domingo, 10 de diciembre de 2017

Un día como hoy.... santa Eulalia de Mérida


Había nacido, María Eulalia Vicuña, el 10 de diciembre de 1805... en 1890 hubiera cumplido 85 años, pero... en la Casa Madre aquel día la atención, el cariño, la oración, la esperanza... se daban cita alrededor de una cama... la pluma de la periodista Isabel Cheix, gran amiga de la enferma nos permita saber cómo fue aquella jornada...

Habitación en la que falleció santa Vicenta María, convertida en oratorio.

"Hoy día 10 de Diciembre de 1890 se ha administrado el Sacramento de la Extremaunción a la R.M. Madre Vicenta María López y Vicuña fundadora de la Congregación de Religiosas de María Inmaculada.
Ilustración de M. María de Porta Coeli Mezquita
Si esta solemne ceremonia reviste en todos los casos un carácter de triste gravedad por el ser último sacramento que la Iglesia confiere a sus hijos para alentarlos y fortificarlos en las postreras batallas, pocas veces con más razón que hoy, aflige profundamente los corazones de cuantos se interesan por la humildísima paciente enferma, pues si el sentimiento de la pérdida ha de estar en relación con el valor del objeto que se pierde, séanos permitido afirmar, que por grande que sea la pena difícilmente alcanzará al mérito de un tesoro que es en verdad irreparable.
Todavía sin embargo, anima el alma este cuerpo débil por los sufrimientos, pero lleno de la fortaleza que da Dios; todavía a pesar de los tristes pronósticos de la ciencia, esperan sus hijas y cuantos de veras la aman, un milagro de la Providencia convencidos que donde acaba la sabiduría humana empieza sin límites la misericordia divina; por eso al verla en la mañana de hoy, tranquila, risueña, con pleno conocimiento de su situación y tan conforme a la voluntad de Dios no sabemos qué admirar más en ella, si las relevantes virtudes que la adornan o el total desprendimiento de todo lo de la tierra, con que se ofrece a cumplir la voluntad del Señor.
P. Isidro Hidalgo y Soba sj
Poco después de las seis de la mañana llegó el R.P. Isidro Hidalgo, Director de la Congregación que desde ayer tarde y en vista de los ardientes deseos de la enferma por recibir el último consuelo de la Religión, había anunciado se le administraría en las primeras horas de hoy: enseguida de llegar dijo Misa en el Oratorio, llevando en la Comunión de ella el pan de vida a la R. Madre y dándolo después a las Religiosas, que sólo por la fortaleza que El comunica pueden hallar resignación para el costoso sacrificio que el Señor les exige; terminados que fueron los augustos misterios el P. Hidalgo dirigió a la Comunidad y a las Colegialas una fervorosa plática en que, con la sabiduría y sencillez que le distingue, demostró cuan distintas son las disposiciones que para recibir el Sacramento de la Extremaunción tienen las personas que profesan vida religiosa a las del mundo, pues a las primeras consuela y a las segundas espanta: encareció los maravillosos efectos de gracias espirituales, que se reciben con el considerarlo como última dádiva del amor que nos profesa el Sagrado Corazón de Jesús y aceptándolo no como cercano presagio de la muerte, sino como medicina para el cuerpo y mucho más para el alma y terminó presentando por modelo, la paz y alegría interior en que la R. Madre iba a recibirle a fin de que todas las que escuchaban, cuando se considerasen en verdadero peligro de muerte le pidiesen para evitar que, el falso celo de unos o el amor mal entendido de las familias, les privasen de este poderoso auxilio en la hora postrera, consintiendo sólo que le apliquen cuando el paciente, ni ve, ni oye, ni comprende las gracias de que le privan.
Colcha que cubría la cama de la enferma
Poco antes de concluir el P. Hidalgo, había llegado el Sr. D. José Pascual Capellán de la Comunidad y apenas terminada la plática revestido de sobrepelliz se dispuso a acompañar al P. Hidalgo en la aplicación del Sacramento, presenciando, así Colegialas como cuantas nos hallábamos en el oratorio, una escena verdaderamente conmovedora.
En el frente de una vasta cámara, severa y sencillamente decorada, estaba el lecho de la R. Madre sirviéndole de fondo una colgadura de seda roja: sentada en él, cubierta con un velo y animado el rostro en que parecían brillar los colores de la salud y era sólo el reflejo de amor a Dios que la inflama, se hallaba la santa enfermita; a su derecha la Madre Superiora y la Madre Consiliaria, y en los dos lados de la habitación arrodilladas y con velas encendidas las Religiosas, Novicias, Postulantes y Coadjutoras.
A la puerta del Oratorio se agolpaban algunas amigas y las jóvenes Colegialas tan sinceramente conmovidas todas, que es difícil puedan olvidar nunca lo que hoy se ha presenciado. ¡Sublime lección de cristiana fortaleza!, ¿quién puede fielmente describirte? No con el terror que da la certeza del próximo fin, sino con la dulce tranquilidad del que espera dormirse a la vida, para despertar en el gozo del Señor, ha recibido la R. Madre las solemnes y misteriosas ceremonias de la Extremaunción: su rostro de niña, embellecido por el fervor, encantaba a cuantos tenían la dicha de contemplarla; verdaderamente si la pena, como antes decíamos, ha de estar en relación al valor del objeto que se pierde, esta es una pena sin peso, ni medida.
Muchas lágrimas han corrido, pero no atropelladas como las del dolor que ni espera, ni cree, sino deslizándose sin sentir por las mejillas, como hijas suaves de la resignación cristiana; así el pesar de los corazones, grande pero mucho, no ha turbado ni un momento la dulce paz de la venerable y querida enferma.
Habitación en la que falleció santa Vicenta María, convertida en oratorio
A pesar de todo mientras hay un hálito de vida, la esperanza reaparece en las almas y cuesta mucho desprenderla de ella. ¿No invocamos al mismo cuyo inmenso poder curó al Paralítico, sanó a los leprosos y resucitó a la hija de Jairo? ¿Por qué no ha de escuchar las súplicas que se le dirigen por esta criatura tan joven todavía y tan llena de encendidos deseos por la gloria de su Padre celestial?"

