 2015

22 de febrero

Fue el día 22 de febrero de 1871, miércoles de ceniza en aquel año... la semilla empezaba a mostrar el fruto... El grupo de señoras que compartían piso con la Sirvientas acogidas en el Asilo establecido para ella en la madrileña plaza de San Miguel, obtuvieron la autorización del director espiritual P. Vicotrio Medrano SJ, para empezar a llevar un estilo de vida comunitaria según marcaban las "Reglitas provisionales" elaboradas por santa Vicenta María. Formaron aquella primera comunidad apostólica, además de santa Vicenta María, doña María Eulalia Vicuña, doña Emerenciana de la Riva, doña Celedonia Palomar, doña Juana de la Cruz Orti y Lara, doña Leoncia Pérez, Dolores Mucha Velasco.....





Santa Vicenta María López y Vicuña

Génesis histórico-social de su carisma y fundación
Félix Zubillaga SJ



   











Santa Vicenta María López y Vicuña

Génesis histórico y social de su carisma y fundación




Félix Zubillaga, SJ



Edición revisada y actualizada por María Digna Díaz Pérez RMI, en el segundo centenario de la Restauracion de la Compania de Jesús, como un sencillo gesto de debida gratitud a la memoria del P. Félix Zubillaga SJ.




Roma 2014



Siglas y abreviaturas


ApEjSVM                  Apuntes de Ejercicios Espirituales de santa Vicenta María López y Vicuña. Roma 1986.
art.                           artículo.
CarSVM                    Cartas de santa Vicenta María López y Vicuña. Madrid 1976.
cf.                             conferir.
D.                              don.
DRAE                        Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua.
Ibíd.                          En el mismo lugar.
n.                              número.
Oe                            Otros escritos en CarSVM t. IV.
P.                              Padre.
Redacta                    Transcripción y génesis de las Constituciones de la Religiosas de María Inmaculada redactadas por santa Vicenta María López y Vicuña. Roma 1979.
Reglamento              Reglamento de los asilos para sirvientas de la congregación de Hermanas del Servicio Doméstico. [1880]. Inédito.
RMI                          Religiosa de María Inmaculada.
s(s).                           siguiente(s).
SJ                              Compañía de Jesús.
Sr.                             señor.
Vida                          Vida de la Reverenda Madre Vicenta María López y Vicuña. Barcelona 1918.
vol.                           volúmen.
Xeroc.                       Reproducción de los escritos de santa Vicenta María López y Vicuña. Se conservan dos copias: una en la Curia General, en Roma y otra en la Casa Madre del Instituto, en Madrid.




Bibliografía


Díaz Pérez María Digna RMI, Historia de la Congregación de Religiosas de María Inmaculada. t. 1: Algunas noticias sobre el origen, fundación y desarrollo de nuestro Instituto (1843-1890), Madrid 2000.
Durán María Ángeles, El trabajo de la mujer en España. Un estudio sociológico, Madrid 1972.
Madoz Pascual, Diccionario Geográfico - Estadís­tico - Histó­rico de España y sus posesiones de Ultra­mar, Madrid 1846-1850.
[Orti y Muñoz María Teresa RMI], Vida de la Reverenda Madre Vicenta María López y Vicuña. Angelical fundadora de las Hijas de María Inmaculada para el servicio doméstico. Con un prólogo de José Fernández Montaña. Escrita por sus religiosas contemporáneas con cartas y documentos. Segunda edición notablemente corregida, revisa­da y aumentada por el P. Jaime Pons SJ., Barcelona 1918.
Rodríguez de Armas María Herminia RMI, Santa Vicenta María redacta las Constituciones de las Religiosas de María Inmaculada,  Roma 1979.
Santa Vicenta María López y Vicuña, Apuntes de Ejercicios espirituales, Roma 1986.
Santa Vicenta María López y Vicuña, Cartas, 4 tomos, RMI-BAC, Madrid, 1976.
Vicens Vives Jaime, Historia social y económica de España y América, t. IV/2: Los siglos XIX y XX. Burguesía, industrialización y obrerismo,  Barcelona 1959.
Zugasti Juan Antonio SJ, La esclava del Santísimo, Venerable Madre Sacra­mento, Madrid 1911.



Santa Vicenta María López y Vicuña

Génesis histórico-social de su carisma y fundación[1]


P. Félix Zubillaga, SJ

Cascante, pueblo de Navarra

Vamos a esbozar algunos datos biográficos de la fundadora de las Religiosas de María Inmaculada –supongo conocida su vida al menos en su dimensión general- y fijarnos especialmente en el ambiente histórico-social que acompañó la fundación.
El 22 de marzo de 1847 nace Vicenta María en Cascante, provincia de Navarra. Sus padres don José María López y doña María Nicolasa Vicuña ofrecen a la recién nacida la garantía más segura de un hogar profundamente cristiano. Hija única –días antes de su nacimiento había muerto la primogénita-, atrae las miradas y cariño de cuantos la rodean: don Joaquín García, sacerdote, tío abuelo de la niña, doña Dominica, hermana de sus madre, su abuela paterna, doña Antonia, y una hermana de su padre, doña María Dolores, contribuyeron más o menos a asegurar en la niña un arraigo de fe y piedad muy grandes[2].
Sus padres, don José María y doña María Nicolasa, abogado el primero, que en contacto con las leyes había cultivado un temperamento más bien rectilíneo y preceptista; la segunda femeninamente amable y condescendiente, dejando profunda huella en el carácter de la fundadora: tenacidad e inexorabilidad en un exterior suave y complaciente.
Cascante, población navarra, recostada en una pequeña altura, con más de quinientas casas de buena fábrica, ambiente aldeano y pío, ha enriquecido también el impacto ideológico y temperamental de Vicenta María. La parroquia, dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, edificio de cantera rasgada, con sus tres naves amplias, la iglesia del suprimido convento de la Victoria, las tres ermitas de San Pedro Apóstol, San Juan y San Francisco de Asís, y sobre todo el santuario de Nuestra Señora del Romero, vigilando en lo alto del pueblo[3]: recuerdos preferentemente marianos, arraigando en el corazón de la niña el amor por la Santísima Virgen.
Su padre, muy celoso de la pequeña se encarga de enseñarle las primeras letras y la doctrina cristiana[4].
Asoman muy pronto en Vicenta María, que va creciendo, el amor a los pobres y un ansia, aunque infantil, de apostolado: a niñas que reúne, de su edad, les enseña la doctrina que ella misma va aprendiendo[5].


Madrid

Un episodio insólito para la familia de don José María, humanamente intrascendente. Vicenta María, niña todavía de siete años, va a Madrid acompañando a sus padres, pues su tía Sor Dominica va a emitir la profesión religiosa en las Salesas de la capital. Durante la permanencia madrileña la familia se hospeda en casa de sus parientes, los señores de Riega[6].
Este desplazamiento nos sitúa en un  período de la historia que se indica ahora, y del que va a ser protagonista, aunque todavía inconsciente, la niña de Cascante.


