domingo, 11 de junio de 2017

11 de Junio... 'Honor a la Santísima Trinidad'

Las que formamos hoy el Instituto tenemos la suerte de conocer una coincidencia de calendario, que en este siglo XXI ocurrirá solamente dos veces más, en los años 2028 y 2090: hoy, 11 de junio celebramos la Solemnidad de Santísima Trinidad.
Nada ocurre por azar. Dicen que la casualidad es la Providencia de Dios cuando no quiere poner la firma. El 11 de junio marcó la Solemnidad de la Santísima Trinidad en el año de 1843. Fue el año en el que contrajeron matrimonio don José María López y doña María Nicolasa Vicuña, padres de santa Vicenta María. Y fue también el año en el que, don Manuel María Vicuña sugirió y obtuvo de la Junta de la Congregación de la Doctrina Cristina, poder abrir una sala “de Convalencia” en la Hospital de San Juan de Dios, para evitar la recaída en el pecado de las jóvenes que habían sido curadas de sus enfermedades y no querían volver a los ambientes de mala vida. De aquella semilla nació, entre otras, nuestra Congregación religiosa.
También ocurrió en el año de 1876, cuando a las 4 y media de la tarde, el beato Ciriaco María Sancha y Hervás, en una emotiva ceremonia imponía el hábito religioso a santa Vicenta María y otras dos compañeras.

A lo largo de su historia, la Congregación ha celebrado esa coincidencia en cinco ocasiones: 1911, 1922, 1933, 1995, 2006 y hoy. Cada uno de ellos tuvo sus particulares efemérides y celebraciones, pero hoy no puedo evitar un particular sentimiento de gratitud por lo que la Congregación celebró y agradeció en 1995. 
Aquel día se incorporaron tres nuevos miembros y comenzaron su noviciado otras tres; hicieron sus primeros votos cinco y emitieron diecinueve la profesión perpetua. Algunas cambiaron su orientación a lo largo del camino, pero más de veinte siguen atentas a la voz de Dios que nos llama siempre… que crea en nosotras las capacidad de responder a su llamada y que nos ofrece la gracia de permanecer fieles a Él a ejemplo de la Virgen fiel…

miércoles, 24 de mayo de 2017

Triduo en honor de santa Vicenta María - día tercero

Himno a Santa Vicenta María (III)



Llenen los aires nuestros cantares,
himno grandioso eleve la voz
a la Madre mil veces bendita
ejemplo excelso de fe y de amor.

Tu corazón sediento se moría
de la sed que Jesús tuvo en la Cruz,
sed de llevar al mundo en su agonía
los dulces resplandores de la luz.
Haz que esta sed la sienta el alma mía,
para llevar las almas a Jesús,
y como premio logre yo algún día
subir al cielo donde moras tú.

Siguiendo los senderos de tu vida
que florecen en lirios de virtud;
el ejército amante de tus hijas
va ascendiendo a las sombra de la cruz.

Extiéndeles tu mano protectora
y rebosando en dulce gratitud
rendirán a tus plantas virginales
el rico don de eterna gratitud.

