sábado, 24 de marzo de 2012

Santa Vicenta María López y Vicuña


Nace en Cascante (Navarra) el 22 de marzo de 1847. Al día siguiente fue bautizada en la Iglesia parroquial de Santa María de la Asunción apadrinada por sus tíos, doña María Dominica Vicuña y el sacerdote D. Joaquín García Rincón. Le impusieron los nombres de Vicenta María Deogracias, como la mejor manera que encontraron sus padres, don José María López, y doña María Nicolasa Vicuña, para agradecer a Dios la alegría del alumbramiento y el consuelo por la muerte prematura de su primogénita unos días antes.
Vicenta María, hija única en el seno de una familia profundamente cristiana, crece sana y despierta. El ambiente que la rodea va agudizando su inteligencia y capta con facilidad el comportamiento de las personas mayores, disfruta con las fiestas y con los regalos, goza yendo a la iglesia y contando después cuanto recuerda de lo que ha oído en el sermón, enseñando a otras niñas de su misma edad el Catecismo que ella aprende de su padre, o subiendo a la Basílica del Romero para honrar a nuestra Señora.
A los cuatro años, recibió el sacramento de la confirmación de manos de D. Vicente Ortiz de Labastida, Obispo de Tarazona, en la misma parroquia de Santa María de la Asunción de Cascante.
Su padre, miembro del Colegio de Abogados de Pamplona, tuvo particular interés en proporcionar a su hija una esmerada formación cultural y se constituyó en su primer maestro. Su madre deseaba sobre todo que fuera una buena cristiana.
Cuando contaba cinco años de edad, vivió la separación de sus padrinos de bautismo, que tanto tenían que ver en el aprendizaje y práctica de sus primeras devociones. El día 25 de noviembre de 1851 fallecía en Cascante su tío-abuelo, el sacerdote D. Joaquín García Rincón. No había pasado un mes, cuando su tía Dominica marchó a Madrid para ingresar en el Primer Monasterio de la Visitación.
La profesión religiosa de su tía y madrina, fue la ocasión propicia para realizar un viaje a Madrid en mayo de 1854 y conocer además a sus tíos maternos, D. Manuel María Vicuña y su hermana María Eulalia casada con D. Manuel de Riega y Rico. Entre ellos y Vicenta María se establecieron profundos lazos de afecto que, lejos de enfriarse, se harían cada vez más estrechos.
En Madrid permaneció hasta el mes de octubre, pero unos días antes de regresar a Cascante se confesó por vez primera con D. Luis Marín, de los Siervos de la Virgen Santísima de los Dolores.
Tenía diez años cuando hizo su Primera Comunión, el 31 de mayo de 1857, Solemnidad de Pentecostés. Unos meses más tarde, decidieron sus padres enviarla a Madrid, junto a sus tíos maternos, don Manuel María y doña María Eulalia Vicuña, con el fin de completar la educación cultural que sus mayores querían para ella, sin descuidar para nada su vida de piedad y el crecimiento de su fe cristiana.
El programa de formación, que comprendía estudios de gramática, aritmética, geografía, historia, francés, dibujo y pintura, música y labores, lo lleva a cabo con profesores particulares, en la misma casa de sus tíos,  salvo una temporada que asistió al Colegio de San Luis de los Franceses, en la calle de las Tres Cruces para perfeccionar el francés. Su tía María Eulalia le elabora una distribución del tiempo, en la que conjuga magistralmente la dedicación al estudio y a las prácticas religiosas, con los tiempos de paseo y recreo.
En Madrid, los hermanos Vicuña habían iniciado una obra apostólica y benéfico asistencial para la acogida y educación de jóvenes sirvientas, que tenía como principal objeto el de "acoger e instruir a las jóvenes que, huérfanas o ausentes de sus familias, se dedican o debieran dedicarse al servicio doméstico, antes de que llegaran a ser víctimas de la disolución e instrumentos de la perversión pública del Madrid decimonónico". (Manuel María Vicuña, Resumen de la fundación protectora de las jóvenes sirvientas, en el Archivo General de las Religiosas de María Inmaculada, Roma).