Hospital de San Juan de Dios – Asociación de la Doctrina Cristiana

Recapitulemos algunos hechos que nos sitúen históricamente. En 1831, María Eulalia, hija de José María Vicuña y Echevarría y de doña Manuela García Rincón, y hermana de María Nicolasa, madre de Vicenta María, contrae matrimonio con el Ilmo. Sr. D. Manuel de Riega, y fijan su residencia en la capital. Allí también residía, graduado en leyes, don Manuel María, hermano de doña María Eulalia.
Los dos hermanos, activos en el apostolado benéfico, miembros de la Asociación de la Doctrina Cristiana, con sede en el Hospital de San Juan de Dios, desarrollan con los asociados desinteresada labor material y espiritual[7].
La índole del citado hospital caracterizaba la múltiple actividad de la aludida asociación. Fundado en la segunda mitad del quinientos –nos acercamos al centro benéfico a mediados del ochocientos-, emplazado en la calle Atocha y plaza de Antón Martín, presentaba diez salas: seis de ellas para hombres, y cuatro para mujeres. Los hombres –unas 103 camas- con enfermedades venéreas, cutáneas, sarna y tiña. Las mujeres –unas 90 camas- aquejadas de los mismos males[8].
Bastantes de las hospitalizadas eran jóvenes que, venidas de los pueblos a prestar servicio en las casas, licenciadas del trabajo, en paro forzoso y vagando por las calles, caían en manos de quienes, con oferta de dinero, las explotaban y reducían a aquel lastimoso estado. Obligadas a refugiarse en el hospital, perdían toda posibilidad de trabajo, y cuando convalecientes salían de él, se hallaban sin fuerzas, sin hogar y sin recurso alguno, ni material ni espiritual.


Dos instituciones. La Casita

Esta trágica plaga moral y social suscitó dos instituciones: el Colegio de Desamparadas, ideado y llevado a efecto por doña Micaela Desmaisières de Dicastillo, vizcondesa de Jorbalán (1809-1865), para cuidar a jóvenes extraviadas que se proponían abandonar la vida de corrupción y escándalo a que antes se hubiesen entregado[9]; proporcionarles la instrucción religiosa necesaria y conveniente para que, conociendo la fealdad y enormidad de sus faltas, se dedicasen con decisión a repararlas; darles educación y enseñanza correspondiente a su sexo y clase, o de la que eran capaces[10].
La segunda institución la habían planeado doña María Eulalia y su hermano don Manuel María: formar un nuevo asilo, protegido por una asociación de señoras, que se ocupase, no sólo de acoger temporalmente a las jóvenes, actuales o futuras sirvientas, sino también colocarlas en casas de confianza y dirigirlas siempre con sus consejos. Posteriormente doña María Eulalia y otras señoras decidieron erigir una Casa de Caridad para recoger jóvenes huérfanas o ausentes de sus familias, que venían a servir a la capital proporcionándoles después colocación.
Un pequeño y humilde cuarto, llamado familiarmente «La Casita», diciembre de 1853. Situado en la calle de Lucientes, concretó el ideado plan. Habilitado con tres camas, fue ocupado inmediatamente. Locales más amplios para el mismo fin, se fueron encontrando sucesivamente en las calles Rubio y Humilladero.
Así comenzó a desenvolverse la obra de las sirvientas, que acogía ya, no sólo a las convalecientes, sino también a muchachas recién llegadas de los pueblos y a las desacomo­dadas, para formarlas a todas religiosamente y en las labores del oficio que deberían desempeñar[11].
Ya en su primera venida a Madrid, la niña de Cascante, acompañando a su tía doña María Eulalia, se puso en contacto con estos centros benéficos y con la Casita.



Crisis rural. Jóvenes que emigran a la ciudad

El trasiego de jóvenes, ordinariamente campesinas, que desprovistas de recursos económicos, abandonaban su hogar y se refugiaban en las capitales en busca de algún oficio lucrativo, era un mal endémico en la España del ochocientos.
La estructura de la propiedad agraria dependía del colosal traspaso de fincas que tuvo lugar, principalmente entre 1833 y 1876; debido, en gran parte, a la desamortización civil y eclesiástica, y a la desvinculación de mayorazgos. El trasiego de bienes raíces no benefició a los labradores, ni suscitó la aparición del campesinado propietario, mito de los reformistas desde mediados del siglo XVIII. Al contrario, robusteció el latifundismo peligrosamente para la economía y el bienestar del país.
Así el latifundismo del ochocientos se afianzó en la tierra donde tradicionalmente se habían desarrollado las explotaciones agrarias y ganaderas de un solo dueño y cultivadas por una legión de asalariados, jornaleros o yunteros[12].
La propiedad agraria, con índice muy elevado en el patrimonio nacional de principios del siglo XIX, comenzó desde entonces a ceder su elevada cotización a las actividades industriales y mercantiles y a la propiedad urbana[13].
A comienzos del ochocientos la agricultura española siente el peso de tres grandes obstáculos: la prohibición de cultivar los baldíos; prohibición también de acotar los predios –con la única exclusión de huertos y viñedos, decretada en 1778- y sustracción de tierra de cultivo por la serie de leyes dictadas para favorecer la mesta. Estos tres obstáculos y los efectos de la amortización aludida poco antes, provocaron el aumento vertiginoso del precio de las propiedades y la disminución progresiva de las rentas del campo, y como consecuencia el éxodo de capitales de la agricultura, abandono de los predios, imposibilidad de introducir mejoras en ellos, y la separación entre el propietario y el agricultor.
Aunque el año 1837 suscita una verdadera revolución agraria y cambios radicales, fruto de las ideas políticas de los liberales españoles y la decidida actuación de las Cortes de Cádiz de 1813, que ordenaban el cierre de quintas a perpetuidad, abolición de tasas y la plena libertad de comercio interior; el campo sigue siendo patrimonio de los grandes propietarios y muchos agricultores han de abandonar sus predios[14].
Esto explica la aparición en Madrid de jóvenes campesinas, buscando ocupación lucrativa.

Vuelta a Cascante

Los factores que prevalentemente nos interesan en este ambiente histórico y social-económico –la profesión de Sor Dominica pasa a segundo término- son los hospitales de San Juan de Dios y General, la Casita, erigida para jóvenes sirvientas, doña María Eulalia y su hermano, y Vicenta María que llegada a la capital con sus padres, durante los seis meses escasos que estuvo en Madrid, tuvo como maestro, en sustitución de su padre, a don Manuel María y acompañaba a su tía doña María Eulalia –episodio el más trascendental- en las visitas a los hospitales y a la Casita.
La vuelta a Cascante fue muy dolorosa. Algo había en Madrid que Cascante, con su adustez lugareña y aún el calor hogareño de unos padres que idolatraban a la hija, no podía dar. Los hospitales y la Casita han trasvasado algo vivencial en el corazón de la niña, que ella todavía no sabe explicar.
Cascante con sus padres, parientes, iglesias y santuarios, y actividad benéfica y apostólica sigue siendo para Vicenta María un impacto emotivo de vida cristiana y devocional.




