Hace hoy cien años… El Santo Padre Pío XI, recibía en audiencia a la comunidad de Religiosas de María Inmaculada en Roma.
Para
entonces formaban la comunidad veinte religiosas[1],
de tres nacionalidades: España, Argentina y México. Tres de ellas tuvieron que
renunciar al privilegio de encontrar personalmente al Vicario de Cristo, porque
no era el caso de dejar la casa sola. El silencio guarda celosamente los
nombres de las que ofrecieron el sacrificio porque no revelan sus nombres ni
M. María Javier Roura en la carta que dirigió a la Madre General y su Consejo, ni M. Margarita María en las crónicas de la
comunidad.
Lo que tal vez no sabían ninguna de ellas es que otro 14 de mayo, cuarenta y cuatro
años antes, Manuel María Vicuña defendía y reivindicaba, ante sus copropietarios
de la casa de San Francisco, la importancia y la necesidad de la Fundación de
la obra en favor de las sirvientas «no sólo para la moralización de las
clases pobres, sino también de las acomodadas»
El
mismo día de la audiencia escribió M. María Javier a Madrid[2]
contando pormenores de lo vivido
Supongo en poder de Vuestras Reverencias el
telegrama que pusimos al salir de la audiencia de Su Santidad y que no
esperarían; pues en mi última me olvidé decirles, que cuando menos lo
pensábamos, se nos presentó antes de ayer, el Padre Daniel[3] con la esquela de la audiencia para el
día siguiente, y además con el encargo expreso del señor Cardenal de que
fuésemos todas o el mayor número
posible.
Pronto se dispuso todo, y a las diez de la
mañana del próximo día, dejando en casa a tres monjitas como guardianas de ella
y de nuestro precioso grupito de chicas (con harto dolor mío y no menos de las
que no podían ver a Su Santidad) salíamos las diez y siete restantes repartidas
en tres grupos, para reunirnos en la Puerta de Bronce. De allí nos encaminamos
a las habitaciones de nuestro venerado y amadísimo Pontífice. ¡Ya pueden
Vuestras Reverencias imaginarse a sus diez y siete hijitas por aquellos salones
hasta llegar a la antecámara en donde nos hicieron sentar! ¡era de ver el
cuadro que presentábamos con caras tan serias e impresionadas! Son actos de
tanta emoción que ni aún se sabe lo que se siente.
Llegó por fin el momento más solemne; a las
once y media, resonó en nuestros oídos y más en nuestros corazones, haciéndoles
latir fuertemente, el timbre de S.S. Uno de los Monseñores allí presentes, nos
hizo arrodillar en dos filas, y en aquel instante apareció Su Santidad,
acompañado de nuestro buenísimo Cardenal Protector[4]. ¡Qué instantes aquellos! ¡no son para
descritos! Nuestro Santísimo Padre pasó dando a besar el anillo a todas sin
permitir que le besáramos el pie. Si hubiesen oído vuestras reverencias la
exhortación que nos hizo, ¡cuánto se hubiesen emocionado! ¡qué unción en sus
palabras paternales! Hablaba despacio y casi todas le entendimos. Comenzó
diciendo que daba las gracias al Instituto por haber cumplido su deseo, que
bendice y alaba al Señor por nuestra obra, y le pide que sigamos adelante
haciendo aún mayor fruto, que el Señor se complace en ella, y que ya que es
obra verdaderamente providencial, espera que su crecimiento y extensión sea
cada vez mayor para grande gloria de Dios, bien de las almas y premio de
nuestra virtud. Nos preguntó si hablamos italiano, y también si Vuestra
Reverencia está en España. El señor Cardenal, como un padre satisfecho de sus
hijas, contestaba a todo.
De nuevo nos dio Su Santidad la bendición, y
al retirarse volvimos a besar el anillo.
El señor Cardenal nos dijo que fuésemos con su
Eminencia, y como corderitos tras su pastor volvimos a pasar tan hermosos
salones. Los soldados, al paso de Su Eminencia, presentaban armas, las que
sostenían bajas hasta que pasó la última monjita. ¡Con qué complacencia nos
miraría desde el Cielo nuestra angelical Madre, y cuánto se gozaría de ver
honrada su humilde obra, engrandecida por las palabras del Vicario de
Jesucristo, ella que, al recibir el Decreto Laudatorio en Mayo de 1888, exclamó
llena de emoción: «Ya no queda duda de que Dios quiere que la Congregación
exista y puede esperarse todo bien de ella, si no es que por nuestras culpas lo
desmerezcamos». Y no menos gozarían los iniciadores de la obra don Manuel María
Vicuña, y su hermana doña María Eulalia, viendo su granito de mostaza, la obra
que ellos llamaban «de su corazón», alabada y bendecida y aun trasplantada a la
Ciudad Eterna por el mismo Sumo Pontífice. ¡Cómo glorifica el Señor a los
humildes!
Fuera ya de los salones, el señor Cardenal nos
dijo que había hablado a Su Santidad del rescripto para el Manifiesto, y que ya
tenemos concedido lo que pedimos.
[1]
En mayo de 1924 formaban la comunidad: M. Margarita
María Lozano, M. María de San Luis de Caso, M. María Javier Roura, M.
María Elvira Arias Rey, M. María del Divino Corazón Esparza, M. María Susana
Cárdenas, M. Victoria de la Cruz Martín, H. María Trinidad López, M.
María de Lestonac Doncel, H. María Vicenta Bienvenida Hurtado, M. María del
Buen Consejo Sainz Ezquerra, H. María Clemencia Ferrer, M. Paz de María Diego Fernández, H. María Veneranda Camarero, H.
María Inmaculada Beltrán, H. María Dominica Sáenz, H. María de San José Jiménez,
H. María del Niño Dios Meneses, H. María del Sagrado Corazón Azpeitia Expósito
Odriozola.
[2]
La carta se publicó en la Revista Anales de Mi Colegio, (AnMC VI/21 (1.07.1924)
20-21.
[3]
P. Daniel Delgado, postulador general de la Orden de los Agustinos Recoletos.
[4]
S.E.R Antonio, Cardenal Vico, Protector del Instituto (1913-1929).
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