Acompañando a su tía María Eulalia en las obras de celo, entra en contacto Vicenta María con un mundo de dolor, de pobreza y de miseria que, lejos de dejarla indiferente, le descubren una vivencia de la dimensión apostólica de la fe cristiana, que crece con ella como algo connatural a su manera de ser.
Las estancias en Carabanchel, a donde se retiran en los meses de verano, huyendo del calor sofocante de Madrid, no se limitan ni al verano ni al descanso. Los hermanos Vicuña trabajan cuanto pueden, también en Carabanchel, por aliviar las necesidades de los pobres, y por ayudar a aquellas gentes a vivir cristianamente a través de un intenso apostolado eucarístico y mariano. Aprovechaban las celebraciones de las fiestas de la Virgen del Carmen y del Apóstol Santiago, de la Virgen del Rosario y los primeros domingos de cada mes para fomentar la vida sacramental y la catequesis. Vicenta María no solo participa intensamente de estas actividades, sino que funda ella misma, en 1864, la ‘Asociación del Rosario Viviente’ para promover la devoción y piedad marianas sobre todo entre las jóvenes y niñas del pueblo.
Las visitas al “Asilo de sirvientas”, el conocimiento de la vida que llevaban y los peligros que corrían aquellas muchachas en Madrid marcaron profundamente los ideales de Vicenta María ya en su adolescencia. El sueño de hacer ella misma algo más por arrancar aquellas jóvenes del abandono social en que vivían es como la semilla de la que brotará su vocación de fundadora.
A los 17 años, resuelta a dedicar su vida a aquel apostolado y convencida de la necesidad de fundar una congregación religiosa que garantice su continuidad, comunica la idea a su director espiritual el P. Victorio Medrano SJ. El jesuita aprueba la idea con la consigna de dejar en suspenso la resolución para el porvenir.
Mientras tanto, sus padres se forjan en torno a ella sueños e ilusiones legítimos en vistas a su futuro, aspiran a verla casada, pero ella siguiendo la inspiración que anida ya en lo más hondo de su corazón, manifiesta en una frase corta su resolución de no abrazar el estado matrimonial y dice que no se casará: “Ni con un rey ni con un santo.”
El día 4 de marzo de 1868 se retiró Vicenta María al Primer Monasterio de la Visitación de Santa María en Madrid, para hacer unos días de Ejercicios Espirituales. Al terminarlos le preguntó su tía Salesa acerca de la decisión que había tomado en ellos y Vicenta María respondió: “Las chicas han triunfado”.
Terminados los Ejercicios, la joven Vicenta María, con el fin de dedicarse de lleno a la realización del ideal de su vocación, intenta dar por terminado un pacto familiar establecido entre padres y tíos, según el cual pasaba los veranos en Cascante y el resto del año en Madrid dedicada a su formación.
Sus padres se oponen al proyecto y la obligan a ir a Cascante en el mes de junio. Allí permanece siete meses en los que el sufrimiento fraguó su vocación apostólica y su santidad cristiana. Vicenta María, defiende frente a su padre el cumplimiento de la voluntad de Dios, que la llama a garantizar la continuidad de la obra apostólica iniciada por sus tíos a favor de las jóvenes sirvientas. D. José María reivindica el deber de su hija para con sus padres ancianos y su propia obligación de velar por la seguridad de Vicenta María cuya vida puede peligrar al contacto con las sirvientas. El sufrimiento se hizo tan intenso, que la salud de Vicenta María acabó por quebrarse y se vio atacada de fiebres altas que no cedían con ningún medicamento hasta que el médico opinó que, de seguir en Cascante, la ciencia no podría curarla.
Vicenta María, durante aquel verano, como el resto de su vida, aplicó a aquella situación dolorosa el mejor remedio que poseía: una vida de oración intensa y una fe inquebrantable en que el Señor daría los medios y abriría el camino. La respuesta no se hizo esperar: el día de la Solemnidad de la Inmaculada, la ciencia médica depuso sus armas y don José María López rindió su voluntad a la de Dios.
En febrero de 1869, algo repuesta de su enfermedad, regresa Vicenta María a Madrid con la ilusión de hacer vida comunitaria con algunas de las señoras colaboradoras en el Asilo de Sirvientas, pero le esperaba otro duro golpe.