Otra vez en Madrid. Educación escolar

La familia López Vicuña que considera ya Madrid no tan distante de Cascante como antes, deseando dar a Vicenta María instrucción superior a la primaria, y formación cultural y social más selecta, deciden enviarla a Madrid. Sin necesidad de ingresarla en ningún colegio, sus tíos le buscarían maestros aptos para su educación.
Ya en Madrid, Vicenta María, que tiene diez años, inducida a ello por su tía, escoge como su director espiritual un jesuita –sus posteriores guías serán siempre jesuitas-, el P. Juan Cabañero, Superior de la residencia de la calle del Olivar.
Fueron años de disciplina escolar más bien austera, con apretado horario de estudio y ocupaciones: francés, piano, lectura, y al mediodía Misa y paseo. Frecuentes también las visitas a los Hospitales de San Juan de Dios y la Princesa –en éste último Vicenta María tomó a su cargo una sala de niños para enseñarles el Catecismo-; pero sobre todo a la casa de las sirvientas, donde en 1858 ya ayudaba en las Escuela dominical, y en mayo de 1859 acompañaba al armonio los cánticos y letrillas del Mes de María.
Después de las vacaciones de aquel año 1859, ingresa como externa –aunque reservado sólo para las de aquella nación- en el colegio de San Luis de los Franceses, en el que pudo perfeccionarse en el francés[15].

Fluctuaciones institucionales de la casita

Vicenta María va creciendo en años –ha cumplido doce- con el consiguiente proceso evolutivo fisiológico, temperamen­tal, sicológico y espiritual. Las Instituciones benéficas en las que colabora, las mira con intuición más indagadora que respon­sable.
La Casita, fundada en 1853, insuficiente para satisfacer el progresivo aumento de peticiones, ya en los primeros tres años se ha ido trasladando a locales más capaces. Doña María Eulalia, impotente por sí sola para atender a la problemática económica, asistencial y espiritual que en ella se va creando, elige una rectora seglar de toda confianza que desempeñe el cargo por dos años[16].
Eran sólo soluciones de emergencia que no podían bastar. Y así, con el fin de asegurar la permanencia de la Institución, recurren primero a las Hijas de la Caridad[17], poste­rior­mente a las Carmelitas de la Caridad; pero se comprobó en la práctica, que la obra no rimaba con los fines de ninguno de los dos Institutos, y así continuó sustancialmente y también en sus estructuras, inalterable, esperando alguna persona que la pusiera definitivamente a salvo.
La inicial Casita, ampliada ya, se había trasladado de la calle de la Villa a otro piso de la calle de Cañizares, número 14[18].


Tía, ni con un rey ni con un santo

Vicenta María alterna sus largas permanencias en Madrid con fugaces viajes a Cascante. Sigue estudiando francés y piano, y cultiva también la pintura. Ha cumplido 15 años. Las interrupciones de la tarea cultural se las llevan los hospitales y las sirvientas. Su juventud, aunque llena de vitalidad, va orien­tándose a una madurez ascética más bien rigurosa. Los libros de su predilección son los espirituales y se insinúa en su alma una inquietud escrupulosa por faltas o pecados que ha podido cometer sin conocerlos. Esa timidez espiritual rayana no pocas veces en la ansiedad y escrúpulo, la acompañó, acaso no muy favorablemente, durante toda su vida.
La Cascantina ha terminado su formación escolar y sus padres la reclaman. Los de Madrid alegan también derechos, y llegan a un convenio pacificador a las dos partes: de junio a octu­­bre, Vicenta María vivirá con sus padres, y el resto del tiempo en la capital.
En los dos ambientes prosigue Vicenta María el ritmo de su actividad eficiente y benéfica. En Cascante –dato sintomá­tico- erige y promueve escuela dominical para las jóvenes.
Ahora, más que nunca, la familia cascantina quiere conocer planes futuros que puede abrigar su hija; pero casi no se atreven a aventurar ninguna pregunta en ese sector, temerosos de alguna respuesta que los desconcierte. Doña Fernanda Tenreiro avanza propuestas concretas de matrimo­nio, que hubiesen podido satisfacer aún a paladares muy exquisitos. La respuesta es contundente, sin titubeos: «Tía, ni con un rey ni con un santo»[19].


Alternativa decisiva. Las chicas han triunfado

Vicenta María obviamente no se había extrañado ante la propuesta matrimonial. Había deliberado y reflexionado, sin duda alguna, sobre esa posibilidad; pero la había excluido decididamente. Más aún, en Madrid mismo, con licencia de su director espiritual, el 30 de mayo de 1866 hace voto de castidad y la promesa de afiliarse a una Orden o Instituto dedicado preferentemente a dar culto a la Santísima Virgen[20].
En la problemática de escoger entre Instituto de vida contemplativa o activa, se inclinaba a los primeros. Pero, ya en su interior siente algo que casi la subyuga. Son tan extraordina­riamente convincentes las necesidades de esas chicas que se han apropiado gran parte de su labor benéfica madrileña y le han conquistado el corazón.
Por otra parte, sus tíos de Madrid y el Padre Medrano, su director espiritual, han lanzado la idea de una fundación para esas chicas[21].
Llega la hora de las decisiones finales. Pero no es ella la que la de proferir la última palabra.
Los Ejercicios de San Ignacio, como respuesta divina a ese interrogatorio que en estos momentos bien se puede llamar histórico, los consideran todos sobre manera oportunos. Obtienen permiso del Obispo Auxiliar de Madrid para que Vicenta María los pueda hacer, alejada de todo contacto humano, dentro del Monasterio de las Salesas. El mismo convento, que páginas más arriba indicábamos, pasaba entonces a segundo término en la vida de Vicenta María, adquiere ahora notable relieve. Las religiosas la reciben casi como candidata a su Orden.
Se recogió al claustro del 4 de marzo de 1868 e hizo los Ejercicios bajo la dirección del P. Luis Pérez SJ. Oración y reflexión fueron continuas e intensas.
Una página autógrafa de la joven de Cascante, con dos apartados: salesas y fundación, sintetizó el resultado de sus principales deliberaciones y resoluciones. En cada uno de los dos apartados añadió la ejercitante las ventajas e inconvenientes que vio en seguir las indicadas vías. En ninguna de las dos encontró inconveniente alguno. Sugestivas e intere­santes las ventajas que extendió en favor de la fundación o de las chicas: «Gloria de Dios más palpable. Más pobreza. Más mortificación de mis naturales inclinaciones. Mucho peligro de sufrir desprecios. ¡Cuántos lo vituperarán[22]! Continuo esfuerzo. Continuo sacrificio. Necesidad de la época». Esta determinación irrevocable se la dio a conocer la misma Vicenta María a su tía Sor Dominica: «Alegrémonos en Dios, tía que es quien lo ha querido y por quien hemos de quererlo también nosotras: Las chicas han triunfado»[23].