sábado, 9 de diciembre de 2017

Un día como hoy... 9 de diciembre



Las grandes solemnidades no pueden encerrarse en veinticuatro horas... Las 'octavas', en la liturgia, se han reducido a Navidad y Pascua, pero... "todos los santos tienen su octava"... y es bueno prolongar la fiesta... y la gratitud... y el reconocimiento por lo que ha sido.... y la alegría por lo que es.... y la ilusión por lo que viene...
A nosotras, Religiosas de María Inmaculada, nos sobran motivos para prolongar hoy la fiesta de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, porque un 9 de diciembre de:


1869: En Madrid, la "Casa de Asilo y protección de sirvientas" se traslada desde la calle de Cañizares a un piso de alquiler en la Plazuela de San Miguel núm. 8, 2º. Parroquia de San Justo y Pastor, Distrito de La Latina. Allí se establecieron doña María Eulalia Vicuña, Santa Vicenta María, doña Emerenciana de la Riva, el grupito de jóvenes acogidas en la casas y tres más empleadas en varios oficios

1876: Santa Vicenta María, recibe en la naciente comunidad de Zaragoza a la prima joven que se acogía en la casa.


1920D. Remigio Gandásegui y Gorrochatégui, Arzobispo de Valladolid, preside en el Colegio para Sirvientas una sencilla velada con la que se inauguraban las clases de la Escuela Nocturna para jóvenes en aquella ciudad.


1974: La Congregación para las Causas de los Santos emana el Decreto de aprobación del milagro para la Canonización de santa Vicenta María López y Vicuña.


jueves, 30 de noviembre de 2017

140º Aniversario

María Eulalia Vicuña y García, viuda de Riega... “una mujer fuerte”
Ciento cuarenta años de su muerte... Y tanto para agradecer... desde aquel 30 de noviembre de 1877 y... desde mucho antes...
D. Juan Manuel Orti y Lara dejó que el corazón dictara a la pluma lo que la imprenta recogió en las páginas de La Ciencia Cristiana y El Siglo futuro. Nosotros lo recogemos hoy de unos recortes de periódicos que conservan los Archivos de la Congregación, porque... no se puede decir mejor y... porque sentimos que es un deber de gratitud recordar para agradecer...