Hemos escuchado los “cantares” con los cuales las Hermanas han sostenido, sostienen y lanzan al futuro la heredad que recibimos de nuestra santa Madre Fundadora.
Hemos soñado con poder también nosotras morir de sed, de la sed que Jesús tuvo en la Cruz, de la sed que experimentó santa Vicenta María, de la sed que han sentido tantas Hermanas nuestras…
Hoy pedimos a santa Vicenta María que nos alcance la gracia de caminar por el sendero de vida que ella misma nos trazó, porque necesitamos y queremos que nos enseñe y nos ayude a cultivar, a recoger y a ofrecer, con alegre generosidad, los lirios de virtud que adornan el camino por el que discurre nuestro estilo propio…
Desde los comienzos del Instituto, santa Vicenta María aprovechó cualquier ocasión para imprimir en el corazón de las Hermanas el sello de la sencillez y humildad que debía caracterizarnos siempre. Cuando M. María Teresa Orti, convertida ya en novicia, pasó unos días con su familia en Marmolejo, de camino para la fundación en Jerez de la Frontera, parece que le preocupaba la imagen que podía dar a los suyos y santa Vicenta María le advierte:
No se ocupe de sí ni de lo que pensarán los otros, sino obre en todo con sencillez y tenga presente lo que dice el Padre Rodríguez: que al malo no le hace bueno ser alabado. Manténgase en humildad, reconociendo que nada, nada tiene, ni puede de sí y no pierda el tiempo en pensar que los demás la tengan por más o menos buena; nunca será más que lo que sea delante de Dios.
No sé si porque alguna se lo preguntó abiertamente, o porque ella comprendió el bien que nos haría saberlo, la Madre Fundadora explicó a la comunidad de la Casa Madre cuál es la señal inequívoca de que adelantamos por el camino de la perfección a la que Cristo nos llama y nos invita:
Se conocerá que [una Religiosa de María Inmaculada] adelanta [por el camino de la perfección], si va venciendo sus pasiones y, si no contentándose con tener dominio sobre sí misma, da un paso más, procurando hacerlo todo con perfección, y si en este hacer todo con perfección no busca más que a Dios, su amor y su mayor gloria, olvidándose completamente de sí misma, de sus inclinaciones, gustos y comodidades, en fin, perdiéndose en la inmensidad del amor del Corazón de Jesús, entonces habrá no solo adelantado sino llegado al colmo de la perfección y si quiere ser despreciada y gusta de ser humillada y abatida, teniéndolo por gloria y por más imitar a Jesús crucificado, ya es mártir y santa
Hoy queremos mirarnos en el espejo de las que han sido y son fieles reflejos de lo que el Señor nos pide y espera de cada una. Consuela poder leer algunos necrologios.
A la muerte de M. María Javiera Elgorriaga, escribía M. María Teresa Orti:
[…] las que la conocimos, impresa llevamos en el gratísimo recuerdo de su exterior, aquella igualdad de ánimo en todas las cosas, aquella paz y dulzura que cautivaba el aprecio de cuantos la miraban y trataban, aquella modestia angelical, espejo clarísimo donde se reflejaba el candor y la inocencia de su alma, y no menos la limpieza de corazón que la hacía acreedora a vivir siempre en la presencia de su Dios y disfrutar las delicias de su amor; aquel interés por el Instituto; aquella veneración y santo respeto con que apreciaba todas sus cosas aun las más insignificantes y pequeñas, aquel gozo con que como buena hija, vivía segura en él, cual vive el niño en el regazo de la más tierna y cariñosa madre; aquella paz con que aceptó gustosa la muerte, manifestando que moría muy contenta por haberle concedido el Señor sin merecerlo, la gracia de morir en la Congregación, escala segura para ella, para subir a la gloria, como es de esperar subiría en la hora de su preciosa muerte. Dichosa ella que supo copiar en sí tan al vivo el retrato de su Madre y nuestra, la Rma. M. Fundadora.
M. María Teresa Orti, ante las dificultades y los sinsabores que nuestras tareas apostólicas traen consigo, nos invita a mirarnos:
… en el espejo que nos dejó nuestra venerable Madre: mira en sus apuntes, aquella humildad siempre temerosa pero siempre confiada y siempre amante, porque el amor humilde es el que hace contrapeso en el alma de quien ha de emplear su trabajo, y trabajo activo, en procurar la santificación de sus prójimos.
Confiase más en Dios cuanto más se desconfía de si propia, y trabájase con más éxito en las almas cuando el amor hacia ellas nace más directamente del amor que tenemos a Cristo.
Señor sé que de mí, nada soy, que nada puedo, más si Vos encendéis mi corazón en vuestro amor ¿de qué no seré capaz?
Hoy queremos rebosar de gratitud hacia aquella que el Señor nos regala como Madre y modelo, hoy queremos releer aquellas palabras que ella escribió a las Hermanas como salvaguarda de la vocación y la fidelidad a la consagración religiosa:
Para que pensemos en Dios y en sus beneficios, nos dio el Señor, mis amadísimas Hermanas, nuestro entendi-miento; para acordarnos de Él nos dio la memoria, y para amarle, la voluntad. Y, prescindiendo por un momento, del uso que de nuestras potencias hiciéramos mientras vivimos en el siglo, ¿cuál ha sido durante la vida religiosa? Dándonos nuestra Madre la Religión tanto tiempo para ejercicios espirituales, ¿cuál ha sido en ellos nuestro ejercicio de las potencias? ¿Qué conocimiento hemos adquirido de Dios, después de tantas horas de oración y trato con él? Y si esto va nivelado con el amor, ¿cuánto ha crecido en nosotras el amor de Dios?
¿De qué se ocupa nuestra memoria? ¿Se empeña ella en recordar el grandísimo beneficio de haber sido llamadas a vivir en la vida religiosa? Midamos esto por el afecto; que, si como grande beneficio lo tuviéramos, como en realidad es, grandemente lo apreciaríamos. No tenga-mos en vano nuestras almas; no dejemos de trabajar con todas nuestras fuerzas en nuestra santificación, que, si tuviésemos ociosas nuestras potencias, no seríamos dignas de habitar la casa de Dios.