El carisma de la Fundadora

El carisma, don que el Espíritu Santo reparte entre los fieles de cualquier condición «distribuyendo a casa uno según quiere»[24], con el cual les hace aptos y prontos para ejercer diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia[25], que se iba insinuando en los años precedentes, en el corazón de Vicenta María, ha tenido en los Ejercicios su manifestación más esplendente: las chicas han triunfado. La Casita ha ido creando en el alma de la joven de Cascante ese impacto sobrenatural, carisma del Espíritu Santo.
La incipiente fundadora desde este momento es viven­cialmente consciente y responsable de ese carisma, que se irá manifestando y concretando todavía más y más. Ante la oposi­ción que prevé se la han de hacer sus padres, para la ejecución de ideales que para ella son ineludible llamamiento divino, adopta una posición clara y definida, en carta que escribe a su padre tres meses después de finalizados los Ejercicios, 16 de junio de 1868:
«Papá: Muy sensible me es disgustar a V. volviendo a tratar del asunto que a V. más desagrada, y a mí más me interesa; pero creo mi deber hacerlo.
»En la carta primera que V. escribió, después de haber recibido la mía, en la que le manifesté mi resolución, dice V. que yo aspiro a una cosa que no existe, que quiero abrazar un Instituto que está por formar, y parece que conceptúa V. que la empresa a que quiero dedicarme no es hasta ahora sino un proyecto, el cual se realizará o no; más no es así.
»Respecto a la idea que indiqué a V. de establecer una Corporación de Sras., para llevar la Obra adelante es V. muy dueño de juzgar tal plan irrealizable, temerario y del modo que le plazca, por ser una cosa que está por hacer. Sin embargo, si yo tratara de defender la posibilidad de que esto llegue a reali­zarse, recurriría a la historia de la mayor parte de las funda­ciones, cuyos principios admiran por no parecer conducentes a lo que luego han llegado a ser. Pero prescindamos de lo que pende del porvenir y vamos al terreno práctico y positivo; no hablemos de proyectos sino de lo que en el día se practica.
»Se aproximan a ciento las muchachas que tenemos bajo nuestra dirección; estas criaturas viven en una Corte, donde todo es corrupción, rodeadas de lazos por todas partes, sin tener quien las avise y desvíe de los principios que a cada paso encuentran, pues ¡cuánto bien no resulta de acoger estas muchachas en sus desacomodos, instruirlas, entretenerlas en los días festivos y cuidar, en fin, de que vivan cristianamente! Pues todo esto se está haciendo, no es un proyecto, no es ilusión, no es cosa que no existe.
»Yo no puedo responder, aunque tengo posibilidades, de que esto llegue a ser religión –entra de lleno en la dimensión carismática-. A mí lo que me toca es corresponder al llamamiento de Dios que consiste en ocuparme mientras viva en hacer esos oficios con las pobres sirvientas.
»V. dice que no entiende tal llamamiento por tratarse de una cosa nula, porque nulo es lo que no existe. Más con lo que llevo dicho debe V. quedar convencido de que efectivamente existe, y en el día estoy practicando todo aquello que pide mi vocación.
»Así, pues, yo no tengo necesidad de esperar, como V. quiere, a que se formen las Constituciones. Tengo formada la institución, que es lo que a mí me importa, y me encuentro colocada en un centro desde donde puedo perfectamente corresponder a la inspiración de Dios. Así que para seguirle me basta estar en esta casa y dedicarme con todas las facultades de cuerpo y alma, sin necesitar para ello Instituto aprobado, como V. pretende.
»También añadiré que es muy de esperar venga a parar en eso porque, para dar estabilidad a las cosas, precisas son las corporaciones, a fin de que la institución no muera, aunque las individuas falten. Mas siempre vuelvo a mi tema, que lo que a mí me incumbe es dedicarme a la obra con mi persona, y lo que venga después, lo veremos[26]».


Oposición paterna

Hasta ahora eran acaso inéditos para su padre, este casi desenfado y libertad de espíritu de su hija, fruto de las resolu­ciones que tiene tomadas de seguir inexorablemente la volun­tad de Dios. Esta energía de Vicenta María, temperada siempre con actitud suave y amable es característica de su tempera­mento espiritual.
Documentar la oposición sistemática que durante años hizo don José María a su hija para disuadirla de su consagración a las sirvientas[27], y la actitud inconmovible, respetuosa y obe­diente siempre a sus padres, para no desviarse ni un ápice de su vocación carismática: «a mí lo que me toca es corresponder al llamamiento de Dios, que consiste en ocuparme mientras viva en hacer esos oficios con las pobres sirvientas», lo consideramos periférico a nuestro tema principal de presentar las dimensiones del carisma de Vicenta María.


Génesis del carisma institucional.

Fin y medios del Instituto. Formación espiritual.