“una mujer fuerte”
Hace pocos días, el domingo primero de Adviento, a las dos de la tarde, de la casa núm. 7 de la calle de la Bola, vimos salir un modesto féretro, en que iban conducidos en hombros al cementerio general de la puerta de Toledo los restos mortales de una señora que había fallecido en viernes anterior. Iban delante en el entierro, revestidos de los ornamentos sagrados y haciendo su piadoso oficio, los Sacerdotes de la parroquia de San Martín, y detrás algunos amigos de la finada, Clérigos y seglares, y un cortejo notable de mujeres jóvenes, de la humilde clase del pueblo, todos a pie, rezando las oraciones ordinarias hasta el lugar destinado a recibir aquellos honrados restos.
En todas las calles del tránsito y hasta en el campo, después de pasar el entierro por la puerta de Toledo, llamaba justamente la atención aquella ceremonia, hoy desgraciadamente inusitada por lo verdaderamente cristiana, preguntándose muchos quién sería la persona que llevaba tras sí aquel ejemplar acompañamiento. Pero lo que no pudieron ver los que veían pasar el entierro, fue la escena final de él, o sea el acto de despedirse aquellas pobres jóvenes de la que debió ser sin duda su bienhechora; escena sobre manera elocuente en medio de su sencillez, porque en aquel punto el dolor hasta entonces comprimido en el pecho, halló su más fiel expresión en el llanto y en los gemidos, que harto testifican el íntimo afecto de amor y gratitud de que estaban poseídas. ¿Quién era, pues, aquella mujer singular, cuyas honras y alabanzas magníficas así hacían, sin saberlo, aquellas doncellas desoladas? Era la señora doña María Eulalia Vicuña de Riega, iniciadora de la congregación de Hermanas del servicio doméstico. Las que seguían su féretro, y se despedían llorando de sus restos, eran las huérfanas y sirvientas acogidas en su casa, en quienes vivirá siempre la memoria de su segunda madre.
Digamos dos palabras en honor de la mujer admirable que ha dejado la tierra para recibir en el cielo, como piadosísimamente creemos, la corona de justicia que Dios tiene preparada para sus verdaderos siervos.
Toda la vida de doña Eulalia Vicuña fue un ejercicio continuo de virtud, la cual practicó de un modo ejemplar, primero en los hospitales, enseñando la doctrina cristiana y propagando la congregación dedicada a este santo fin hasta en la misma cárcel, en todo lo cual procedió animada de los ejemplos de su digno hermano el Sr. D. Manuel Vicuña, varón eminente en piedad y celo, fuera de otras prendas que le granjearon la estimación y el respeto de los muchos que tuvieron la dicha de conocerlo, incluso nuestro insigne Balmes. Unida con su venerable hermano, y no satisfecho en anhelo de ambos por la salud de las almas con los piadosos oficios y sacrificios que hacían en los hospitales, el día 8 de Diciembre de 1853 alquiló una pequeña habitación, en la cual dispuso tres camas, donde recibió sucesivamente de entre las mujeres asistidas en San Juan de Dios, las que movidas en parte de sus consejos, pero principalmente de la divina gracias, querían enmendar su vida y convertirse a otra del todo honesta.
Felizmente a todas estas antes desdichadas mujeres, las acogió después la señora vizcondesa de Jorbalán en las fundaciones que hizo en Madrid, y que vio florecer en las principales capitales de España, llamando así para que la ayudaran en tan sublime obra de regeneración a las que hoy conocemos todos admiramos bajo el nombre de Adoratrices. Remediada, pues, aquella necesidad, doña Eulalia Vicuña y su hermano convirtieron nuevamente sus piadosos ojos al hospital general, de donde empezaron a sacar para su naciente fundación, cuyas camas iban en aumento, las mujeres que convalecían de sus males, a cuyo número añadían otras pobres huérfanas, ofreciéndoles un asilo contra la miseria y la seducción, y disponiéndolas con sana enseñanza y saludables y útiles avisos para ganarse honradamente la vida en el servicio doméstico. Así nació esta obra, humilde ciertamente en sus principios, pero en la cual se contenían como en germen frutos muy copiosos y excelentes, destinada como estaba en los designios de la Providencia a extender su salvador influjo sobre innumerables doncellas, y proporcionar a las familia acomodadas sirvientas buenas y fieles.
Unos tres años después de instituida esta obra, una junta de señoras, presidida por la ilustres condesa de Zaldívar, y de la cual hacía parte en calidad de contadora doña Eulalia Vicuña, se encargó del régimen y gobierno de la naciente institución, habiéndose encomendado la asistencia y dirección internas e las acogidas a las carmelitas de la caridad. Entre tanto D. Manuel Vicuña, junto con dos venerables Sacerdotes de imperecedera memoria, los Sres. D. Andrés Novoa y D. Antonio Herrero y Traña, a quienes se asoció después el Sr. D. Santiago de Tejada, nombre que no es lícito pronunciar sin respeto y admiración, compró una espaciosa casa en la plazuela de San Francisco, en la cual se continuó la obra comenzada, y aún se emprendió otra diferente, dedicada a la educación y enseñanza cristiana de niñas de varia edad. No fue este, a la verdad, el pensamiento de los Sres. Vicuña, ni el fin esencial de la institución que tenían trazada en su mente; y así porque las atenciones propias de un colegio, y las que exigía el noviciado de las hermanas carmelitas, establecido asimismo en dicha casa, no destruyesen sus trazas, o las redujesen a límites harto estrechos, resolviéronse con heroica determinación a llevar adelante su empresa, solos, pero contando siempre con la Providencia de Dios. Y cierto, esta admirable Providencia no les abandonó, sino antes acudió en su auxilio, moviendo a este propósito el corazón de algunas almas generosas, entre las cuales nos complacemos en citar el nombre del marqués de Casa-Jara, modelo de nobles cristianos, de quien pudiéramos referir hermosos rasgos de caridad, no siendo el menor de ellas la gruesa cantidad que entregó a los dos Sacerdotes referidos y al Sr. Tejada, para que indemnizasen a D. Manuel Vicuña los sacrificios pecuniarios que habían hecho en la adquisición de la casa grande de San Francisco. Desde entonces la obra de los dos hermanos comenzó a crecer con nuevo vigor; la casa destinada para asilo de huérfanas y sirvientas desacomodadas pudo recibirlas en mayor número, y gracias a la unidad de miras que en ella presidía, no era difícil prever lo que andando el tiempo había de ser.
No otorgó Dios a D. Manuel Vicuña el consuelo que reservaba a su hermana, pues no tardó en bajar al sepulcro, dejando en toda la casa el buen olor de sus ejemplares virtudes. Antes que él había fallecido el Sr. riega, digno esposo de doña Eulalia, con que habiendo quedado esta señora desasida de los lazos de familia, consagróse del todo a la dirección de su obra. Su propia casa se convirtió en asilo de huérfanas y sirvientas desacomodadas, para quienes fueron todas sus rentas, y lo que es más, toda su solicitud y cuidado. El número de los acogidos [sic] fue creciendo con el tiempo, y juntamente el de señoras asociadas a su dirección, las cuales formaban una como pequeña comunidad, que para tornarse en congregación propiamente dicha, solo había menester la forma competente. Dichosamente la Iglesia en cuyo seno nacen, y de cuyo espíritu viven estas santas asociaciones, no tardó en imprimirle esa forma. Primero se ordenó una reglita provisional, que fue religiosamente observada; vino después la imposición del santo hábito a algunas hermanas de vocación probada, entre las cuales ya desde su principio florecía una joven que desde sus más tiernos años había recibido como en herencia anticipada el espíritu de los fundadores. En una palabra, el grano de mostaza iba siendo verdadero árbol, a que nada faltaba para dar todos sus frutos, ni aún para extender sus ramas fuera de la corte. Doña Eulalia Vicuña ha presenciado en efecto esta dichosa transformación: poco tiempo antes de morir se trasladó con el nuevo instituto a la gran casa donde ha acabado sus días, adquirida de su propio caudal, y en donde en breve se verá erigida una hermosa capilla pública.
En suma, antes de cerrar por última vez sus ojos, esa mujer realmente fuerte, ha visto casi terminada la obra de la congregación de hermanas del servicio doméstico; y lo que es más, ha visto multiplicarse las que en cierto modo pueden llamarse hijas suyas, y fundar nuevas casas en Zaragoza y Jerez, dando así principio a la dilatación del sagrado instituto por todo el ámbito de la Península, y acaso de todo el mundo. Porque es de advertir que de todas las instituciones nacidas de la Religión en los últimos tiempos, no hay ninguna que remedie una necesidad tan universalmente sentida, como la de tales hermanas, consagradas a imprimir en el ánimo de las pobres doncellas acogidas en su asilo, los hábitos de la piedad y de las otras virtudes que nacen de esta virtud, las cualidades que las preparan para el servicio doméstico; consagradas, decimos, a realizar el tipo de la criada cristiana, fiel, humilde, casta, sufrida y laboriosa, en las jóvenes llamadas a servir en el seno de las casas acomodadas, de modo que lejos de contaminarse en ellas con el contacto de la vida moderna, tan disipada y vana, sean ejemplo de virtud, que edifiquen aún a sus mismo amos, y difundan en el interior de las familias el perfume que se respira en su modesto y religioso asilo.
No queremos poner término a estas breves líneas, sin referir el último rasgo, y acaso el más precioso, de la virtud de doña Eulalia Vicuña. Cuando la pequeña comunidad de hermanas agrupadas a su alrededor y ordenada ya en forma de congregación propiamente dicha, con sus reglas, su traje, su noviciado, su constitución, en fin, definitivo, necesitaba ser regida por la obediencia religiosa, representada en una superiora con misión especial para dirigir la congregación, la prudencia del insigne Prelado que preside en ella, no juzgó conveniente echar ese peso sobre doña Eulalia, que ya llevaba el de sus muchos años sino designó para que dirigiese la obra a la admirable joven en que ya muchos años antes tenían todos fijas sus miradas, en la cual desde niñas se habían complacido D. Manuel y doña Eulalia Vicuña, sus venerados tíos, como en quien era a sus ojos una representación viva de su pensamiento, y el alma y la esperanza de su cumplida ejecución. Sucedió, pues, que doña Eulalia Vicuña, la que concibió la grande idea, la que consagró a ella su vida y su fortuna, quedó últimamente reducida a la humilde condición de quien vive en la propia casa antes como pupila que como señora de ella, eclipsada, por decirlo así, ante los ojos de los demás, y sobre todo a sus propios ojos. Ahora, o mucho nos engañamos, o esta humilde renunciación, propia y natural de la autoridad que hizo doña Eulalia retirándose de la escena y aniquilándose ante una joven con quien había hecho siempre oficio de madre, es un género de heroísmo superior a todo encomio hecho por labios humanos, digno remate de la hermosa corona de virtud que en este mundo labraron sus manos, con cuyo precio no dudamos que habrá comprado la que Dios prepara y ciñe con las suyas a las almas que tan generosamente le sirven.