Santa Vicenta María:
Extiéndenos tu mano protectora
y rebosando en dulce gratitud
rendiremos a tus plantas virginales

el rico don de eterna gratitud.

Triduo en honor de santa Vicenta María - día segundo

Himno a Santa Vicenta María (II)


Llenen los aires nuestros cantares,
himno grandioso eleve la voz
a la Madre mil veces bendita
ejemplo excelso de fe y de amor.

Tu corazón sediento se moría
de la sed que Jesús tuvo en la Cruz,
sed de llevar al mundo en su agonía
los dulces resplandores de la luz.

Haz que esta sed la sienta el alma mía,
para llevar las almas a Jesús,
y como premio logre yo algún día
subir al cielo donde moras tú.

Cuando yo era niña, si ocurría la muerte de un menor, de un adolescente o de una persona joven aún, oí muchas veces una expresión que me sorprendía: Si es que se tenía que morir; era tan bueno que no era para este mundo.
Cuando empecé a conocer algo la Congregación y supe que Santa Vicenta María había vivido solamente 43 años, 9 meses y cuatro días… resonó la frase en mi interior; cuando luego fui leyendo y releo algunos de los testimonios de personas contemporáneas suyas, vuelve siempre a mi memoria el recuerdo de aquella expresión de mis paisanos y pienso… “si es que se tenía que morir…”. Santa Vicenta María murió ahogada por la disnea; pero, tengo para mí que la verdadera causa fue otra… la santa Madre murió ahogada por la misma sed que la mantuvo en vida y activa durante los años que sufrió la tuberculosis.
Cuesta entender que sufriendo esa enfermedad en una época en la que los paliativos servían de poco, fuera capaz de hacer tanto viaje, de soportar tanta responsabilidad, de sacar adelante tanto negocio, de superar situaciones tan adversas, de no perderse de ánimo cuando los problemas la superaban y no encontraba soluciones…
No sabemos quién le contagió la tisis, aunque podamos sospecharlo, pero nunca pasará de una sospecha. Sí sabemos, en cambio, quién le contagió esa sed insaciable de almas y de cielo, que la inflamaba en amor, que la urgía al servicio, que le hacía olvidarse de sí, también en medio de sus dolencias, para pensar en los otros: en la Iglesia, en sus hijas, en las chicas, en los bienhechores del Instituto…
Cuando santa Vicenta María era una niña, cuentan que lloraba ante la imagen del Cristo de la Columna en su Cascante natal. Aquella imagen puede emocianar hasta las lágrimas incluso a un adulto… pero no quiero vanalizar lo que el Señor pudo comunicar al corazón de aquella niña. Cuando nos acercamos a sus apuntes espirituales, en muchos momentos, se tiene la impresión de que la Madre Fundadora hacía aquellas contemplaciones ante la Imagen de su Cristo atado a la Columna, y le dolía… y se dolía…
Viendo a Jesús azotado, despedazado, coronado de espinas, crucificado, ¿quién querrá regalos y gustos? Viva yo crucificada con Vos. Vos ultrajado por los sacerdotes, soldados y toda clase de gentes, con todo género de ignominias, ¡y pretenderé yo estimación! ¿Ha de ser el siervo más que su Señor? Preciso es estar dispuesto a sufrir desprecios en vista de los de Jesús; pero, Dios mío, ¡qué repugnante es a la naturaleza! En fin, si trabajo por adquirir humildad, me será más fácil. El Señor me enseña en el huerto, a sufrir las penas interiores, pues tan terribles las sufrió; ¿y yo no querré padecer una pequeña desolación?
Jesús, clavado en una cruz, todo hecho una llaga por mí: ¿y yo no me sacrificaré en correspondencia justísima? Renuncie a todos mis gustos y abráceme con la cruz.
Pero santa Vicenta María no era una mujer plañidera de nostalgias o recuerdos del pasado… Su encuentro con Cristo es un prolongado presente que le permite reconocerle allí donde Él sufre, allí donde Él espera alivio porque  «cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis».
Santa Vicenta María sabía bien dónde y cómo se prolongaba ante sus ojos la pasión de Cristo y en qué manera podía ella colaborar para que tanto sufrimiento no fuera en vano:
…, Vos, Señor, despedazado con los azotes, traspasada vuestra augusta cabeza con las espinas: ¿y por quién? Por mis pecados. ¿Y no será esto bastante para comprender su gravedad y obligarme a sacrificarme con Vos, siendo yo el culpable? Ya que parece que no tengo en mi mano mortificar este cuerpo, conozco que me debo aplicar intensamente a la mortificación interior, reprimiendo mis impaciencias, sujetando la arrogancia y apego que tengo a mi propio juicio, ocultando cualquier cosa buena que haga, y no dando oídos a las alabanzas. Todo lo conseguiré, si no aparto la vista de mis pecados, del infierno que tengo merecido, de lo que a Vos os han costado, del conocimiento de que nada bueno puedo tener de mí misma; pues, en todas las cosas, lo que a mí me pertenece, son las faltas e imperfecciones. Dios mío, me esforzaré a trabajar para que estas criaturas os sirvan, y así sean para ellas también útiles vuestros intensísimos tormentos.
… …
Lo que sí quiero hacer, Dios mío, es trabajar sin descanso en procurar que estas pobres criaturas vivan bien y se salven.
Santa Vicenta María vive en su misma carne la Pasión, porque el Señor quiso asociarla a ella… y responde a esa gracia con dolor: dolor de una enfermedad que mina su cuerpo y agota sus fuerzas físicas; dolor porque no escapa a calumnias y malos entendidos; dolor porque el Señor le presenta una inmensa mies para cultivar pero no le envía operarias suficientes; dolor intensísimo porque no todas las chicas responden a la acción benéfica de la gracia como sería de esperar; dolor porque en el Instituto no reina la más perfecta caridad a la que ella y sus hermanas han sido llamadas; pero por encima de todos ellos, hay un dolor que neutraliza todos los demás: dolor de amor, que le permite superar cualquier otra pena y ofrecer todo su padecimiento en aras del más perfecto cumplimiento de la voluntad de Dios para ella y para cada una de las personas que el Señor le confía; dolor de amor que la lleva a identificarse con el mismo amor que llevó a Jesús a la Pasión y  la muerte:
¡Con cuánto amor ha padecido mi Señor su Pasión y muerte por mí! Bien decía el apóstol: la caridad de Cristo nos apremia a que vivamos sólo para Aquel que murió por nosotros. Sí, Dios mío, al ver en Vos tanta generosidad, quiero yo tenerla para hacer y padecer cuanto Vos queráis; pero, con prontitud, con alegría y con afán de corresponder a tal bondad y cooperar a la obra de la Redención.

