Religiosas de María Inmaculada Via Palestro 23 - Roma |
martes, 27 de octubre de 2020
27 de octubre - hace 60 años...
jueves, 15 de octubre de 2020
15 de octubre: Santa Teresa de Jesús
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Conservado en la Comunidad de Sevilla |
La Comunidad de Sevilla
conserva un dibujo de Santa Teresa de Jesús que Santa Vicenta María dedicó a su
tía, doña María Eulalia. No deja de sorprender que la dedicatoria esté fechada
en el mes de febrero y no en diciembre, cuando su tía celebraba el onomástico. En
el mismo dibujo Santa María escribió:
Dedicado
a mi tía Eulalia
16 de
Febrero de 1865
Vicenta
Ma López
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Conservado en la Comunidad de Milán |
Sea como fuere, que la Madre Fundadora tenía especial
devoción y admiración a Santa Teresa no deja lugar a dudas.
En sus viajes lamenta no imitar la austeridad de Santa Teresa
«cuando iba a hacer sus fundaciones»[1].
Si el futuro aparece incierto anima a prescindir de todo y
repetir «aquello de Santa Teresa: Vuestra soy, para Vos nací,
haced lo que queráis de mí. Aleje la tristeza cuanto pueda»[2].
Mientras descansaba en Torre del Campillo (Daroca),
disfrutaba escuchando la lectura de las obras de Santa Teresa que doña Antonia
Ponz de Campillo leía «con muy buen
sentido»[3].
Le tocó vivir un
centenario Santa Teresa (1882), con pena de que en Madrid no se celebrara como
merecía, con gozó al conocer las celebraciones que hubo en Cascante y dando especial
realce a la fiesta en comunidad. Así lo contaba a su padre: «Mucho me alegro que mis paisanos se hayan movido a celebrar el centenario
de Santa Teresa; en Madrid no es mucho lo que se ha celebrado para lo que la
Santa merece. Aquí tuvimos por la tarde manifiesto y una hermosa plática sobre
el asunto por un sacerdote a quien oímos por primera vez, y tanto me gustó, que
pienso pedirle nos predique el sermón de la Purísima.»[4]
Si le asaltaba la duda acerca de lo que tenía que hacer, en
Santa Teresa encontraba la manera de conocer la voluntad de Dios: «pensé hacer lo que hacía Santa Teresa
cuando tenía dudas, ir al confesor del punto donde estaba y siempre dice que
ponía Dios en sus labios lo que era su voluntad.»[5]
Cuando las circunstancias
eran dolorosas, los versos de Santa Teresa valían para encontrar el verdadera
sentido: «Los versos de Santa Teresa los mandé porque la
monja que enviaba el pañito me los mandó, y como decía que la cruz es el camino
del cielo, y estábamos al pie de ella, me parecieron oportunos.»[6]
El 15 de octubre, ha sido
siempre un día grande en la Congregación y se celebró de una manera muy
particular: por la gran devoción que le tuvo Santa Vicenta María, porque la
nombró patrona de las religiosas profesas del Instituto, porque la consideró ‘maestra’
para sus religiosas.
En el primer proyecto de
Constituciones, no duda en poner la doctrina de la Reformadora del Carmelo como
referencia para alcanzar la perfección de la obediencia: «La obediencia debe ser ciega y para que sea tal
necesita de verdadera abnegación de la propia voluntad y juicio: […] santa
Teresa decía que aunque todos los Ángeles le hubiesen dicho que hiciese alguna
cosa, si su superiora le mandase lo contrario hubiera preferido la orden del
Superior»[7].
El primer nombre que Santa
Vicenta María decidió para imponer a una novicia fue el de ‘Teresa’ y tan bien
acertó con él que lo impuso a la que el Señor llamaba para ser su continuadora:
M. María Teresa Orti gobernó el Instituto durante treinta y cuatro años largo.
Tal ve no es un caso que
Santa Vicenta María eligiera el día de la fiesta de Santa Teresa para hacer la renuncia
legal de todos sus bienes en favor del Instituto, el día 15 de octubre de 1888.
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lunes, 12 de octubre de 2020
12 de octubre: la Virgen del Pilar
El corazón de la Congregación vibra hoy junto al Pilar y guarda silencio, como el Ebro, para dejar que su alma agradecida vea pasar, como las aguas del río, un caudal de gracia y santidad que para esta familia brotó suave y silenciosamente un miércoles 24 de mayo de 1826, cuando dos jóvenes hermanos: Manuel María y María Eulalia Vicuña se arrodillan ante la Santísima Virgen del Pilar y allí dejaron… ¡qué sé yo! una semilla de amor filial y devoción que la Virgen regó y cuidó con mucho esmero.