Juan Manuel Orti y Lara
Los restos mortales de doña María Eulalia Vicuña reposan en la Casa Madre desde el 31 de mayo de 1963

domingo, 11 de junio de 2017

11 de Junio... 'Honor a la Santísima Trinidad'

Las que formamos hoy el Instituto tenemos la suerte de conocer una coincidencia de calendario, que en este siglo XXI ocurrirá solamente dos veces más, en los años 2028 y 2090: hoy, 11 de junio celebramos la Solemnidad de Santísima Trinidad.
Nada ocurre por azar. Dicen que la casualidad es la Providencia de Dios cuando no quiere poner la firma. El 11 de junio marcó la Solemnidad de la Santísima Trinidad en el año de 1843. Fue el año en el que contrajeron matrimonio don José María López y doña María Nicolasa Vicuña, padres de santa Vicenta María. Y fue también el año en el que, don Manuel María Vicuña sugirió y obtuvo de la Junta de la Congregación de la Doctrina Cristina, poder abrir una sala “de Convalencia” en la Hospital de San Juan de Dios, para evitar la recaída en el pecado de las jóvenes que habían sido curadas de sus enfermedades y no querían volver a los ambientes de mala vida. De aquella semilla nació, entre otras, nuestra Congregación religiosa.
También ocurrió en el año de 1876, cuando a las 4 y media de la tarde, el beato Ciriaco María Sancha y Hervás, en una emotiva ceremonia imponía el hábito religioso a santa Vicenta María y otras dos compañeras.

A lo largo de su historia, la Congregación ha celebrado esa coincidencia en cinco ocasiones: 1911, 1922, 1933, 1995, 2006 y hoy. Cada uno de ellos tuvo sus particulares efemérides y celebraciones, pero hoy no puedo evitar un particular sentimiento de gratitud por lo que la Congregación celebró y agradeció en 1995. 
Aquel día se incorporaron tres nuevos miembros y comenzaron su noviciado otras tres; hicieron sus primeros votos cinco y emitieron diecinueve la profesión perpetua. Algunas cambiaron su orientación a lo largo del camino, pero más de veinte siguen atentas a la voz de Dios que nos llama siempre… que crea en nosotras las capacidad de responder a su llamada y que nos ofrece la gracia de permanecer fieles a Él a ejemplo de la Virgen fiel…

miércoles, 24 de mayo de 2017

Triduo en honor de santa Vicenta María - día tercero

Himno a Santa Vicenta María (III)



Llenen los aires nuestros cantares,
himno grandioso eleve la voz
a la Madre mil veces bendita
ejemplo excelso de fe y de amor.

Tu corazón sediento se moría
de la sed que Jesús tuvo en la Cruz,
sed de llevar al mundo en su agonía
los dulces resplandores de la luz.
Haz que esta sed la sienta el alma mía,
para llevar las almas a Jesús,
y como premio logre yo algún día
subir al cielo donde moras tú.