Vos, Señor, dais la vida por mí: pues yo quiero vivir solo para Vos, trabajando por aprovechar al prójimo, correspondiendo así, de algún modo, a vuestra infinita caridad.

Si he de ser la Esposa de Cristo Crucificado, he de conformarme con El.

Hoy, queremos pedirle que su enseñanza nos valga, que su ejemplo nos anime, que su dolor de amor se nos contagie, que como ella nos consideremos obligadas a ser tan del todo y de solo Dios, como debemos ser todas las que formamos el Instituto de Religiosas de María Inmaculada; porque también nosotras queremos «llevar las almas a Jesús», y porque esperamos y anelamos, un premio inmerecido: lograr «algún día subir al cielo donde» mora ella y con ella, todas las que nos han precedido.

Triduo en honor de santa Vicenta María - día primero

Himno a Santa Vicenta María (I)


Llenen los aires nuestros cantares,
himno grandioso eleve la voz
a la Madre mil veces bendita
ejemplo excelso de fe y de amor.

Yo quisiera hoy, dado que cantar no puedo, afinar el oído cuanto me sea posible para escuchar, desde el corazón, los “cantares” con los cuales a lo largo de la historia congregacional, han honrado y venerado a la Madre Fundadora las Hermanas que nos han precedido y las que en este presente son pilares que sostienen y dan proyección de futuro al Instituto.
Tengo para mí que, dando razón de ser a esos “cantares” de la Congregación está la alegría profunda y desbordante que cubre, como si de un arcoiris se tratara, toda la existencia humana de santa Vicenta María.
La vida y la vocación de la Madre Fundadora se enmarcan en un cuadro de alegría cristiana, que va más allá del sentimiento o de una sensación pasajera. Es fruto de una profunda vivencia «de fe y de amor», de la más genuina experiencia cristiana que evocamos con particular gozo dentro del tiempo pascual en el que celebramos, las más de las veces, la fiesta litúrgica de santa Vicenta María[1].