El día 2 de marzo falleció Manuel María Vicuña, de quien ella misma afirma en relación a la obra a favor de las jóvenes sirvientas, que era el alma de todo lo que su hermana realizaba.
La situación social y política, del todo adversa para la puesta en marcha nuevas fundaciones religiosas, y la necesidad de dedicarse a asuntos de la testamentaría de su tío Manuel María frenaron algo la realización de los proyectos de la joven fundadora.
Sacando fuerza de lo débil y haciendo de la necesidad virtud, como ella solía decir, Vicenta María se entrega por completo a las tareas de la obra apostólica, al mismo tiempo que elabora el diseño de la nueva Congregación con el estudio y la oración, principales bases en la redacción de las Constituciones y reglas.
El día 22 de febrero de 1871, mientras daban tiempo al tiempo y esperaban un cambio significativo en la política española, Vicenta María, su tía María Eulalia y un pequeño grupo de señoras empezaron a hacer vida de comunidad, usando un modelo de vestido uniforme, en un piso de la plaza de San Miguel, número 8, en el que convivían con las jóvenes sirvientas acogidas.
A las tareas que ya venían desarrollando de: control de asistencia de las jóvenes al Asilo, seguimiento personal a las jóvenes internas, enseñanza del catecismo y doctrina cristiana, comuniones generales, congregaciones marianas, visitas en las casas donde sirven, la minuciosa organización de fiestas y reparto de premios, la escuela dominical y las misa de Comunión general, añade Vicenta María una de las novedades más significativas en la obra apostólica con las sirvientas: que todas las acogidas que entran por primera vez y las que hayan pasado por lo menos un año sin haberlos hecho, deberán hacer unos días de Ejercicios antes de colocarse. Es acaso el único medio de hacer que se fijen en la importancia de su salvación, el más eficaz para arreglar sus conciencias y poner el cimiento para emprender una vida cristiana y de tanta importancia que en ningún tiempo ha de descuidarse esta práctica que la experiencia acredita ser tan provechosa (Reglas de las Hermanas directoras de Ejercicios espirituales, en Santa Vicenta María López y Vicuña, Apuntes de Ejercicios Espirituales, Roma 1986, p. 343-346).
En julio de 1875, el P. Isidro Hidalgo y Soba SJ se hizo cargo de la dirección espiritual de Vicenta María y sus compañeras. En marzo de 1876, el beato Ciriaco María Sancha y Hervás, que años atrás había entablado amistad con Vicenta María y sus tíos, y seguía con interés el desarrollo de aquella obra apostólica, fue designado Obispo Auxiliar de la Diócesis de Toledo con residencia en Madrid. El Cardenal Moreno y Maisonave le nombró intendente general de las Órdenes religiosas.
La presencia en Madrid del Sr. Obispo Sancha y del P. Hidalgo, y la restauración de la monarquía en la persona del Rey Alfonso XII, fueron providenciales para el impulso definitivo de aquella obra y la fundación del nuevo Instituto.
El 11 de junio de 1876, Solemnidad de la Santísima Trinidad, D. Ciriaco María Sancha impuso el hábito religioso a Vicenta María López y Vicuña y a otras dos compañeras suyas, dando origen a la Congregación de Hermanas del Servicio Doméstico (actualmente “Religiosas de María Inmaculada”). La joven fundadora vio ensombrecida aquella jornada la felicidad, por el silencio de D. José María López al solicitarle la bendición paterna, y la decisión de su madre, por respeto al pensamiento de su esposo, de no asistir a la ceremonia, a pesar de encontrarse aquellos días en Madrid.
El día 16 de julio, fue de grande júbilo en aquel piso de la madrileña plazuela de San Miguel con la admisión de seis jóvenes y la consiguiente inauguración del noviciado.
Antes de que se cumplieran los seis meses de la fundación del Instituto, santa Vicenta María, respondiendo a la llamada del entonces canónigo del Pilar y más tarde cardenal, D. Antonio María Cascajares, fundó en Zaragoza el segundo colegio para sirvientas, el día 7 de diciembre de 1876. Seis meses más tarde, la Madre Fundadora, viajó a Andalucía para abrir la tercera casa en Jerez de la Frontera, el 2 de junio de 1877.