Siguiendo los senderos de tu vida
que florecen en lirios de virtud;
el ejército amante de tus hijas
va ascendiendo a las sombra de la cruz.

Extiéndeles tu mano protectora
y rebosando en dulce gratitud
rendirán a tus plantas virginales
el rico don de eterna gratitud.

Hemos escuchado los “cantares” con los cuales las Hermanas han sostenido, sostienen y lanzan al futuro la heredad que recibimos de nuestra santa Madre Fundadora.
Hemos soñado con poder también nosotras morir de sed, de la sed que Jesús tuvo en la Cruz, de la sed que experimentó santa Vicenta María, de la sed que han sentido tantas Hermanas nuestras…
Hoy pedimos a santa Vicenta María que nos alcance la gracia de caminar por el sendero de vida que ella misma nos trazó, porque necesitamos y queremos que nos enseñe y nos ayude a cultivar, a recoger y a ofrecer, con alegre generosidad, los lirios de virtud que adornan el camino por el que discurre nuestro estilo propio…
Desde los comienzos del Instituto, santa Vicenta María aprovechó cualquier ocasión para imprimir en el corazón de las Hermanas el sello de la sencillez y humildad que debía caracterizarnos siempre. Cuando M. María Teresa Orti, convertida ya en novicia, pasó unos días con su familia en Marmolejo, de camino para la fundación en Jerez de la Frontera, parece que le preocupaba la imagen que podía dar a los suyos y santa Vicenta María le advierte:
No se ocupe de sí ni de lo que pensarán los otros, sino obre en todo con sencillez y tenga presente lo que dice el Padre Rodríguez: que al malo no le hace bueno ser alabado. Manténgase en humildad, reconociendo que nada, nada tiene, ni puede de sí y no pierda el tiempo en pensar que los demás la tengan por más o menos buena; nunca será más que lo que sea delante de Dios.
No sé si porque alguna se lo preguntó abiertamente, o porque ella comprendió el bien que nos haría saberlo, la Madre Fundadora explicó a la comunidad de la Casa Madre cuál es la señal inequívoca de que adelantamos por el camino de la perfección a la que Cristo nos llama y nos invita:
Se conocerá que [una Religiosa de María Inmaculada] adelanta [por el camino de la perfección], si va venciendo sus pasiones y, si no contentándose con tener dominio sobre sí misma, da un paso más, procurando hacerlo todo con perfección, y si en este hacer todo con perfección no busca más que a Dios, su amor y su mayor gloria, olvidándose completamente de sí misma, de sus inclinaciones, gustos y comodidades, en fin, perdiéndose en la inmensidad del amor del Corazón de Jesús, entonces habrá no solo adelantado sino llegado al colmo de la perfección y si quiere ser despreciada y gusta de ser humillada y abatida, teniéndolo por gloria y por más imitar a Jesús crucificado, ya es mártir y santa
Hoy queremos mirarnos en el espejo de las que han sido y son fieles reflejos de lo que el Señor nos pide y espera de cada una. Consuela poder leer algunos necrologios.
A la muerte de M. María Javiera Elgorriaga, escribía M. María Teresa Orti:
[…] las que la conocimos, impresa llevamos en el gratísimo recuerdo de su exterior, aquella igualdad de ánimo en todas las cosas, aquella paz y dulzura que cautivaba el aprecio de cuantos la miraban y trataban, aquella modestia angelical, espejo clarísimo donde se reflejaba el candor y la inocencia de su alma, y no menos la limpieza de corazón que la hacía acreedora a vivir siempre en la presencia de su Dios y disfrutar las delicias de su amor; aquel interés por el Instituto; aquella veneración y santo respeto con que apreciaba todas sus cosas aun las más insignificantes y pequeñas, aquel gozo con que como buena hija, vivía segura en él, cual vive el niño en el regazo de la más tierna y cariñosa madre; aquella paz con que aceptó gustosa la muerte, manifestando que moría muy contenta por haberle concedido el Señor sin merecerlo, la gracia de morir en la Congregación, escala segura para ella, para subir a la gloria, como es de esperar subiría en la hora de su preciosa muerte. Dichosa ella que supo copiar en sí tan al vivo el retrato de su Madre y nuestra, la Rma. M. Fundadora.
M. María Teresa Orti, ante las dificultades y los sinsabores que nuestras tareas apostólicas traen consigo, nos invita a mirarnos:
… en el espejo que nos dejó nuestra venerable Madre: mira en sus apuntes, aquella humildad siempre temerosa pero siempre confiada y siempre amante, porque el amor humilde es el que hace contrapeso en el alma de quien ha de emplear su trabajo, y trabajo activo, en procurar la santificación de sus prójimos.
Confiase más en Dios cuanto más se desconfía de si propia, y trabájase con más éxito en las almas cuando el amor hacia ellas nace más directamente del amor que tenemos a Cristo.
Señor sé que de mí, nada soy, que nada puedo, más si Vos encendéis mi corazón en vuestro amor ¿de qué no seré capaz?
Hoy queremos rebosar de gratitud hacia aquella que el Señor nos regala como Madre y modelo, hoy queremos releer aquellas palabras que ella escribió a las Hermanas como salvaguarda de la vocación y la fidelidad a la consagración religiosa:
Para que pensemos en Dios y en sus beneficios, nos dio el Señor, mis amadísimas Hermanas, nuestro entendi-miento; para acordarnos de Él nos dio la memoria, y para amarle, la voluntad. Y, prescindiendo por un momento, del uso que de nuestras potencias hiciéramos mientras vivimos en el siglo, ¿cuál ha sido durante la vida religiosa? Dándonos nuestra Madre la Religión tanto tiempo para ejercicios espirituales, ¿cuál ha sido en ellos nuestro ejercicio de las potencias? ¿Qué conocimiento hemos adquirido de Dios, después de tantas horas de oración y trato con él? Y si esto va nivelado con el amor, ¿cuánto ha crecido en nosotras el amor de Dios?
¿De qué se ocupa nuestra memoria? ¿Se empeña ella en recordar el grandísimo beneficio de haber sido llamadas a vivir en la vida religiosa? Midamos esto por el afecto; que, si como grande beneficio lo tuviéramos, como en realidad es, grandemente lo apreciaríamos. No tenga-mos en vano nuestras almas; no dejemos de trabajar con todas nuestras fuerzas en nuestra santificación, que, si tuviésemos ociosas nuestras potencias, no seríamos dignas de habitar la casa de Dios.