Antes de seguir adelante, recojamos esta circunstancia que ha hecho resaltar la Fundadora en ciernes, en la carta su padre, anteriormente citada: «Estas criaturas viven en una corte donde todo es corrupción, rodeadas de lazos por todas partes, sin tener quien las avise y desvíe de los precipicios que a cada paso encuentran. Pues, cuánto bien no resulta de acoger a estas muchachas en sus desacomodos, instruirlas y entretener­las en los días festivos, y cuidar en fin de que vivan cristiana­mente. Puesto todo esto se está haciendo. No es proyecto, no es ilusión, no es cosa que no existe»[28].
Anteriormente nos hemos asomado a la corrupción madrileña de que habla Vicenta María, a través de las salas del Hospital de San Juan de Dios. Vamos a intuir ahora la parte constructiva de la obra a la cual se siente divinamente llamada la decidida joven.
Librar de peligros a las chicas y hacer que vivan cristianamente es ideal que aparece muy claro en su carisma. La génesis y desenvolvimiento de él se evidencia en los docu­mentos que va extendiendo para la obra que podemos ya llamar suya.
En unas Constituciones que redactó casi a raíz de los Ejercicios de 1868[29], concretando el «fin principal de este Instituto» dice:
«El fin de todas las Señoras que a él se agreguen será la perfección propia y el provecho de las almas. Su objeto la moralización del servicio doméstico, acogiendo a las jóvenes desacomodadas, para librarlas de los peligros a que se hallan expuestas, instruirlas en la Doctrina Cristiana y sus respectivos deberes, colocarlas en casas de confianza y velar después sobre ellas visitándolas donde se hallen sirviendo, obligándolas a la constante asistencia a la escuela dominical y procurando que frecuenten los Sacramentos, a fin todo de que lleven una vida verdaderamente cristiana»[30].
Indica también los medios específicos para conseguir la «moralización del servicio doméstico», fin principal del Instituto[31].
Páginas más adelante, aclarando el «blanco y fin principal» de la institución afirma:
«El fin principal de las Hermanas es ocuparse con toda diligencia y cuidado, mediante Nuestro Señor, no tan sólo de mirar por su propia perfección, sino, con el mismo fervor y gracia, en procurar la salvación y perfección de las almas. Para cumplir con esta misión, tiene por único objeto la moralización del servicio doméstico, lo cual ofrece un vastísimo campo donde trabajar por la gloria de Dios, pues no sólo reporta el bien de las sirvientas que dirijan y protejan, sino con los mismos medios necesarios para ello, se introducen en las familias, derramando buena doctrina y procurando traer a todos a Dios»[32].
Más ampliamente precisa el fin del Instituto el «Reglamento de los asilos para sirvientas de la congregación de Hermanas del servicio doméstico», «Art. 1. Las jóvenes que hayan de acogerse en estos asilos desacomodadas o procedentes de los hospitales, deberán ser huérfanas o ausentes de sus familias y hallarse en la edad de 14 a 30 años sin perjuicio de que en casos extraordinarios pueda resol­ver otra cosa la Superiora de la casa»[33].
Mucho mayor es todavía la insistencia de Vicenta María –dentro de la dimensión del fin peculiar del Instituto- en los recursos principalmente espirituales con los que quiere enriquecer a la acogida:
«Ninguna de las jóvenes que ingrese en la casa sea colocada sin haberse confesado y recibido la Sagrada Comunión y siempre que se pueda particular­mente cuando entran por prime­ra vez se las preparara para hacer confe­sión general por me­dio de algu­nos días de ejerci­cios cuyo me­dio es eficacísimo para que re­formen sus costumbres y empren­dan una nueva vida. Se procu­rará que cuando estén sirviendo no dejen de confesarse cada mes celebrándose en el año dos Comu­niones generales, una en Mayo y otra en la fiesta de la Inmacu­lada Concepción»[34].
«Permanecerán –leemos en el art. 8º del Reglamento citado- en la casa el tiempo que la Superiora o Pre­fecta general según sus órdenes determinen, y después se las volverá a colocar en casas de confianza; este punto es muy delicado y debe ponerse gran cuidado en hacerlo con acierto. En cuanto sea posible se pro­curara que las familias sean conocidas para asegurar la mora­lidad y buen ejemplo que se ne­cesita para que las muchachas perseveren en las máximas que se les inculcan. Se preferirán en todo caso casas donde no haya criado ni personas jóvenes de diferente sexo ya que por ser cosa tan común no puede prescin­dirse de ello que sería lo me­jor. Asimismo se excluirán las casas donde se exija que vayan a la fuente o al río y también las casas de huéspedes y aquellas en que el tiempo de la salida o recreo se lo concedan por la noche»[35].
Reflejan igualmente casi una preocupación ansiosa por la formación espiritual de la chica, los artículos 9 y 10 del mismo Reglamento[36].


Binomio sirvienta-formación espiritual

Más aún, en un cotejo de valores, podemos asegurar que del binomio sirvienta-formación espiritual, Vicenta María prefiere con mucho el segundo elemento al primero. Lo dice categóricamente en el art. 11 del Reglamento, que estamos recorriendo: «Conviene más tener menor número y que cumplan bien sus deberes de sirvientas y acogi­das que muchas que no llenen unos ni otros, cuyo ejemplo daña mucho, redunda en descrédito de la Casa y retrae no tan solo a los amos que necesitan sir­vienta sino lo que es mucho peor a las sir­vien­tas mismas que al­gún día pudie­ran afiliarse y recibir gran provecho para sus almas»[37].
Los muchos medios y precauciones que prescribe la fundadora para asegurar la moralidad y ascética de la sirvienta, ponen también de manifiesto esta empeño prevalente de la fundadora por la formación espiritual.


El carisma. ¿Sólo las sirvientas?