La alegría cristiana es una vivencia que puede convivir incluso con el dolor humano; la fe incondicional en la Resurección de nuestro Señor Jesucristo ilumina de tal manera el misterio de su Pasión y de su Muerte que nuestra participación en esos misterios se expresa en un anhelo de vivir el mandato del amor, como Él nos pide, como Él nos enseña, como la Santa Madre lo aprendió, lo vivió y nos lo enseñó.
La existencia terrena de santa Vicenta María podemos enmarcarla entre dos manifestaciones de alegría, de gozo, de gratitud que son tales cuando, desde la fe y el amor cristiano, pueden sobreponerse a situaciones de profundo dolor humano, de enfermedad y de muerte.
Cuando don José María comunicó a Madrid la noticia del segundo alumbramiento de su esposa, afirma que «Dios aflige y no desampara» y que, si bien era cierto que el 8 de marzo había sido un día de llanto para la familia, no lo era menos que el 22, recibían a la segundogénita «con toda felicidad» y con la misma celebran su bautizo unas horas más tarde. La tristeza, el vacío, el temor, la incertidumbre que en aquella casa había sembrado la muerte quedaba disipada como niebla mañanera por la alegría del nuevo nacimiento.
En el ocaso de la vida humana de la Madre Fundadora, brillan momentos de una alegría que impactaron profundamente a quienes fueron testigos presenciales de ellos. No esconde santa Vicenta María la tristeza que provoca la proximidad de la muerte, pero lejos de quedarse en ella exclama: «“Triste está mi alma hasta la muerte”[2], pero, Jesús mío, no, Vos teníais motivos muy grandes y yo no tengo más que motivos de alegría».
Aquel estado de alegría que la acompañó toda su vida, se hizo particularmente evidente para todos en la estapa final.  El 10 de diciembre recibió la Extreaunción, de manos del P. Hidalgo con una disposición de «paz y alegría interior» que dejó huella no solamente en las Hermanas sino también en las señoras seglares que pudieron presenciar el acto. Dos días más tarde, la fatiga era continua y la fiebra rayaba los 40º,
«y en medio de todo este sufrimiento verdaderamente horrible, [mantuvo] completa lucidez de inteligencia, inalterable paz y hasta dulce alegría, [y tuvo] rasgos de agudeza de ingenio, asombrosos en tal situación.
Animándola su piadoso Director llegó a decirle que para que el milagro por intercesión de S. José fuese más visible había de estar en la agonía y recobrar la salud. A lo que contestó con tanta viveza como gracia: "¡Ay! ¿y he de padecer dos agonías yo que tanto temo a una?".
Por la tarde vino el P. Hidalgo, rezó la novena que se está haciendo a la Inmaculada, con el Sagrario abierto y después de un precioso acto de consagración al Sagrado Corazón de Jesús dio la bendición con el Santísimo a la enferma.- "No hay monja más feliz que yo", decía con santa alegría, "¡cómo me paga Ntro. Señor lo poco que padezco!"»

La tranquilidad, la alegría y la dulzura con que santa Vicenta María escuchaba las oraciones que rezaban junto a ella, hace afirmar a la periodista Isabel Cheix que aquello no era «morir, sino pasar del destierro de la vida al gozo eterno del Señor, acabar la existencia animada por la fe, llena de esperanza, abrasada en el amor de Dios»
M. María de la Concepción Marqués, afirma que los continuos padecimientos de la enfermedad no bastaron para «hacerla perder ni un punto la conformidad, la paciencia, y hasta la alegría santa con que recibía de la mano amorosa del Señor los dolores, y los sufrimientos más intensos»
En 1868, al terminar los Ejercicios y ser interrogada por su tía Sor Dominica, acerca de la resolución que había tomado en orden a su vocación (a mí siempre me ha sorprendido la respuesta de la Santa Madre, cuando lo que va a comunicar sabe ella bien que no a todos les va a resultar agradable) tiene una respuesta que es como un eco del Magnificat: «Alegrémonos en Dios, que es quien así lo ha querido y por quien hemos de quererlo también nosotras: las chicas han triunfado».
Conocer la voluntad de Dios para ella, para sus Hijas, para las chicas… y reconocer la gracia del Señor para poder cumplirla es siempre un motivo de alegría en la vida de santa Vicenta María.
Las dificultades que ofrece el trabajo apostólico de la obra confiada por la Iglesia a la Congregación, las combatía la Madre Fundadora con el cultivo de esa alegría que es fruto de una vida de fe y de amor.
M. María Teresa Orti no se cansa de evocar esa característica tan propia nuestra, y escribe después de una de sus visitas a las casas: «¡Si viesen qué alegría da cuando como yo, se tiene que ir de una casa a otra (que ahora bien reciente lo tengo), y se encuentran a nuestras Hermanas todas alegres, todas deseando ser buenas, y contentas y más contentas con su vocación! Mucho me acuerdo ahora que somos tantas de nuestra santa Madre que gozaría mucho, pero ella desde el cielo nos verá y gozará más».
Cuando las situaciones son adversas, cuando el odio a la Iglesia amenaza también a la Congregación, M. María Teresa, haciéndose eco de aquella alegría que ella había aprendido de la Madre Fundadora, no duda en decir a las Hermanas, que los males que nos amenzan no deben «quitarles la alegría tan propia de este tiempo [de Navidad], al contrario, infundirles ánimo y alegría verdadera: motivo para ello lo tenemos, pues, quién puede tener mayor alegría que nosotras, a quienes cabe la dicha de conocer y amar al Divino Redentor».
El gozo que nos caracteriza no es ideal, teórico o desencarnado, es algo que conforma nuestro modo de ser, en las pequeñeces de cada día y en los momentos que exigen actos grande de genero-sidad; así se entiende que  «Llenas de alegría emprendieron su marcha» las primeras religiosas del Instituto destinadas a América.
M. María Teresa no se cansa de exhortar a la alegría a las comunidades porque, según ella «la alegría y la devoción son hermanas inseparables de las buenas religiosas».
Cuando, hace cien años, creyó que daba su último consejo a la Congregación como Superiora General, terminó formulando una invitación: «Seamos muy buenas, muy rectas y sinceras en todas nuestras obras, con la mirada puesta muy alta, que eso da grande alegría y paz al alma; compensación inmensa que el Señor concede a cambio de los pequeños, y a veces viles gustillos terrenos, que es fuerza sacrificar para obrar de manera digna de una buena Religiosa Hija de María Inmaculada y de su fiel sierva nuestra santa Madre Fundadora».
Porque creyó… porque amó… porque creemos… porque amamos, también nosotras queremos llenar los aires con nuestros cantares, entonando un himno grandioso de alegría, de fidelidad, de entrega generosa, de santidad recibida, luchada y ofrecida, a quien el Señor nos regaló por madre, que no deja ni dejará nunca de velar por cada una de nosotras.