Las dificultades se van sucediendo. El 30 de noviembre de 1877, la muerte de doña María Eulalia Vicuña, hace recaer sobre ella la organización del trabajo con las jóvenes, que hasta entonces seguía dirigiendo su tía. Lentamente van llegando nuevas vocaciones. Escasean los medios económicos y es necesario buscar el apoyo de bienhechores que con sus limosnas ayuden a mantener a las jóvenes acogidas gratuitamente en la casa. Vicenta María no para. La reciben en audiencia, la Princesa de Asturias, Doña Isabel de Borbón y sus majestades D. Alfonso XII de Borbón y Doña María de las Mercedes de Orleans, que envían luego sus donativos a la casa.
El domingo de la Santísima Trinidad, 16 de junio de 1878, el P. Victorio Medrano SJ, recibió los primeros votos públicos que emitían, en la nueva congregación religiosa, la Madre Vicenta María López y Vicuña y una de sus primeras compañeras.
En los primeros Ejercicios espirituales que hizo Santa Vicenta María después de haber vestido el hábito, anotó en sus apuntes: Si he de ser la Esposa de Cristo Crucificado, he de conformarme con El. La configuración con el Crucificado se manifestó en su vida de diferentes maneras. La más continua fue la enfermedad. Acababa de cumplir los treinta y dos años de edad, cuando, en una fría mañana de finales del mes de marzo de 1879 apareció, con un vómito de sangre, el primer síntoma evidente de la tuberculosis. La enfermedad se hace, a partir de ese momento, compañera inseparable de camino en la vida de la Madre Fundadora. A pesar de todo, desde la íntima persuasión de que la obra es de Dios y en Él hemos de poner nuestra confianza, continuó infatigable sin ahorrar esfuerzos ni sacrificios, en sus tareas de formación de las religiosas y expansión de la Congregación.
A la muerte de su madre, doña María Nicolasa Vicuña, ocurrida el 24 de noviembre de 1883, santa Vicenta María traslada a su padre a la casa de Madrid donde vivirá, en un apartamento independiente al interno del Colegio hasta su muerte, el 5 de agosto de 1888.
La cuarta casa la abre en Sevilla el 14 de marzo de 1885 a instancias del jesuita, P. Celestino Suárez en el convento de San Benito cedido por el Sr. Arzobispo, D. Ceferino González y García Tuñón. El don de gentes, su carácter abierto y una gracia particular que poseía para llegar al corazón de las personas pudo hacer el milagro de que las gentes de Sevilla contribuyeran con sus limosnas, a hacer realidad la apertura del Colegio para jóvenes sirvientas, en un momento de particular estrechez económica, debido a las malas cosechas y a la epidemia del cólera registrada en España aquel mismo año.
Los jesuitas la animaron a ir a Barcelona, donde se registraba un gran número de jóvenes que llegaban desde los pueblos de Cataluña y de otras regiones de España en busca de una colocación. La sierva de Dios, doña Dorotea de Chopitea y Villota (1816-1891), encontró en la nueva Congregación, la respuesta a su inquietud por tender una mano al gran número de jóvenes que, en Barcelona, vivían expuestas a los peligros de la inmoralidad y de la explotación laboral. Alentada por los jesuitas, desplegó doña Dorotea el celo y la generosidad, que siempre la caracterizaron, para hacer posible que la Madre Vicenta María llevara a cabo la fundación de un Colegio para Jóvenes Sirvientas, el 10 de febrero de 1888, en la calle Condal. Dos años más tarde, el 19 de abril de 1890, la generosidad de doña Dorotea y el infatigable celo de la Madre Vicenta María hicieron posible la compra de un terreno en la calle del Consejo de Ciento, donde se construyó un colegio de nueva planta que ninguna de las dos llegó a conocer.
En Barcelona, vivió santa Vicenta María, según sus propias palabras, el más fausto acontecimiento desde que la Congregación existe, con motivo de la concesión del Decreto de Alabanza por parte de la Santa Sede, el 18 de abril de 1888. En aquellos mismos días, recibió la visita de la beata Rafaela Ybarra, que le pedía la fundación de un colegio para sirvientas en Bilbao.