Santa Vicenta María:
Extiéndenos tu mano protectora
y rebosando en dulce gratitud
rendiremos a tus plantas virginales

el rico don de eterna gratitud.

Triduo en honor de santa Vicenta María - día segundo

Himno a Santa Vicenta María (II)


Llenen los aires nuestros cantares,
himno grandioso eleve la voz
a la Madre mil veces bendita
ejemplo excelso de fe y de amor.

Tu corazón sediento se moría
de la sed que Jesús tuvo en la Cruz,
sed de llevar al mundo en su agonía
los dulces resplandores de la luz.

Haz que esta sed la sienta el alma mía,
para llevar las almas a Jesús,
y como premio logre yo algún día
subir al cielo donde moras tú.

Cuando yo era niña, si ocurría la muerte de un menor, de un adolescente o de una persona joven aún, oí muchas veces una expresión que me sorprendía: Si es que se tenía que morir; era tan bueno que no era para este mundo.
Cuando empecé a conocer algo la Congregación y supe que Santa Vicenta María había vivido solamente 43 años, 9 meses y cuatro días… resonó la frase en mi interior; cuando luego fui leyendo y releo algunos de los testimonios de personas contemporáneas suyas, vuelve siempre a mi memoria el recuerdo de aquella expresión de mis paisanos y pienso… “si es que se tenía que morir…”. Santa Vicenta María murió ahogada por la disnea; pero, tengo para mí que la verdadera causa fue otra… la santa Madre murió ahogada por la misma sed que la mantuvo en vida y activa durante los años que sufrió la tuberculosis.
Cuesta entender que sufriendo esa enfermedad en una época en la que los paliativos servían de poco, fuera capaz de hacer tanto viaje, de soportar tanta responsabilidad, de sacar adelante tanto negocio, de superar situaciones tan adversas, de no perderse de ánimo cuando los problemas la superaban y no encontraba soluciones…
No sabemos quién le contagió la tisis, aunque podamos sospecharlo, pero nunca pasará de una sospecha. Sí sabemos, en cambio, quién le contagió esa sed insaciable de almas y de cielo, que la inflamaba en amor, que la urgía al servicio, que le hacía olvidarse de sí, también en medio de sus dolencias, para pensar en los otros: en la Iglesia, en sus hijas, en las chicas, en los bienhechores del Instituto…
Cuando santa Vicenta María era una niña, cuentan que lloraba ante la imagen del Cristo de la Columna en su Cascante natal. Aquella imagen puede emocianar hasta las lágrimas incluso a un adulto… pero no quiero vanalizar lo que el Señor pudo comunicar al corazón de aquella niña. Cuando nos acercamos a sus apuntes espirituales, en muchos momentos, se tiene la impresión de que la Madre Fundadora hacía aquellas contemplaciones ante la Imagen de su Cristo atado a la Columna, y le dolía… y se dolía…
Viendo a Jesús azotado, despedazado, coronado de espinas, crucificado, ¿quién querrá regalos y gustos? Viva yo crucificada con Vos. Vos ultrajado por los sacerdotes, soldados y toda clase de gentes, con todo género de ignominias, ¡y pretenderé yo estimación! ¿Ha de ser el siervo más que su Señor? Preciso es estar dispuesto a sufrir desprecios en vista de los de Jesús; pero, Dios mío, ¡qué repugnante es a la naturaleza! En fin, si trabajo por adquirir humildad, me será más fácil. El Señor me enseña en el huerto, a sufrir las penas interiores, pues tan terribles las sufrió; ¿y yo no querré padecer una pequeña desolación?
Jesús, clavado en una cruz, todo hecho una llaga por mí: ¿y yo no me sacrificaré en correspondencia justísima? Renuncie a todos mis gustos y abráceme con la cruz.
Pero santa Vicenta María no era una mujer plañidera de nostalgias o recuerdos del pasado… Su encuentro con Cristo es un prolongado presente que le permite reconocerle allí donde Él sufre, allí donde Él espera alivio porque  «cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis».
Santa Vicenta María sabía bien dónde y cómo se prolongaba ante sus ojos la pasión de Cristo y en qué manera podía ella colaborar para que tanto sufrimiento no fuera en vano:
…, Vos, Señor, despedazado con los azotes, traspasada vuestra augusta cabeza con las espinas: ¿y por quién? Por mis pecados. ¿Y no será esto bastante para comprender su gravedad y obligarme a sacrificarme con Vos, siendo yo el culpable? Ya que parece que no tengo en mi mano mortificar este cuerpo, conozco que me debo aplicar intensamente a la mortificación interior, reprimiendo mis impaciencias, sujetando la arrogancia y apego que tengo a mi propio juicio, ocultando cualquier cosa buena que haga, y no dando oídos a las alabanzas. Todo lo conseguiré, si no aparto la vista de mis pecados, del infierno que tengo merecido, de lo que a Vos os han costado, del conocimiento de que nada bueno puedo tener de mí misma; pues, en todas las cosas, lo que a mí me pertenece, son las faltas e imperfecciones. Dios mío, me esforzaré a trabajar para que estas criaturas os sirvan, y así sean para ellas también útiles vuestros intensísimos tormentos.
… …
Lo que sí quiero hacer, Dios mío, es trabajar sin descanso en procurar que estas pobres criaturas vivan bien y se salven.
Santa Vicenta María vive en su misma carne la Pasión, porque el Señor quiso asociarla a ella… y responde a esa gracia con dolor: dolor de una enfermedad que mina su cuerpo y agota sus fuerzas físicas; dolor porque no escapa a calumnias y malos entendidos; dolor porque el Señor le presenta una inmensa mies para cultivar pero no le envía operarias suficientes; dolor intensísimo porque no todas las chicas responden a la acción benéfica de la gracia como sería de esperar; dolor porque en el Instituto no reina la más perfecta caridad a la que ella y sus hermanas han sido llamadas; pero por encima de todos ellos, hay un dolor que neutraliza todos los demás: dolor de amor, que le permite superar cualquier otra pena y ofrecer todo su padecimiento en aras del más perfecto cumplimiento de la voluntad de Dios para ella y para cada una de las personas que el Señor le confía; dolor de amor que la lleva a identificarse con el mismo amor que llevó a Jesús a la Pasión y  la muerte:
¡Con cuánto amor ha padecido mi Señor su Pasión y muerte por mí! Bien decía el apóstol: la caridad de Cristo nos apremia a que vivamos sólo para Aquel que murió por nosotros. Sí, Dios mío, al ver en Vos tanta generosidad, quiero yo tenerla para hacer y padecer cuanto Vos queráis; pero, con prontitud, con alegría y con afán de corresponder a tal bondad y cooperar a la obra de la Redención.