Llenen los aires nuestros cantares,
himno grandioso eleve la voz
a la Madre mil veces bendita
ejemplo excelso de fe y de amor.



[1] Para que la fiesta de santa Vicenta María se celebre después de Pentecostés hace falta que la Pascua caiga entre el 22 de marzo y el 5 de abril y no es lo más frecuente, aunque ocurrirá en 2026.
[2] Mt. 26, 38.

domingo, 26 de marzo de 2017

25 de marzo - Esperábamos este día

Beato José Álvarez Benavides y de la Torre

Casa de las Religiosas de María Inmaculada en Almería
No cabe duda de que en el Colegio de María Inmaculada en Almería dejó una profunda huella el beato José Álvarez Benavides. Presente y cercano a las religiosas y a las jóvenes desde la misma fundación. Pendiente de las necesidades espirituales y materiales. El Sr. Álvarez Benavides sintonizó perfectamente con aquella casa y su apostolado.
A los tres días de llegar las primeras Religiosas de María Inmaculada a Almería, el 25 de mayo de 1908, recibieron del obispado un oficio por el que se nombraba a D. José Álvarez Benavides confesor de la comunidad, cuando era Canónigo Secretario de Cámara y Gobierno del Obispado. A partir de entonces no sólo confesaba a la comunidad sino también a las jóvenes; predicaba en las novenas; presidía o participaba en celebraciones, procesiones o reparto de premios a las chicas.
Podemos dar por cierto que D. José A. Benavides no se ausentaba de Almería sin haber pasado antes a despedirse de la comunidad y lo mismo hacía a su regreso.
El 17 de octubre de 1911, en regocijo fue grande para la comunidad con la llegada a Almería de la imagen de la Inmaculada, donativo de un fervoroso sacerdote amante de la Santísima Virgen y protector de sus Hijas, religiosas y acogidas, una talla de la Inmaculada de tamaño más que natural que lució en la inauguración de la capilla en la calle de la Infanta.
En 1912 acompañó al Sr. Obispo, D. Vicente Casanova, a Roma y a Tierra Santa. A su regreso, el 16 de junio se acercó hasta la calle de San Juan, y se entretuvo contando a las religiosas cosas de su viaje y distribuyéndoles  un rosario de Jerusalén, una cruz que llaman del perdón y unas medallitas de Roma. Al año siguiente, interrumpió su descanso en el campo y regresó a Almería el 24 de junio para celebrar una Misa y despedir a la superiora de la casa, M. María de la Trinidad Callén y Corzán y a M. María Cecilia Flores Laborié que se iban destinadas a la nueva fundación en México.
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Su condición de confesor de la comunidad, la confianza que las religiosas llegaron a tener con él y su extrema bondad fueron elementos suficientes para hacerle conocedor de las estrecheces económicas de la casa y de algunos usos y costumbres de las religiosas que dieron pie a detalles y anécdotas entrañables y generosas por parte del beato José Álvarez Benavides para con la casa. Entregar una limosna para obsequiar a las chicas el día de San José se convirtió pronto en una costumbre.
La precariedad económica ha sido una característica en la Congregación. El año de 1915 no debió ser buen año y el Sr. Benavides, que lo sabía, colaboró para remediarlo en cuanto pudo. La cría de animales fue un alivio  y complemento de la economía doméstica como algo normal en la Congregación. El 11 de enero de 1916 celebraron las Hermanas de Almería la matanza de tres cerdos: dos de ellos, de 8 y 9 arrobas fueron regalo del Sr. Benavides.
En el mes de julio de ese mismo año de 1916 se enteró de que era costumbre en el Instituto que la Superiora diera a cada Hermana 10 céntimos para el día de San Ignacio. Dijo que era muy poco y les dio lo que nunca hubieran soñado: una peseta a cada una. En más de una ocasión se prestó con sencillez y gozo a participar de las bromas que preparaba la comunidad el día 28 de diciembre.
El beato José Álvarez Benavides impuso la toquilla de postulante para la congregación a algunas candidatas; presidió ceremonias de primera profesión y de votos perpetuos; y acompañó los últimos momentos de las que el Señor fue llamando.
El segundo domingo de mayo de 1935, la casa se vistió de fiesta: el beato José Álvarez Benavides celebró la Misa en un nuevo altar y ante un nuevo retablo adornado con azucenas naturales y muchas luces.
El 13 de setiembre de 1936, mientras un grupo de Religiosas de María Inmaculada de la comunidad de Almería sufrían prisión por el solo hecho de ser religiosas, uno de sus mayores bienhechores, D. José Álvarez Benavides, Deán de la Catedral, era fusilado en el Pozo de Cantavieja, por el solo hecho de ser sacerdote. Porque lo era y porque su amor era más grande que el odio de sus verdugos, D. José Álvarez Benavides murió perdonando, siguió velando por sus pobres desde la otra rivera y hoy, 25 de marzo de 2017, nos alegramos porque la Iglesia, reconociéndolo públicamente como mártir de su fe inquebrantable en Jesucristo, lo ha proclamado beato.