Las solicitudes de nuevas casas en Bilbao, Valencia, Vitoria o Buenos Aires tuvieron que esperar algunos años porque a la Madre Fundadora le faltaban, además de la salud, religiosas para enviar y medios económicos para seguir extendiendo el Instituto. Desde Barcelona, donde la retuvieron los trámites para la compra de un terreno para edificar la casa, siguió en todos sus detalles, la última de sus fundaciones, realizada en Burgos el 7 de diciembre de 1889.
A Santa Vicenta María no le faltaron nunca ni el ánimo, ni las ganas de seguir trabajando por ganar para Cristo las jóvenes, que en número siempre creciente, iban llegando a sus casas, pero la tuberculosis seguía ganando terreno y deteriorando seriamente su  salud. De poco sirvieron los viajes al Balneario terapéutico de Panticosa en el alto Aragón, o la estancia en Molar para tomar las aguas medicinales de la Fuente del Toro.
De acuerdo con el Obispo Auxiliar, el beato Ciriaco María Sancha, y el director espiritual, P. Isidro Hidalgo SJ, convocó en septiembre de 1889 el primer capítulo general que celebraron en Madrid los días 30 de septiembre y 1 de octubre. La primera sesión regaló a la Madre Fundadora una experiencia particular, por la solemnidad del acto y por el consuelo de ver reunidas en la Casa Madre a las superioras de las cuatro casas abiertas más una delegada por cada una de ellas, bajo la presidencia del beato Ciriaco María Sancha, acompañado del confesor de la comunidad, D. Mateo de la Prida y del secretario del Obispado, D. Donato Giménez.  La Congregación se seguía manteniendo numéricamente reducida, pero el primer Capítulo General pudo contar con una lista de 20 religiosas elegibles para los cargos de gobierno, aunque ninguna de ellas hubiera emitido aún los votos perpetuos.
A los nueve meses de haber celebrado el Capítulo General, el 31 de julio de 1890, la Madre Vicenta María pronunció la fórmula de su profesión perpetua a las cinco y media de la mañana, postrada en cama porque el estado de debilidad a que la había reducido su enfermedad no le consentía levantarse sin tomar alimento y, según el ceremonial, los votos debían pronunciarse ante Jesús Sacramentado inmediatamente antes de recibir la Comunión. Dos horas más tarde participó en la capilla de la primera celebración de este tipo que se tenía en la Congregación para recibir la profesión de nueve compañeras suyas.
En un intento por ganar algún terreno a la enfermedad, los médicos recomiendan una estancia en Burgos después de la profesión perpetua y la Madre pasa un mes en la capital burgalesa y regresa a Madrid sin haber experimentado ningún síntoma de mejoría.
En sus apuntes de Ejercicios de 1868, había escrito “si vivimos bien, la muerte será el principio de la vida”. La última etapa de su vida es de un dolor intenso y continuado, pero también de una serenidad y alegría que encuentran todo su sentido en el sometimiento a la voluntad de Dios, según expresiones que ella misma repitió a menudo: “¿Lo queréis Vos, Dios mío? Pues yo también lo quiero” y “Lo que Vos queráis, Señor, lo que Vos queráis, no quiero anteponer mi querer al vuestro”.
El 13 de diciembre, recibió la visita del beato Ciriaco María Sancha, que salió visiblemente emocionado de la habitación de la enferma y confesó al P. Isidro Hidalgo SJ, que se encontraba en la casa en ese momento: "Padre mío, no saben bien las reli­giosas lo que pier­den; en esa cabeza cabe medio mundo para gobernarle y otro medio para san­tificarle; ha de­rramado Dios en ella a manos llenas los tesoros de su sabi­duría y su gracia."


Con la misma confianza en su Señor y con una exquisita caridad para con sus Hermanas se preparó a morir. A las solicitudes de que pidiera la gracia de la salud, confesó haber pedido al Niño Jesús que si quiere que viva para trabajar por su gloria, me conceda la vida y dos horas diarias para ello, las demás horas del día que me deje sufrir los dolores de la enfermedad. Lo que sí pidió al Señor fue que le conservara la vida hasta pasada aquella fiesta, diciendo que: "Sería para mi Comunidad muy triste tenerme de cuerpo presente el día de Navidad". Y el Señor se lo concedió. Eran las dos menos cuarto de la tarde del día 26 de diciembre de 1890 cuando, después de haber bendecido por primera vez a sus Religiosas, tomó en sus manos el Crucifijo y una estampa de la Virgen y, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro, entregó su espíritu al Creador.