Vos, Señor, dais la vida por mí: pues yo quiero vivir solo para Vos, trabajando por aprovechar al prójimo, correspondiendo así, de algún modo, a vuestra infinita caridad.

Si he de ser la Esposa de Cristo Crucificado, he de conformarme con El.

Hoy, queremos pedirle que su enseñanza nos valga, que su ejemplo nos anime, que su dolor de amor se nos contagie, que como ella nos consideremos obligadas a ser tan del todo y de solo Dios, como debemos ser todas las que formamos el Instituto de Religiosas de María Inmaculada; porque también nosotras queremos «llevar las almas a Jesús», y porque esperamos y anelamos, un premio inmerecido: lograr «algún día subir al cielo donde» mora ella y con ella, todas las que nos han precedido.

Triduo en honor de santa Vicenta María - día primero

Himno a Santa Vicenta María (I)


Llenen los aires nuestros cantares,
himno grandioso eleve la voz
a la Madre mil veces bendita
ejemplo excelso de fe y de amor.

Yo quisiera hoy, dado que cantar no puedo, afinar el oído cuanto me sea posible para escuchar, desde el corazón, los “cantares” con los cuales a lo largo de la historia congregacional, han honrado y venerado a la Madre Fundadora las Hermanas que nos han precedido y las que en este presente son pilares que sostienen y dan proyección de futuro al Instituto.
Tengo para mí que, dando razón de ser a esos “cantares” de la Congregación está la alegría profunda y desbordante que cubre, como si de un arcoiris se tratara, toda la existencia humana de santa Vicenta María.
La vida y la vocación de la Madre Fundadora se enmarcan en un cuadro de alegría cristiana, que va más allá del sentimiento o de una sensación pasajera. Es fruto de una profunda vivencia «de fe y de amor», de la más genuina experiencia cristiana que evocamos con particular gozo dentro del tiempo pascual en el que celebramos, las más de las veces, la fiesta litúrgica de santa Vicenta María[1].

La alegría cristiana es una vivencia que puede convivir incluso con el dolor humano; la fe incondicional en la Resurección de nuestro Señor Jesucristo ilumina de tal manera el misterio de su Pasión y de su Muerte que nuestra participación en esos misterios se expresa en un anhelo de vivir el mandato del amor, como Él nos pide, como Él nos enseña, como la Santa Madre lo aprendió, lo vivió y nos lo enseñó.
La existencia terrena de santa Vicenta María podemos enmarcarla entre dos manifestaciones de alegría, de gozo, de gratitud que son tales cuando, desde la fe y el amor cristiano, pueden sobreponerse a situaciones de profundo dolor humano, de enfermedad y de muerte.
Cuando don José María comunicó a Madrid la noticia del segundo alumbramiento de su esposa, afirma que «Dios aflige y no desampara» y que, si bien era cierto que el 8 de marzo había sido un día de llanto para la familia, no lo era menos que el 22, recibían a la segundogénita «con toda felicidad» y con la misma celebran su bautizo unas horas más tarde. La tristeza, el vacío, el temor, la incertidumbre que en aquella casa había sembrado la muerte quedaba disipada como niebla mañanera por la alegría del nuevo nacimiento.
En el ocaso de la vida humana de la Madre Fundadora, brillan momentos de una alegría que impactaron profundamente a quienes fueron testigos presenciales de ellos. No esconde santa Vicenta María la tristeza que provoca la proximidad de la muerte, pero lejos de quedarse en ella exclama: «“Triste está mi alma hasta la muerte”[2], pero, Jesús mío, no, Vos teníais motivos muy grandes y yo no tengo más que motivos de alegría».
Aquel estado de alegría que la acompañó toda su vida, se hizo particularmente evidente para todos en la estapa final.  El 10 de diciembre recibió la Extreaunción, de manos del P. Hidalgo con una disposición de «paz y alegría interior» que dejó huella no solamente en las Hermanas sino también en las señoras seglares que pudieron presenciar el acto. Dos días más tarde, la fatiga era continua y la fiebra rayaba los 40º,
«y en medio de todo este sufrimiento verdaderamente horrible, [mantuvo] completa lucidez de inteligencia, inalterable paz y hasta dulce alegría, [y tuvo] rasgos de agudeza de ingenio, asombrosos en tal situación.
Animándola su piadoso Director llegó a decirle que para que el milagro por intercesión de S. José fuese más visible había de estar en la agonía y recobrar la salud. A lo que contestó con tanta viveza como gracia: "¡Ay! ¿y he de padecer dos agonías yo que tanto temo a una?".
Por la tarde vino el P. Hidalgo, rezó la novena que se está haciendo a la Inmaculada, con el Sagrario abierto y después de un precioso acto de consagración al Sagrado Corazón de Jesús dio la bendición con el Santísimo a la enferma.- "No hay monja más feliz que yo", decía con santa alegría, "¡cómo me paga Ntro. Señor lo poco que padezco!"»