En la siguiente década empezó a cumplirse el sueño: en
Madrid, el beato Ciriaco María Sancha impuso el nombre de ‘María del Pilar’ a
una de las tres primeras que vistieron el hábito porque iba a ser la primera
superiora de la casa en Zaragoza. En Zaragoza, mientras tanto, el entonces
Obispo Auxiliar, D. Antonio María Cascajares, mueve todas las piezas del puzzle
para que la primera fundación de la Congregación de Religiosas de María Inmaculada
fuera de Madrid, se llevara a cabo en la Ciudad del Pilar, y tan bien lo hizo
que Zaragoza será para siempre “la segunda Fundación del Instituto”, aunque la
presencia de las Hermanas se interrumpiera durante seis años, de 1891 a 1897.
A la Sma. Virgen del Pilar le debemos también este favor porque sé
habrá intercedido con su Smo. Hijo, y también al glorioso Santiago que antes de
recibir la grata noticia yo lo había puesto en veneración, suplicándole todos
los días que nos ayude a nuestra obra, pero le pido muy particularmente por mis
hermanas de Zaragoza y el santo me ha concedido más que lo que yo pedía, y esto
me hace cobrar una confianza grande pues correspondiendo según podamos seguirán
ayudando cada vez más[1].
Santa Vicenta María tuvo que aprender a ser Fundadora y entre
sus deberes estaba el de pasar la ‘Santa Visita’ a las casas del Instituto.
¿Por dónde podía empezar mejor que por Zaragoza, al abrigo de la Virgen del
Pilar?
Cinco años llevaba ya de andadura el nuevo Instituto y las
reglas seguían sin elaborar porque sobre la Madre Fundadora pesaban todos los
asuntos. Así las cosas se hizo obligado un alto en el camino para centrarse en
la redacción de las Reglas, y fue la Virgen del Pilar quien ofreció a Santa
Vicenta María el mejor ambiente para su tarea.
Regularmente, hay un ‘nombramiento’ por parte de los
superiores mayores para que una religiosa pueda prestar a una casa servicios de
gobierno en calidad de superiora. Del generalato de la Madre Fundadora nos ha
llegado solamente un oficio redactado y firmado por ella… tal vez no sea casual
que ese documento único sea el nombramiento de superiora de la casa de
Zaragoza.
A los pies de la Virgen del Pilar puso la Madre Fundadora
todo lo que llevaba en el corazón y ocupaba su mente, en cada una de las
ocasiones que tuvo de visitar la Santa Capilla.
El 17 de abril de 1888, cuando el Instituto tenía cuatro
casas abiertas y algunas solicitudes de fundación en curso, Santa Vicenta María
hizo un guiño de particular predilección a la Virgen del Pilar. Desde Barcelona
dirigió una carta circular a toda la Congregación fijando algunas normas «en materia de costumbres que no constan
escritas, para que se observen y tengan firmeza». El cuarto punto restringe
las salidas de casa a las visitas de
oficio, manifiesta que «no saldrán a
comercios ni diligencias de este género, y menos a ver de esprofeso las cosas
notables que pueda haber en cada población, ni aún Iglesias o santuarios,
esceptuando la Capilla de la Sma. Virgen del Pilar»[2].
En su última visita a la Virgen del Pilar, Santa Vicenta María,
consciente de que la muerte rondaba cercana, se despidió de la Virgen y regaló a
la Comunidad de Zaragoza, como en condensado testamento, lo que deseaba de sus
hijas para después de su muerte. Aquellas palabras, se grabaron a fuego en el
corazón de aquella comunidad y así las transmitieron a las sucesivas generaciones:
Les digo, desde el fondo de mi alma y con el amor más tierno de mi
corazón, que se amen las unas a las otras como Jesucristo nos amó, y como yo
las amo a todas, y con la gracia de Dios espero amarlas hasta el fin; y sepan
que no me contento con que se amen unas a otras con verdadero amor, sino que
deseo además que amen con el mismo amor a todas las almas redimidas con la
sangre de Jesucristo, y especialmente a las Colegialas, a quienes, después de
Dios y de mis Hijas, amo con el amor de la más tierna madre, y a ellas
especialmente, para gloria de Dios y para ejemplo que imitarán mis amadas
Hijas, he consagrado mis haberes y mi vida[3].
Entre las tradiciones que la Congregación fue adoptando y
transmitiendo de unas generaciones a otras, estuvo la de tener en cada una casa
un manto de la Virgen del Pilar, que cubría a las Hermanas en el momento de su
muerte. Un gesto de gratitud a esa delicadeza de la Virgen lo tuvo, sin duda,
la comunidad de Zaragoza cuando al celebrar los 125 años de su presencia en la
ciudad, regaló la Virgen del Pilar un manto azul con el escudo del Instituto.