La Madre Vicenta María salió de este mundo dejando tras de sí una estela de paz, de conformidad con la voluntad de Dios, y de deseos de crecer en la perfección cristiana que arraigó en el corazón de sus religiosas, de las jóvenes y de cuantas personas tuvieron algún trato con ella.
La certeza de la santidad de la Madre Fundadora, no dejaba ningún lugar a dudas entre sus hijas, que conservaron celosamente cuanto le había pertenecido, incluidos los objetos y ropas usados en su última enfermedad, sin reparar del peligro de algún posible contagio que nunca se verificó.
Desearon darle sepultura en su propia casa, pero lo trámites, debido al carácter contagioso de su enfermedad se alargaron demasiado y tuvo que ser conducida al cementerio. Dos años más tarde regresó a su Casa Madre en la calle de Fuencarral, en cuya iglesia descansan sus restos mortales.
Introducida la causa para su beatificación y canonización en Madrid el 19 de febrero de 1915, fue proclamada beata por el Papa Pío XII, cuarenta y cinco años más tarde, el 19 de febrero de 1950.
El año de 1975, fue declarado Año internacional de la mujer, por la Asamblea General de las Naciones Unidas, y Año Santo para la Iglesia Católica por el Papa Pablo VI. Santa Vicenta María, que se había gastado y desgastado por dar solidez y continuidad a una obra que busca, por encima de todo, el reconocimiento de la dignidad de la mujer,  fue canonizada en Roma, en la Solemnidad de la Santísima Trinidad, el 25 de mayo de 1975. El Papa Pablo VI proclamó ante el mundo su santidad de vida y fijó su fiesta litúrgica el día 25 de mayo.
Santa Vicenta María López y Vicuña, llamada por el Señor a fundar en la Iglesia un nuevo instituto, que diera continuidad a la obra iniciada por sus tíos, sintetizó en unas pocas líneas la razón de ser de la misma y su proyección de futuro: Hay que reconocer en la creación de esta Congregación, una obra de la Divina Providencia que, a medida de las necesidades de los tiempos envía remedios oportunos, así mismo todas las personas que la componen reconocerán en su llamamiento a ella una especialísima gracia de la bondad y misericordia del Señor; solo resta, pues, secundar los designios de la Providencia en la parte que corresponde a su cooperación no menos que a la singular gracia de su vocación; de todas y cada una depende el que Dios sea glorificado en esta pequeña grey y que se salven muchas almas, o bien que la obra de Dios perezca por culpa suya. Velen, pues, por su conservación y aumento aunque para ellos fuera necesario no solamente morir sino morir crucificadas con su Celestial Esposo. (Santa Vicenta María López y Vicuña, Constituciones de las Hermanas del Servicio Doméstico, Madrid 1882. Cf. María Herminia de Jesús, Rodríguez de Armas, Santa Vicenta María redacta las Constituciones de las Religiosas de María Inmaculada, Roma 1979, p. 233).
Aquella pequeña grey, creció y se expandió con los años, hasta hacerse presente en veintiún países de cuatro continentes, donde ejercita su apostolado con las jóvenes más necesitadas, especialmente con las que, por carencia de medios económicos trabajan como empleadas de hogar, o en otras actividades o se preparan para ocupar un puesto de trabajo en la sociedad. (Constituciones de las Religiosas de María Inmaculada, Roma 1987, p. 40).
El día 7 de diciembre de 1988, el Papa Juan Pablo II, proclamó a Santa Vicenta María, Patrona de las “trabajadoras del hogar” del Perú.

Texto: María Digna Díaz, RMI
Ilustraciones: M. María de Porta Coeli Mezquita RMI

1 comentario:

  1. Buenos días me dirijo a ustedes porque estaría interesado en trabajar sobre su fundadora un aspecto que me parece crucial
    la opción de María Vicenta por la clase obrera y su educación
    y poder tener acceso a las fuentes primarias

    sin otro particular
    reciban un cordial saludo

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