viernes, 13 de enero de 2017

Un día como hoy... 13 de enero

1857, Don José María López y Jiménez, padre de santa Vicenta María, fue nombrado Juez de paz del Distrito Municipal de Cascante.

1899, El Cardenal Vanutelli, firmó la aprobación y confirmación de nuestra Congregación de Religiosas de María Inmaculada tal y como había decretado cuatro días antes de Su Santidad, el Papa León XIII:

Nuestro Santísimo Padre León, por la divina Providencia Papa XIII en el mes de Abril del año 1888, se dingó honrar con un testimonio amplísimo de alabanza el Instituto llamdo de Hermanas de María Inmaculada para el Servicio Doméstico, que fue fundado en Madrid (España), cerca de veintitrés años antes. El fin o blanco que se proponen las dichas Hermanas consiste en procurar ellas, en primer lugar, su propia santificación, según conviene, y en procurar con todas sus fuerzas formar, proteger y librar de los lazos de la corrupción a las jóvenes o mujeres que se ven obligadas, por falta de recursos, a servir en casas particulares.
Todas usan el mismo hábito y se sustentan del mismo alimento bajo el regimen de la Superiora General; y cumplido su noviciado hacen los tres votos simples de pobreza, obediencia y castidad, primero por cierto tiempo, después perpetuos. Con cuánta razón y buenos auspicios se haya dado el mencionado testimonio de alabanza, lo ha comprobado con toda evidencia el feliz éxito. Desde entonces ha crecido, y no poco, el número de Hermanas; y lo que es más consolador aún, ha crecido también admirablemente la abundancia de los frutos que con trabajos de las mismas se han alcanzado para mayor gloria de Dios y salvación de las almas.
De aquí el que, no sólo los cinco venerables Obispos que se glorían de tener Casas del Instituto en sus diócesis, sino también otros muchos, entre los cuales el Emmo. y Rmo. Cardenal de la Santa Iglesia Romana, doctor D. Ciriaco Sancha y Hervás, Arzobispo de Valencia; Antonio Mª Cascajares y Azara, Arzobispo de Valladolid, y Salvador Casañas y Pagés, Obispo de Urgel, en letras anteriores no dudaron recomendar sobremanera a las dichas Hermanas, asegurando con toda certeza que manifiestamente eran dignas de mayores favores de la Sede Apostólica, y que había fundada esperanza de que estos favores servirían, no sólo para el tan deseado aumento del Instituto, sino también para la prosperidad de la Religión y del Estado.
Y como poco ha, la Superiora General ha suplicado humildemente al mismo Santísimo Padre se digne aprobar benignamente el Instituto y las Constituciones del mismo, de las cuales remitió un ejemplar, Su Santidad, miradas bien todas las cosas, y atendiendo principalmente a las letras comendaticias de los dichos Prelados, en la audiencia tenida ante el infrascrito Cardenal Prefecto de la sagrada Congregación de Obispos y Regulares, el día nueve de este mes aprobó y confirmó el referido Instituto como Congregación de votos simples, bajo el gobierno de la Superiora General, salva la jurisdicción del Ordinario, según la forma de los sagrados cánones y Constituciones apostólicas, según el tenor del presente decreto se aprueba y confirma, dilatando para tiempo más oportuno la aprobación de las Constituciones, acerca de las cuales mandó comunicar algunas advertencias.