Que las sirvientas entren especialmente en el carisma de Vicenta María no hay fundamento alguno para ponerlo en duda. Más problemático se nos hace el interrogante al que queremos responder documentalmente y cuya solución consideramos vital para las Religiosas de María Inmaculada: ¿el carisma de la fundadora está vinculado sólo a las sirvientas o encierra dimensión mucho más amplia?
Oportunamente advierte el Concilio Vaticano II, en su decreto «Prefecte Caritatis», nº 2: «La adecuada renovación de la vida religiosa comprende a la vez, un retorno constante a las fuentes de toda vida cristiana, y a la primigenia inspiración de los Institutos y una adaptación de éstos a las cambiadas condiciones de los tiempos».
Y añade en seguida: «Cede en bien mismo de la Iglesia que los Institutos tengan su carácter y función particular. Por lo tanto, reconózcanse y manténganse fielmente el espíritu y propósitos de los fundadores, así como las sanas tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio de cada instituto».
La primigenia inspiración del Instituto de Religiosas de María Inmaculada, históricamente está muy clara y la hemos señalado en este estudio: la joven privada de recursos necesarios, que abandona su casa y se traslada a la ciudad para ocuparse en el servicio doméstico, y desempeña su oficio asediada de grandes peligros para su alma. Vicenta María crea una institución para librarla del peligro y formarla cristianamente.
Sabemos también que Vicenta María encuentra a la sirvientas en las visitas que hace con su tía doña María Eulalia a los hospitales, y concretamente al de San Juan de Dios: allí estaba hospitalizada la sirvientas víctima de enfermedad, contraída no pocas veces como efecto del vicio, al que le arrastra su necesidad pecuniaria o la lejanía de la casa paterna o la falta de trabajo, por licenciamiento o enfermedad.
Ahora bien, a nadie que conozca aun superficialmente la historia socio-económica de la España del ochocientos, y más específicamente la de Madrid de aquella época, le podrá extrañar el encuentro de Vicenta María con la trabajadora del servicio doméstico y no con operaria de otra índole.
Pues, aunque en España esa centuria ochocentesca es el siglo del carbón, del hierro y del acero, y el inicio de la industria siderúrgica, la mujer todavía no tenía ningún acceso a ella. Por otra parte la industria textil, la primera actividad industrial española a lo largo de aquel siglo, no sólo por tradición, sino por manejo de capitales e irradiación comercial, y que se caracterizó por la supervivencia de la artesanía y la escasísima concentración industrial, aunque admitía la mano de obra de la mujer, en el período cronológico en que nos encontramos, la mencionada industria se había desarrollado principal y casi exclusivamente en Cataluña[38] y el Madrid el siglo XIX la desconocía.
Así –adoptando la nomenclatura hodierna- hemos de decir que la sirvienta es la obligada trabajadora que pudo encontrar Vicenta María. La vizcondesa de Jorbalán halló otra joven, que coaccionada por fin lucrativo, se ha empeñado en un trabajo moralmente deletéreo, pero que arrepentida quiere alejarse del insano mal.
Previas estas condiciones, si queremos afrontar directamente el problema carismático del Instituto de Religiosas de María Inmaculada, hemos de preguntarnos: ¿el servicio doméstico era el elemento esencial de la joven cuya renovación e institución cristiana quiere Vicente María?
La misma fundadora nos proporciona la clave de la solución. Aunque en las Constituciones escritas después de los Ejercicios de 1868 –lo hemos hecho notar anteriormente- pone como fin específico del instituto la «moralización del servicio doméstico», dice en el Reglamento, citado también párrafos más arriba: «Art. 1. Las jóvenes que hayan de acogerse en estos asilos desacomodadas o procedentes de los hospitales, deberán ser huérfanas o ausentes de sus familias»[39].
Análogamente en la «Instrucción para las acogidas del colegio de sirvientas», entre las «condiciones para la admisión», exige: «Ha de hallarse en la edad de 15 a 30 años, ser huérfana o ausente de su familia, o bien no poder ésta cuidar de ella en sus desacomodos, ser útil para el trabajo corporal», añade después otro elemento que consideraremos más adelante: «y con disposición de someterse al reglamento de la casa y a cuanto se le ordene por la Hermanas o Madres»[40].
Por tanto, la protagonista que decidió a Vicenta María a la fundación fue la joven obligada a un trabajo honesto y lucrativo, y privada, antes o después de él, de familia que pueda cuidar de ella. Ese empleo para una joven en el período cronológico en que Vicenta María comenzó a poner las bases del Instituto, y aún mucho después no podía ser otro que el servicio doméstico. Esa misma joven en las mismas circunstancias en las que se acercó a ella la fundadora, no sirvienta sino empleada en otro oficio honesto y lucrativo –hablaremos de ella párrafos más adelante- se enmarca plenamente, podemos asegurarlo con fundamento irrebatible, en los ideales carismáticos y apostólicos de la heroína de Cascante.
A esta misma conclusión llegamos –análogo razonamiento lo hemos hecho anteriormente- considerando los medios y factores que va ideando la fundadora para preservar a la joven de los peligros que puede encontrar en su oficio y cimentarla seguramente en la vida cristiana y en la virtud: frecuencia de Sacramentos, devoción a la Stma. Virgen, Congregaciones Marianas. No le interesaba el número de las chicas –lo hemos señalado párrafos más arriba- sino que cumplan bien sus deberes de sirvientas y acogidas[41].
Quiere también solvencia moral en las familias donde se colocan las chicas, y que «se advierta a las señoras las condiciones con las que deben recibir a las jóvenes procedentes de esta casa, a saber, que han de cumplir con los deberes del cristiano»[42]; y aunque se recurra al castigo cuando los desacomodos son frecuentes por culpa de la chica, y era muy importante –insiste Vicenta María- hacerles comprender que no han de hallar «apoyo cuando prevalidas de tener donde refugiarse, son inconstantes en las casas y no sufren lo que deben»[43].
Se castigarán también –puntualiza la fundadora- «las faltas de asistencia en los días festivos, por ser cosa de mucha trascendencia, y la reincidencia en este punto debe ser motivo bastante para perder el derecho a la casa hasta que den pruebas de enmienda»[44].
Idea también estímulos de tipo ascético para animar a las chicas más y más a la virtud[45]. Antes de admitir a las chicas en el colegio y colocarlas exige «informes detallados de personas que las conozcan»[46]; y antes de colocarlas, sobre todo por primera vez, confesión y comunión con preparación de algunos días de Ejercicios, medio eficacísimo para reforma de costumbres y principios de nueva vida[47].
Podríamos fácilmente aducir otros muchos testimonios en los que aparece evidente que el deseo principal e insustituible de la fundadora es formar espiritualmente a la chica y afianzarla en una vida cristiana firme, prescindiendo del trabajo concreto en que pueda ocuparse, siempre que sea honesto.
Otro elemento básico en la fundación de que hablamos es la chica, obligada a ese trabajo honesto y lucrativo, pero sin familia o que, teniéndola, esté ausente de ella o no pueda proporcionarle los medios de defensa moral y formación cristiana necesarios.


La chica de hoy

La chica que en la segunda mitad del ochocientos suscitó la fundación de Vicenta María –lo hemos indicado ya- no tenía otra posibilidad de trabajo extra familiar honesto sino el servicio doméstico. La joven de hoy, igual bajo múltiples aspectos económicos y familiares a la chica de entonces, que busca trabajo honesto con mayores posibilidades que en aquella centuria, lejos de su hogar y expuesta a no pocos peligros morales, hubiera atraído igualmente las predilecciones de la fundadora cascantina. También éstas –expresándonos eclesialmente- entran incondicionalmente en el carisma de la fundadora. Las circunstancias laborales actuales han podido cambiar y modificarse; pero queda intacto en ellas el ideal añorado por Vicenta María.