La tranquilidad, la alegría y la dulzura con que santa Vicenta María escuchaba las oraciones que rezaban junto a ella, hace afirmar a la periodista Isabel Cheix que aquello no era «morir, sino pasar del destierro de la vida al gozo eterno del Señor, acabar la existencia animada por la fe, llena de esperanza, abrasada en el amor de Dios»
M. María de la Concepción Marqués, afirma que los continuos padecimientos de la enfermedad no bastaron para «hacerla perder ni un punto la conformidad, la paciencia, y hasta la alegría santa con que recibía de la mano amorosa del Señor los dolores, y los sufrimientos más intensos»
En 1868, al terminar los Ejercicios y ser interrogada por su tía Sor Dominica, acerca de la resolución que había tomado en orden a su vocación (a mí siempre me ha sorprendido la respuesta de la Santa Madre, cuando lo que va a comunicar sabe ella bien que no a todos les va a resultar agradable) tiene una respuesta que es como un eco del Magnificat: «Alegrémonos en Dios, que es quien así lo ha querido y por quien hemos de quererlo también nosotras: las chicas han triunfado».
Conocer la voluntad de Dios para ella, para sus Hijas, para las chicas… y reconocer la gracia del Señor para poder cumplirla es siempre un motivo de alegría en la vida de santa Vicenta María.
Las dificultades que ofrece el trabajo apostólico de la obra confiada por la Iglesia a la Congregación, las combatía la Madre Fundadora con el cultivo de esa alegría que es fruto de una vida de fe y de amor.
M. María Teresa Orti no se cansa de evocar esa característica tan propia nuestra, y escribe después de una de sus visitas a las casas: «¡Si viesen qué alegría da cuando como yo, se tiene que ir de una casa a otra (que ahora bien reciente lo tengo), y se encuentran a nuestras Hermanas todas alegres, todas deseando ser buenas, y contentas y más contentas con su vocación! Mucho me acuerdo ahora que somos tantas de nuestra santa Madre que gozaría mucho, pero ella desde el cielo nos verá y gozará más».
Cuando las situaciones son adversas, cuando el odio a la Iglesia amenaza también a la Congregación, M. María Teresa, haciéndose eco de aquella alegría que ella había aprendido de la Madre Fundadora, no duda en decir a las Hermanas, que los males que nos amenzan no deben «quitarles la alegría tan propia de este tiempo [de Navidad], al contrario, infundirles ánimo y alegría verdadera: motivo para ello lo tenemos, pues, quién puede tener mayor alegría que nosotras, a quienes cabe la dicha de conocer y amar al Divino Redentor».
El gozo que nos caracteriza no es ideal, teórico o desencarnado, es algo que conforma nuestro modo de ser, en las pequeñeces de cada día y en los momentos que exigen actos grande de genero-sidad; así se entiende que  «Llenas de alegría emprendieron su marcha» las primeras religiosas del Instituto destinadas a América.
M. María Teresa no se cansa de exhortar a la alegría a las comunidades porque, según ella «la alegría y la devoción son hermanas inseparables de las buenas religiosas».
Cuando, hace cien años, creyó que daba su último consejo a la Congregación como Superiora General, terminó formulando una invitación: «Seamos muy buenas, muy rectas y sinceras en todas nuestras obras, con la mirada puesta muy alta, que eso da grande alegría y paz al alma; compensación inmensa que el Señor concede a cambio de los pequeños, y a veces viles gustillos terrenos, que es fuerza sacrificar para obrar de manera digna de una buena Religiosa Hija de María Inmaculada y de su fiel sierva nuestra santa Madre Fundadora».
Porque creyó… porque amó… porque creemos… porque amamos, también nosotras queremos llenar los aires con nuestros cantares, entonando un himno grandioso de alegría, de fidelidad, de entrega generosa, de santidad recibida, luchada y ofrecida, a quien el Señor nos regaló por madre, que no deja ni dejará nunca de velar por cada una de nosotras.

Llenen los aires nuestros cantares,
himno grandioso eleve la voz
a la Madre mil veces bendita
ejemplo excelso de fe y de amor.



[1] Para que la fiesta de santa Vicenta María se celebre después de Pentecostés hace falta que la Pascua caiga entre el 22 de marzo y el 5 de abril y no es lo más frecuente, aunque ocurrirá en 2026.
[2] Mt. 26, 38.