Dado en Roma en la secretaría de la mencionada Congregación de Obispos y Regulares, el día 13 de Enero de 1899.- S. Cardenal Vannutelli, Prefecto.- A. Trombella, Secretario.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

FELIZ DÍA DE LA INMACULADA

M. María Cruz Gil regaló a la Congregación, en cada uno de los años de su gobierno como superiora general, una carta con motivo de la solemnidad de la Inmaculada. Sus sucesoras, con gozo por parte de todas las que componemos el Instituto, han mantenido fielmente la iniciativa. En los años anteriores, la Madre General acostumbraba dirigirse a todas con motivo de la Navidad.
Sin embargo fue M. María Teresa Orti, la primera que sintió «como necesidad de comunicarme con todas y cada una de V.V. C.C. para que en tan solemne fiesta el lazo que nos une dentro de nuestro amadísimo Instituto se estreche más y más pudiendo regocijarnos como si en él un solo corazón palpitase de amor y entusiasmo por la Stma. Virgen, nuestra Patrona y Madre amantísima, Madre que, en su inmenso amor por el Instituto ha querido darnos su nombre glorioso de un modo providencial que no deja duda de que Ella así lo ha querido».
La Madre escribía el 3 de diciembre de 1904, «al acercarse la fiesta de nuestra Purísima Madre en el año jubilar del Dogma de su Concepción Inmaculada». Con el paso del tiempo las instituciones crecen, se expanden y como insensiblemente se empieza a entibiar el calor del fervor primero… algo de eso pudo percibir M. María Teresa Orti cuando escribió a la Congregación la primera carta de la Inmaculada, haciendo a las Hermanas una doble llamada: a la vida y virtud de la observancia religiosa y al trabajo y celo apostólico. La Madre con meridiana claridad llama la atención sobre un aspecto primordial: «Esforcémonos pues, en trabajar con todas nuestras fuerzas y con una exactitud y fidelidad que den el valor que deseamos a todas nuestras acciones. El trabajo, su nombre lo indica, es trabajo y cuesta a la naturaleza doblegarse a él, pero sepámoslo bien claro, nuestro Instituto es de trabajo y abnegación y si queremos cumplir con nuestro deber, henos de abrazarnos estrechamente con el trabajo».
Y les infunde mucho ánimo convencida de que «si queremos podemos llevar el Instituto muy adelante con la gracia de Dios, que ésta no nos falta. Esforcémonos, pues, y cada cual en su puesto cumpla exactamente su cometido, que esta unión y orden son las ruedas, o mejor dicho, las alas que la han de hacer subir muy alto en la presencia de Dios para honra y gloria suya y de la Virgen Inmaculada».
Cuando han pasado más de ciento diez años, cuando casi todo ha cambiado tanto, se me antoja tremendamente válida y actual la invitación de M. María Teresa: «Seamos santas, Hermanas más, sean nuestras miras elevadas, pisemos continuamente nuestras miserias que ellas no han de faltarnos mientras estemos en el mundo. Fijémonos en las virtudes de nuestras Hermanas para amarlas y respetarlas, apartemos los ojos de sus defectos disimulándolos siempre y seamos verdaderas religiosas, verdaderas Esposas de Jesús e Hijas de su Inmaculada Madre».
Salvando todas las distancias, y casi con temor siento hoy los mismos deseos que rebosaron en el corazón de M. María Teresa Orti, y esto pido para mí y para cada una de las que formamos esta familia a la que el Señor nos trajo…
Muy feliz solemnidad de la Inmaculada 2016.
María Digna Díaz
RMI

Roma, 7 de diciembre de 2016



Nota.- El texto íntegro de la carta de M. María Teresa lo tenemos impreso en 100 Años de animación congregaciónal, tomo I, páginas 49-52.