Desarrollo del trabajo de la mujer

Sobre todo en estos últimos cincuenta años se ha podido hablar de irrupción masiva de las mujeres en las actividades económicas extra familiares, con propensión heterogénea al trabajo según su nivel cultural, económico, y según la profesión del marido en las mujeres casadas.
El trabajo femenino que en los años anteriores se había limitado a las labores rurales intrafamiliares o actividades típicamente femeninas (maestras, enfermeras, modistas, telefonistas…), se hace ya desear en las funciones de progresiva especialización que requieren cualidades de inteligencia, sensibilidad, trato, apariencias más frecuentes en la mujer que en el hombre, o que son comunes a ambos sexos[48].
Factores históricos, demográficos, técnico-económicos y sociales han podido influir en esa promiscuidad laboral.
La escasez de mano de obra masculina, producida por las dos últimas guerras mundiales –aludimos a los factores históricos- fue sustituida por mano de obra femenina. Y aunque las posguerras reanudaron parcialmente la anterior situación laboral, el porcentaje de población femenina activa siguió teniendo representación considerable.
El descenso de natalidad existente en Europa desde principio del siglo XX –entramos en el sector demográfico-; y el envejecimiento de la población por el aumento de duración media de la vida y de la edad de escolarización media, han favorecido notablemente el trabajo femenino extra familiar.
La exigencia de energía física menor en los empleos –consideramos los factores técnicos-económicos-; el ahorro de fuerzas y de tiempo en las labores hogareñas, por los muchos avances técnicos aplicados a ellas, y el descenso proporcional de la población activa en la agricultura, permiten a las mujeres participación más numerosa en la industria, y más aún en los sectores sanitario, de oficina y de servicios.
La opción reconocida por todos, de la mujer a instrucción más elevada –indicamos algunos factores sociales-, la campaña feminista que siempre va ganando terreno, el derecho del voto femenino, la conciencia y responsabilidad profesionales demostradas evidentemen­te por la mujer de hoy, le conceden también derechos incontroverti­bles[49].
Esta participación activa femenina, sobre todo en los tres grandes sectores de la producción: agricultura, industria y servicios, aún con sus consiguientes oscilaciones de crecimiento y disminución, ha conservado siempre su pleno derecho de ciudadanía[50].
La incorporación al trabajo de la mujer, como resultado de la prolongación general del periodo de enseñanza obligatoria o media, tiende a ser cada vez más tardía.
Alrededor de los 20 años es la edad más generalizada de la mujer trabajadora, de manera que en que los países desarrollados, durante el período indicado, más del 50% de las mujeres trabajan. Esa cifra desciende bruscamente a partir de los 25 y sigue su descenso progresivo hasta los 35, en los que se estabiliza.
A partir de esa edad, que coincide con la terminación de la época de gestación y crianza para la mayoría de las mujeres, los porcentajes de actividad vuelven a aumentar, aunque nunca superior al 50%[51].
En España también, sobre todo últimamente, como efecto del aumento de jóvenes escolarizadas, disminuye el número de trabajadoras desde los 14 años para abajo[52].
Las mujeres –señalamos las principales características del trabajo femenino- ocupan ordinariamente puestos que no requieren cualificación profesional, ni comprensión mecánica ni iniciativa. Su trabajo es manual y rara vez manejan máquinas costosas. Se las ve en puestos de montaje, en ciclos cortos y de carácter repetidos, que no necesitan desplazamientos ni dentro ni fuera del taller, pero que exigen ritmo rápido. En equipos mixtos, sus puestos son casi siempre subordinados[53].
El porcentaje de mujeres no cualificadas en la industria, en los empleos y en el sector de servicios es extraordinariamente alto[54].
Concretando parcialmente en cifras, algunas de las consideraciones hechas anteriormente, indicamos a guisa de ejemplo, la participación de la mano de obra femenina en España, en los sectores de producción, el año 1970: en la agricultura el 20% -el indicado porcentaje es con relación al porcentaje activo en general-; en la minería el 2%; en las industrias fabriles el 25%; en la construcción el 2%; en electricidad, agua y gas el 5%; en comercio el 35% en transportes el 7%; en servicios el 45%[55].
Esa mujer activa del periodo en que vivimos, histórica, ambiental y socialmente se encuentra en las mismas circunstancias que la chica de servicio que atrajo con dimensión apostólica, social e institucional las miradas de Vicenta María, y suscitó después el Instituto de Religiosas de María Inmaculada.

Formación cultural de la chica

Observamos tangencialmente que proporcionar a esa joven, además de formación moral, otra cultural, conforme al ambiente en el que ha de actuar, no sólo no es contrario al carisma de la fundación de las Religiosas de María Inmaculada y a los ideales de la fundadora, sino muy acorde con ellos.
Las consideraciones que hagamos en esta dimensión han de partir de una realidad histórica: el ambiente de ilustración española del siglo XIX, y sobre todo el nivel cultural en el que podía encontrarse la chica que suscitó la fundación de Vicenta María.
Si la mujer aún de clase más elevada –por la discriminación social existente ente el hombre y ella en el ochocientos y muchos años después- quedaba ausente de los estudios universitarios más científicos, y aun de los profesionales, pues se la consideraba casi únicamente ama de casa, la de clase menos elevada había de contentarse con una dosis cultural y literaria bastante limitada, y mucho más aun la campesina, condenada no pocas veces al analfabetismo.
Ahora bien, las aspiraciones docentes de Vicenta María para la chica colegiala, que frecuentemente no sabía leer ni escribir –se ve estoy muy claro en las secciones que puso ella misma para las clases- eran no pequeñas. Así en la «distribución del tiempo» señala una hora para la «lectura de catecismo explicado» -era el catecismo explicado de Mazo, autor clásico y de competencia teológica nada vulgar- y media hora también para la lectura del Año Cristiano[56]. Sin duda ninguna, estas horas bien aprovechadas, familiarizaban a la chica con los principios y verdades más fundamentales de la vida cristiana.
Recomienda también la fundadora en las «Reglas generales», refiriéndose a las clases de las alumnas: «Pondrán cuanto esté de su parte para instruirse todo lo posible, y principalmente en doctrina cristiana»[57].
Elemento positivo para la formación cultural era también la lectura que se tenía ordinariamente en la comida y cena[58].
Aún los días festivos había por la tarde clase para las colegialas y las colocadas[59]. Y esta clase era sistemática y graduada, a comenzar desde las analfabetas, condición, como hemos indicado, muy extendida entre estas jóvenes en la época de la fundación del mencionado Instituto.
«Por la mañana –dosis prescrita para las colegialas- se leerá uno o dos capítulos del catecismo explicado de mazo, y el Año Cristiano por la tarde»[60].
«Por la tarde darán las lecciones de doctrina, lectura y escritura, siguiendo el orden establecido para la escuela dominical»[61].
«Procurarán –citamos de la instrucción para las acogidas el apartado en el colegio- aprovecharse del tiempo que se hallen desacomodadas para instruirse sólidamente en doctrina cristiana, en el modo de recibir debidamente los santos Sacramentos de confesión y comunión, así como todas las demás cosas que les enseñen para conducirse bien en las casas donde se coloquen y ser más útiles para el desempeño de las labores propias de su condición»[62].
Este principio enunciado por la fundadora de formar cultural y religiosamente a las chicas «para conducirse bien en las casas donde se coloque y ser más útiles para el desempeño de las labores propias de su condición» abre sugerentes perspectivas para la formación de la chica. Por una parte, secundar las aspiraciones de las jóvenes, animarlas y ayudarlas a adquirir un saber y consciente responsabilidad que les facilite el logro de sus empeños laborales, y aún se vayan abriendo campo profesionalmente en los empleos activos correspondientes a su categoría y posibilidades, rima perfectamente con el plan institucional de la fundadora.
Y mucho más afianzarlas con principios morales que las pueden mantener firmes en su integridad cristiana. Formación religiosa a nivel filosófico y teológico, considerables, si ha sido necesaria en todos los tiempos, lo es actualmente de manera peculiar. Enseñanzas y doctrinas de subversión social, materialistas, antirreligiosas y aún ateas están al alcance de todos los ambientes, y para ver y entender su alcance deletéreo y destructor, se hace indispensable una base doctrinal, filosófica y teológica.
Imprescindible también en la dimensión apostólica de la fundadora: a las jóvenes que, según ella «viven en una corte donde todo es corrupción, rodeadas de lazos por todas partes», fundarlas sólidamente con los medios recomendados por ella misma: frecuencia de sacramentos, Ejercicios espirituales, oración, devoción a la Santísima Virgen, Congregaciones marianas, para que «vivan cristianamente»[63].








[1] Este trabajo, fue realizado, en 1973. Posteriormente se publicaron los escritos de santa Vicenta María: sus cartas en 1976 (CarSVM), y los apuntes de Ejercicios espirituales en 1986 (ApEjSVM). En 1979, M. María Herminia Rodríguez de Armas presentó, al XVII Capítulo General, su minucioso estudio de la génesis de las Constituciones (Redacta). En el año 2002 fue publicado el primer volumen de la historia de la Congregación.
[2] Vida 24-29. Los datos biográficos de la fundadora los espigamos de: M. T. Orti y Muñoz, Vida de la Reverenda Madre Vicenta María López y Vicuña. Angelical fundadora de las Hijas de María Inmaculada para el servicio doméstico. Con un prólogo de José Fernández Montaña. Escrita por sus religiosas contemporáneas con cartas y documentos. Segunda edición notablemente corregida, revisa­da y aumentada por el P. Jaime Pons SJ. Barcelona 1918.
[3] Cf. P. Madoz, Diccionario Geográfico - Estadís­tico - Histó­rico de España y sus posesiones de Ultra­mar VI (Madrid 1847) 60s.
[4] Vida 27s.
[5] Vida 34s.
[6] Vida 44s.
[7] Vida 39s.
[8] Cf. P. Madoz, X, 873s.
[9] La idea se gestó en el seno de la Congregación de la Doctrina Cristiana y, a la muerte de Ignaci Rico de Grande, santa María Micaela llevó adelante el proyecto con la «Casa de María Santísima de los Desamparados» y fundación de la congregación de las Adoratrices del Santísimo Sacramento. Cf. M. D. Díaz Pérez RMI, Historia de la Congregación de Religiosas de María Inmaculada. t. 1: Algunas noticias sobre el origen, fundación y desarrollo de nuestro Instituto (1843-1890), Madrid 2000, pp. 141ss.
[10] J. A. Zugasti SJ, La esclava del Santísimo, Venerable Madre Sacra­mento (Madrid 1911) 429.
[11] Vida 41-43.
[12] J. Vicens Vives, Historia social y económica de España y América, t. IV/2: Los siglos XIX y XX. Burguesía, industrialización y obrerismo( Barce­lona 1959) 95
[13] J. Vicens Vives, 104s.
[14] Cf. J. Vicens Vives, 234s.
[15] Vida 65-78.
[16] La señora o ‘rectora’ a la que alude el P. Zubillaga SJ, fue contratada para dormir en el Asilo con las chicas, que doña María Eulalia y el resto de las señoras atendían sin abandonar sus obligaciones familiares.
[17] Las Hijas de la Caridad no llegaron a aceptar la propuesta.
[18] Cf. Vida 56-58 11-114 121-123.
[19] Cf. Vida 101-106.
[20] Vida 107. Oe 21.
[21] La primera idea de la necesidad de fundar es difícil establecer si fue de don Manuel María Vicuña o de santa Vicenta María. Lo que es cierto es que fue ella quien la propuso al P. Medrano SJ.
[22] DRAE: vituperar. (Del lat. vituperāre). 1. tr. Criticar a alguien con dureza; reprenderlo o censurarlo. vituperio. (Del lat. vituperĭum). 1. m. Baldón u oprobio que se dice a uno. 2. m. Acción o circunstancia que causa afrenta o deshonra.
[23] Santa Vicenta María López y Vicuña, Apuntes de Ejercicios espirituales (ApEjSVM), Roma 1986, p. 28
[24] 1 Cor. 12, 11.
[25] Concilio Vaticano II, Constitución «Lumen Gentium», n. 12.
[26] Santa Vicenta María López y Vicuña, Cartas (CarSVM), Madrid, 1976, t. I, n. 120, p. 107-108.
[27] Una mayor profundización, posterior a este trabajo, nos ha hecho ver cómo la oposición cerrada de don José María no fue más allá de 1868. Es cierto que no le concedió su bendición, ni siquiera respondió a sus cartas cuando ella le comunicó que vestiría el hábito religioso. La oposición al cambio de nombre, sin embargo, responde a una cuestión personal y nada tiene que ver con las sirvientas.
[28] CarSVM, t. I, n. 120, p. 107.
[29] Santa Vicenta María López y Vicuña, Apuntes largos, en M. H. Rodríguez de Armas, Santa Vicenta maría redacta las Constituciones de las Religiosas de María Inmaculada (Redacta),  Roma 1979, p. 83. Sobre el texto original, después del título «Constituciones» escribió M. María Teresa Orti: «Estas son las reglas que escribió la sierva de Dios de 20 a 22 años»
[30] Apuntes largos [66-67], cf. Redacta, p. 83
[31] Redacta, p. 83.
[32] Cf. Redacta, p. 92.
[33] Reglamento de los asilos para sirvientas de la congregación de Hermanas del Servicio Doméstico. (Reglamento) [1880]. Xeroc. vol. 5, 2‑24
[34] Reglamento, [1880] art. 7.
[35] Reglamento [1880], art. 8.
[36] Cf. Reglamento [1880], art. 9-10.
[37] Reglamento [1880], art. 11.
[38] Cf. J. Vicens Vives, 246-258.
[39] Reglamento [1880], art. 1.
[40] Reglamento, [1880], art. 3; Instrucción para las acogidas, n. 3.
[41] Reglamento, [1880], art. 11; Cf. Instrucción para las acogidas, n. 48.
[42] Reglamento, [1880], art. 10.
[43] Reglamento, [1880], art. 11.
[44] Reglamento, [1880], art. 11.
[45] Cf. Reglamento, [1880].
[46] Reglamento, [1880], art. 2.
[47] Reglamento, [1880], art. 7.
[48] Cf. M. A, Durán, El trabajo de la mujer en España. Un estudio sociológico (Madrid 1972) 11-17.
[49] Cf. Ibíd. 29s.
[50] Cf. Ibíd. 31-38.
[51] Cf. Ibíd. 53.
[52] Cf. Ibíd. 56.
[53] Cf. Ibíd. 130.
[54] Cf. Ibíd. 131s.
[55] Cf. Ibíd. 32.
[56] Reglamento [1880].
[57] Reglamento [1880].
[58] Reglamento [1880].
[59] Reglamento [1880].
[60] Reglamento [1880].
[61] Reglamento [1880].
[62] Instrucción para las acogidas, n. 4
[63] Cf. CarSVM, t. I, n. 120, p. 107-108.

2 comentarios:

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